| Els contes en què es basa Rashomon, de Kurosawa Akira |
Ryunosune Akutagawa (1892-1927)
RASHOMON
Sucedió a la hora del crepusculo: un hombre de miserable aspecto esperaba, bajo el portal de Rashomon, que parara la lluvia.
Estaba completamente solo bajo la Gran Puerta. Salvo un saltamontes que estaba posado sobre una enorme columna que había perdido pedazos de su enlucido rojo. Puesto que Rashomon se encuentra en la avenida Suzau, bien se podría esperar que otras personas estuvieran allí, ademas de este hombre, guareciendose de la lluvia: mujeres tocadas con el sombrero cónico, 0 samurais con el eboshi Sin embargo, nadie había ahí, con excepción de el.
"¿Y esto por que?", se preguntaran ustedes. Bien, durante el ultimo par de años, una serie de calamidades (terremotos, ciclones, incendios, hambre) se habían abatido sobre la ciudad de Kyoto, sumiendo en una desolación poco común a la capital. Una antigua crónica cuenta que basta las estatuas de Buda, los objetos del culto budista, fueron rotos y que las delicadas maderas, enlazadas con cinabrio o revestidas con oro y plata habían sido apiladas en los bordes de los caminos, donde eran vendidas como combustible. Y considerando este estado de cosas que abarcaba la capital entera, no era sorprendente que no se tuviera en cuenta la necesidad de reconstruir lael Portal de Rasho: sencillamente nadie se ocupaba del asunto. Cuando estuvo practicamente en ruinas, zorros y ladrones se apoderaron de ella, e hicieron ahi sus madrigueras. Se llegó al punto de arrojar los cadaveres no reclamados en la galería del portal de Rasho. Cuando la luz del día se debilitaba, la gente, atemorizada, por nada del mundo aceptaba aproximarse al lugar.
Venían los cuervos, en grandes bandadas. Durante el día sobrevolaban el paraje en círculo, innumerables, graznando sobre las altas torres. Cuando el sol caía, se arrojaban como granos de sesamo sembrados desde el cielo púrpura que se dilataba en las alturas de la Puerta. Sin duda habían venido para devorar los cadaveres abandonados.
Aquel día, quizas a causa de lo tardío de la hora, no se divisaba ninguno. Pero sus excrementos, aquí y allá, se veían como pequeñas manchas blancas sobre la escalera de piedra que amenazaba desplomarse y en las grandes matas de hierba que invadían las grietas. De pie, en el mas elevado de los siete peldaños, el hombre, acurrucado bajo la tela de su quimono azul oscuro desgastado por los lavados, miraba caer la lluvia con expresión ausente. Su unica preocupación parecía ser una gruesa pústula que surgía de su mejilla derecha.
Lo dije: "Un hombre de miserable aspecto esperaba, bajo el portal de Rashomon, que parara la lluvia". A decir verdad, este hombre no tenía otra cosa que hacer, lloviera o no lloviera. En situación normal, debería estar cerca de su amo; pero este lo había despedido cuatro o cinco días antes. En esa epoca, la ciudad de Kyoto era presa, ya lo dije, de una desolación poco común, de la cual la desgracia de este hombre despedido por el amo al que había servido durante mucho tiempo era apenas una consecuencia insignificante.
De modo que mejor hubiera sido decir: "Un hombre de miserable aspecto, desprovisto de todo recurso, estaba inmovilizado por la lluvia, sin saber adonde ir", en lugar de "Un hombre de miserable aspecto esperaba, bajo el portal de Rashomon, que parara la lluvia". Por lo demas, aquel día el aspecto del cielo no hacía sino contribuir a la depresion de aquel hombre de la epoca de Heian (Epoca histórica que comienza con la fundación de la capital de Heian -ahora Kyoto- en 794 d. C., y que termina con el establecimiento de un gobiemo militar en Kamakura, en 1185).
La lluvia había comenzado a caer en las primeras horas de la tarde y no parecía tener intencion de parar. Abstraído por el urgente problema que constituía su supervivencia inmediata, tratando de resolver una cuestion que sabía insoluble, el hombre escuchaba como ausente, rumiando inconexos pensamientos, el ruido de esa lluvia que se abatía sobre la avenida Suzaku.
La lluvia envolvía Rashomon y rafagas que venían de lejos amplificaban el ruido de su caída. De a poco las tinieblas fueron apoderandose de todo el cielo: del techo del portal colgaban, por fuera de sus tejas inclinadas, torpes masas de sombrías nubes.
Este hombre no podía tardar demasiado en encontrar un medio para resolver su insoluble problema. De lo contrario, bien podría morir de hambre al pie de un talud o en una zanja al borde de un camino, y entonces su cadáver correría la misma suerte que los otros: sería arrojado a la galería de la Puerta como el de un perro reventado. "Si todos los medios fueran permitidos.. .". Despues de muchas vacilaciones, el pensamiento del hombre se concentró sobre este punto decisivo. Pero, despues de todo, ese "si" equivalía para el, en semejantes circunstancias, a un "sí'. Claro que, aunque reconociera que cualquier medio sería justificado, al hombre Ie faltaba el coraje necesario para dar el primer paso exigido por su situacion y admitir francamente esta conclusion inevitable: "No queda otro recurso que hacerme ladron".
Un fuerte estornudo lo sacudió; luego se estiró perezosamente. En Kyoto la temperatura baja mucho al anochecer y el frío lo hacía añorar el calor del fuego. Ya casi reinaba la oscuridad y el viento rugía entre las columnas de la Puerta. El grillo posado sabre la columna había desaparecido.
Con el cuello hundido entre los hombros, el hombre recorrió con la mirada los alrededores de la Puerta, mientras elevaba los bordes del quimono que llevaba sabre su ropa interior amarilla. Había decidido buscar, para pasar la noche, un lugar donde dormir tranquilo, lejos de cualquier mirada y al abrigo de la lluvia y el viento. Su mirada descubrio una larga escalera que llevaba a la galería de la Puerta. Bien, alIí solo encontraría cadáveres. Entonces, cuidándose para que su sable no se deslizara de la vaina, apoyo uno de sus pies calzada con sandalias en el primer escalón.
Pasaron unos instantes. Se detuvo a mitad de camino sobre la alta escalinata que conducía a la galería, agazapado como un gato, conteniendo el aliento, y espió para ver que sucedía arriba. La luz que bajaba iluminaba apenas su mejilla derecha, sabre la cual, bajo una patilla corta, brotaba un grano rojo y purulento. Al principio, el hombre imaginó que alli no encontrana otra cosa que cadáveres. Pero cuando subía los primeros dos o tres escalones, Ie pareció que arriba había luz y que a esa luz alguien la movía.
Su sospecha era originada par un resplandor molesto y amarillo que se reflejaba, como vacilando, desplazandose sobre el techo de cuyos rincones pendían telarañas. Por cierto, no podía ser una persona normal que en esa noche de lluvía vagaba con una luz par la galería de Rashomon.
Deslizandose tan silenciosamente como un lagarto, el hombre alcanzó el último peldaño. Y tratando de disimular su cuerpo, pero estirando el cuello lo mas posible, observó, transido de espanto, el interior de la galería.
Como lo esperaba, cadaveres descuidadamente arrojados alfombraban el piso. Pero el sector iluminado era mas reducido que lo que había imaginado, y Ie hubiera sido imposible precisar el numero de muertos. Apenas podía distinguir, con esa luz débil, que algunos cuerpos estaban desnudos y otros vestidos. Había hombres y mujeres. Todos esos cadaveres, sin excepción, yacían en el suelo como muñecos caídos con las bocas abiertas y los brazos extendidos. iQuien reconocería en ellos a seres vivientes de un pasado cercano! Algunas partes protuberantes de esos cuerpos, como las espaldas y los pechos, iluminados por imprecisos resplandores, proyectaban sus sombras sobre el resto. Yacían como coagulados en un mutismo implacable.
El olor de la descomposición lo había impulsado a taparse la nariz con la mano; sin embargo, permitió que esta mano descendiera repentinamente, porque una sensación todavía mas fuerte casi abolió la del olor.
Sus ojos habían discernido una silueta acurrucada en medio de los cadáveres. Era una vieja descamada, de cabellos blancos, vestida de andrajos, de aspecto simiesco. Tenía una antorcha de pino en su mano derecha, y se inclinaba, como si la estuviera examinando, sobre la cabeza de un cadáver cuya larga cabellera hacía suponer que era el de una mujer. Petrificado por un miedo con el que se mezclaba la curiosidad, el hombre contuvo el aliento durante algunos instantes.
Sintió "que se Ie erizaban los pelos". Pronto, la vieja, fijando su tea entre las maderas del piso, acercó sus manos a la cabeza del cadaver que contemplaba y se puso a arrancar, uno por uno, a la manera de una mona que despioja a su pequeño, los largos cabellos de la muerta que, bajo sus manos, parecían desprenderse con suavidad. A medida que ella arrancaba los cabellos, el temor del hombre cedió paso a un sentimiento de odio contra la vieja, un odio que ardía mas y mas en su corazón. No, en rigor de verdad es inexacto decir "contra la vieja". Había que decir, mas bien, que se apodero de ella repulsion contra el mal, y que esa repulsión crecía segundo a segundo. Si en aquel momento se Ie hubiera planteado nuevamente el problema que tanto lo había preocupado bajo Rashomon, la altemativa entre convertirse en ladrón o morir de hambre, sin duda alguna este hombre hubiera escogido, sin la menor vacilación, la segunda posibilidad. Porque su odio hacía el mal lo inflamaba como inflamaba el fuego la antorcha que la vieja había fijado entre las maderas.
Pero el hombre no entendía por qué la vieja arrancaba los pelos de los muertos. De manera que Ie resultaba imposible formarse un juicio moral sobre el asunto. De todas maneras, para él, el solo hecho de quitar el cabello a cadáveres en la galería de Rashomon, en una noche de lluvia, constituía una incorreccion imperdonable. Ya había olvidado que solo hacía unos instantes había decidido convertirse en ladron.
Saltó desde el ultimo peldaño al suelo, y se aproximó a la vieja a grandes pasos, con la mano sobre la empuñadura del sable. Naturalmente, la vieja se asustó y brincó violentamente tratando de huir.
-iBestia! ¿Que estas haciendo? -vociferó el hombre, cortándole el paso a la vieja que, enloquecida, en su intento de huida tropezaba con los cadáveres, mientras el hombre forcejeaba con ella para impedírselo. Por unos segundos, asi forcejearon entre los cadáveres, en silencio, con el resultado que es fácil de adivinar. El hombre termino par voltear a su contrincante al suelo y torciendoIe el brazo, tan flaco como una pata de polIo, grito:
-¿Que estás hacienda aqui? ¡Habla o...!
Había desenvainado su espada, apoyando el reluciente acero sobre el cuello de la vieja yaciente. Ella guardó silencio. Con los brazos temblorosos, los hombros sacudidos par su respiracion agitada y los ojos tan abiertos que casi se salían de sus orbitas, la vieja se obstinó en callar, como si fuera otro cadáver. Al contemplarla, el hombre comprendió que la suerte de la vieja estaba a merced de su decisión. Esto mitigó el odio que había sentido un instante antes. Ahora sentía la satisfacción salvaje, pero serena, que sigue a una proeza culminada. Dejó que su mirada descendiera sobre la vieja y que su voz se suavizara:
-No me confundas con un policía. Sólo soy un viajero que pasaba por Rashomon. No voy a encadenarte ni a arrestarte. Dime solamente qué hacías aquí a esta hora.
Ante estas palabras, la vieja miró al hombre con sus crueles ojos aun mas abiertos, ojos de ave de rapiña con órbitas rojas. A continuación, como si masticara alguna cosa, movió sus labios, tan agrietados y arrugados como su cuello. En su descarnado gaznate se agitaba una prominente nuez de Adan.
-¡Los pelos! ¡Los pelos! Quiero hacer una peluca. La inesperada banalidad de la respuesta decepcionó y desarmó al hombre. El cambio de su estado de ánimo no se Ie escapó a la vieja que, sin soltar los largos cabellos arrancados a la cabeza de la muerta, cuchicheó, como si croara:
-Ya sé que arrancar el cabello de los muertos es una vileza. Pero, creame, ninguno de estos muertos merece otra cosa. La mujer a la que Ie quite estos cabellos iba al cuartel de los oficiales a vender carne seca de serpiente. La cortaba en tiras cortas y la hacía pasar por pescado. Si la peste no hubiera acabado con ella, seguiría hacienda lo mismo. Los oficiales estaban contentos con esta dieta. Decían que la carne era buena. Por mi parte, no creo que ella hiciera mal. No podía hacer otra cosa para evitar morirse de hambre. Tampoco creo que sea reprochable lo que yo hago. Si no Ie arrancara los pelos, moriría de hambre. ¿Que voy a hacer? Estoy segura de que hasta esta mujer, si pudiera enterarse, me perdonaría.
La vieja siguió hablando un rato de ese modo. El hombre, sin retirar su mana izquierda de la empunadura de su espada, seguía con frialdad el discurso de la vieja. Su mano derecha estaba dedicada al grueso grano rojo y purulento, sobre la mejilla. Y escuchando a la vieja, el hombre sintió que una decision surgía en el. La decision que no había surgido bajo Rashomon, una decision contraria a la que había adoptado cuando se abalanzó sobre la vieja. Mas aun: "morir de hambre" se había convertido para el, en esos momentos, en una idea tan distante y absurda, que ni siquiera cabía en su cabeza. La vieja había dejado de hablar. Entonces el hombre Ie pregunto:
-¿Es cierto lo que estas diciendo?
Y acto seguido, proyectándose hacia adelante, abandonó súbitamente la atencion de su grano, tomo a la vieja del cuello y Ie grito en la cara:
-¿Entonces no te enojarás conmigo si te robo tu ropa? ¡Si no lo hiciera, tambien me moriría de hambre!
La desvistio rapidamente. Y con una patada la arrojo sobre los cadaveres, a pesar de que la vieja trataba de asirse de sus piemas. Hasta la escalera solo había unos pasos. El hombre descendio velozmente, con los vestidos rosados bajo el brazo, y rue devorado por la oscuridad de la noche. Poco despues, la vieja, que había quedado tirada como otra muerta, se incorporo entre los cadaveres, completamente desnuda.
La luz de la llama seguía alumbrando, temblorosa. La vieja se arrastro gimiendo hasta la escalera. Desde ahí arriba, asomando la cabeza de la que colgaban blancos cabellos cortos, miro hacia la parte baja de Rashomon. Solo había tinieblas.
Que se hizo del hombre, nadie lo supo jamas.
Declaracion del leñador interrogado por el Oficial de Investigaciones del Kebiishi*
-Yo confirmo, señor oficial, mi declaración anterior. Fui el que descubrió el cadáver. Fui esta mañana, como siempre, a hachar abetos del otro lado de la montaña. Encontré el cadáver, estaba en el bosque al pie de la montaña. ¿El lugar exacto? A ciento cincuenta metros, creo, del parador de Yamashina. Es un paraje bastante salvaje, donde crecen el bambú y algunos pinos raquíticos.
El muerto estaba en el suelo, de espaldas. Vestía atuendo de cazador de color azul y llevaba un quimono gris, a la moda de la capital. No se apreciaba mas que una herida en su cuerpo, pero era una herida muy profunda en la parte superior del pecho. Las hojas secas de bambu caídas a su alrededor estaban como teñidas de rojo. No, ya no corría sangre de la herida, cuyos bordes parecían secos y sabre la cual estaba tan prendido un gran tábano, que ni siquiera escuchó mis pasos.
¿Si encontré una espada o algun orro objeto? No. Absolutamente nada. Sólo descubrí, al pie de un abeto próximo, una cuerda y un peine. Ninguna otra cosa descubrí en los alrededores, pero la hierba y las hojas secas de bambú estaban pisoreadas a más no poder; antes de ser asesinada, la víctima debió oponer fuerte resistencia. ¿Si vi algún caballo? No, señor oficial. No es ese un lugar al que pueda llegar un caballo. Una insalvable espesura separa el paraje de la carretera.
Declaracion del monje budista interrogado por el mismo oficial
-Puedo asegurarle, señor oficial, que yo habia visto ayer al que encontraron muerto hoy. Sí, hacia el mediodia, me parece; a mitad de camino entre Sekiyama y Yamashina. Él marchaba hacia Sekiyama, acompañado por una mujer a caballo. La mujer tenia un velo. Su quimono era de color violeta. En cuanto al caballo, creo que era un alazan con las crines recortadas. ¿Las medidas? Tal vez un metro y medio, me parece; soy un religioso y no entiendo mucho de ese asunto. ¿El hombre? Iba bien armado. Llevaba sable, arco y flechas. Sí, recuerdo muy bien esa aljaba laqueada de negro en la que llevaba una veintena de flechas.
¿Quien iba a adivinar el destino que Ie esperaba? La vida humana es tan efimera como el rocío o como el relampago... Cuanto lo siento... No tengo palabras para expresarlo...
Declaración del policía interrogado por el mismo oficial
-¿El hombre al que apresé? Es el famoso bandolero Tajomaru, no lo dude. Pero cuando lo agarré, estaba caído sobre el puente de Awataguchi, quejándose. Parece que se habia caido del caballo. ¿A qué hora? Al caer la noche de ayer.
La vez anterior, cuando se me escapó por poco, llevaba el mismo quimono azul y el mismo sable largo. Esta vez, señor oficial, como usted mismo comprobó, llevaba tambien arco y flechas. ¿Dice que identicas armas tenia la victima? Entonces no quedan dudas. Tajomaru es el asesino. Porque el arco enfundado en cuero, la aljaba negra, las diecisiete flechas con plumas de halcón, todo lo tenia él. Y el caballo era, como usted dijo, un alazán con las crines corta- das. Ser atrapado por obra de este animal era su destino. Arrastrando sus sueltas riendas, el caballo mordisqueaba hierbas lo mas tranquilo cerca del puente de piedra, en el borde de la carretera.
De todos los bandoleros que rondan por los caminos que conducen a la capital, Tajomaru es conocido como el mas mujeriego. El oroño pasado fueron halladas muertas en la capilla de Pindola del templo Toribe, una dama que venia en peregrinación y la joven sirvienta que la acompañaba. Los rumores atribuyeron ese crimen a Tajomaru. Si es él quien asesinó a este hombre, es fácil suponer que fué de la mujer que venía a caballo.
Señor oficial, no es mi deseo meterme en lo que no me concierne, pero valdría la pena aclarar este punto.
Declaracion de una anciana interrogada por el mismo oficial
-Sí, es el cuerpo de mi yerno. El no era de la capital; era jerarca del gobiemo de la provincia de Wakasa. Se llamaba Takehiro Kanazawa. Tenia veintiséis años. No. Era un hombre de buen carácter, no podía tener enernigos.
¿Mi hija? Se llama Masago. Tiene diecinueve años. Es una muchacha valiente, intrépida como un hombre. No conoció a orro hombre mas que a Takehiro. Tiene cutis moreno y un lunar cerca del ojo izquierdo. Su rostro es pequeño y ovalado. Takehiro había partido ayer con mi hija hacia Wakasa. ¿Quién iba a imaginar que le esperaba ese destino? ¿Y dónde esta mi hija? Debo resignarme a aceptar la suerte corrida por su marido, pero no puedo dejar de sentirme inquieta por la de ella. Se lo suplica una pobre anciana: investigue que le ocurrió a mi hija, aunque tenga que arrancar hierba por hierba para encontrarla. Y ese bandolero... ¿Cómo dijo que se llama? !Ah, sí... Tajomaru! ¡Lo odio, lo odio! No solamente asesinó a mi yemo, tambien... (La anciana rompe en sollozos.)
Confesion de Tajomaru
Sí, yo maté al hombre, pero no a la mujer. ¿Quiere saber dónde está ella? Qué sé yo. ¿Qué quieren que les diga? Las torturas mas atroces no podrían hacer que yo diga lo que no se. Nada tengo que perder, y nada oculto.
Ayer, pasado el mediodía, encontré a la pareja. Un golpe de viento agitó por un momento el velo y descubrió el rostro de la hermosa mujer. Sólo por un instante... y un instante despues, el rostro volvió a quedar oculto. Quiza la brevedad de mi visión fue causa de que su cara me pareciese tan hermosa como la sagrada Bodhisattva. Enajenado, decidí apoderarme de la mujer, aunque tuviera que matar a su acompañante.
¿Que? ¡Vaya! Matar a un hombre no es cosa tan importante como ustedes quieren hacer creer que creen. Para raptar a una mujer, necesariamente hay que matar a su compañero. Yo sólo mato por medio del sable que llevo en mi cintura, mientras que ustedes matan por medio del poder, del dinero y hasta con palabras aparentemente generosas. A menudo, cuando ustedes asesinan, no corre sangre, y en apariencia la víctima continua viviendo. Pero no por eso ustedes la han asesinado menos! ¿Quien es mas asesino, ustedes o yo? Pero lo mejor es poseer a la mujer sin verse obligada a matar al hombre. Mi estado de animo en aquel momenta me indujo a tratar de lograr a la mujer sin atentar, mientras me fuera posible, contra la vida del hombre. Como eso sería imposible en el transitadocamino a Yamashina, me arregle para llevar a la pareja a la montaña.
Resultó muy fácil. Me hice pasar par viajero, y les conté que allá, en la montaña, había una vieja tumba en la que yo había descubierto una enorme cantidad de espejos y de sables. Para ocultarlos de la mirada de otros, los había enterrado en un bosque al pie de la montaña. Yo buscaba un comprador para ese tesoro, que ofrecía a precio viI. El hombre se interesó visiblemente par la historia... Entonces... iQue terrible es la avaricia! No había pasado media hora cuando la pareja marchaba conmigo por el camino de la montaña.
Cuando llegamos al bosque, les dije que el tesoro estaba enterrado mas alIa, y les pedi que me siguieran para verla. Enceguecido par la codicia, el hombre lo hizo sin dudar, pero la mujer prefirió esperar montada en el caballo. Comprendí muy bien su actitud ante la cerrada espesura; era precisamente lo que yo esperaba. De modo que, dejándola, me introduje en el bosque acompanado par el hombre.
Al comienzo no había otra cosa que bambues. Tras marchar durante un rato, alcanzamos un pequeno claro junto al cual se elevaban unos abetos... Era el lugar ideal para poner en practica mi plan. Abriéndome paso entre la maleza, le dije con expresión sincera que el tesoro estaba bajo unos abetos. El hombre se encaminó sin vacilar hacia los arboles raquíticos. Los bambues se hacían menos y menos espesos y por fin alcanzamos un pequeño claro. Apenas llegamos, me arrojé sobre él y lo derribé. Estaba armado y era fuerte, pero no esperaba ser atacado. En un abrir y cerrar de ojos lo até al tronco de un abeto. Soy ladrón. Siempre llevo una cuerda atada a mi cintura para saltar un cerco o algo asi. Para impedir que gritara, tuve que llenarle la boca con hojas secas de bambú.
Cuando lo tuve bien amarrado, regresé en busca de la mujer y le dije que viniera conmigo, con el pretexto de que su marido había sufrido un ataque de alguna enfermedad. De más es decir que me creyó, y se internó en el bosque tomada de rni mano. Pero cuando divisó al hombre atado al pie del abeto, extrajo un puñal que había escondido, quien sabe cuando, entre su ropa. En mi vida vi mujer tan intrépida. La mejor distraccion me había costado la vida; me hubiera clavado el puñal en el vientre. Aunque reaccione con presteza, a punto estuve de no eludir su furioso ataque. Pero por algo soy el famoso Tajomaru: conseguí desarmarla sin tener que usar mi arma. Y desarmada, por inflexible que se haya mostrado, nada podía hacer. Obtuve lo que me proponía obtener sin cometer un asesinato.
Sí. Sin cometer un asesinato. Yo no tenía motivo alguno para matar a ese hombre. Ya estaba par abandonar el bosque, dejando a la mujer bañada en lagrimas, cuando ella se arrojó a rnis brazos como una loca. Y la escuché decir, entrecortadamente, que deseaba mi muerte o la de su marido, que no soportaría que dos hombres vivos la hubieran poseido, que eso era peor que la muerte. Más todavía. Que ella se uniría al que sobreviviera. En aquel momento, lo confieso, senti el violento deseo de matar a ese hombre. (Tajomaru es presa de un escalofrío.)
Escuchando lo que cuento pueden creer que soy un hombre mas cruel que ustedes. Pero ustedes no vieron la cara de esa mujer; no vieron, especialmente, el fuego que brillaba en sus ojos cuando me lo suplicó. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sentí el deseo de que fuera mi mujer, aunque el cielo me fulminara. Y no fue, lo juro, a causa de la lascivia vil y licenciosa que ustedes pueden imaginar. Si en aquel momenta decisivo yo me hubiera guiado solo par el instinto, me habría alejado tras deshacerme de ella de un empellón. Y no habría manchado mi espada con la sangre de ese hombre. Pero entonces, cuando miré a la mujer en la penumbra del bosque, decidí que no abandonaría el lugar sin antes matar a su marido. Pero no iba a matarlo indefenso. Desaté la cuerda y lo desafié. (Ustedes deben haber encontrado la cuerda al pie del abeto, pues la olvidé allí.) Hecho una furia, el hombre desenvainó su espada y se arrojó sobre mí sin decir palabra. Nada me queda por contar. Ya conocen el final. En el vigesimo tercer asalto, mi espada le perforó el pecho. ¡En el vigesimo tercer asalto! Senti por él verdadera lástima. Nadie me había resistido más de veinte... (Deja escapar un suspiro.)
Mientras su cuerpo se desangraba, me vol vi hacia la mujer, empuñando todavía el arma chorreante. ¡Había desaparecido! ¿Hacia dónde se había dirigido? La busqué entre los abetos. No descubrí rastro alguno en el suelo cubierto de hojas secas de bambú. Ni mi oido percibió otro sonido que el de los estertores del hombre que agonizaba. Tal vez al iniciarse la lucha la mujer había huido a traves del bosque en busca de auxilio. A partir de ese instante, lo que estaba en juego, lo mas importante del mundo, era mi vida: apoderandome de las armas del muerto retome el camino hacia la carretera. Lo que sucedió despues no vale la pella contarlo. Antes de entrar en la capital, vendi la espada. Tarde o temprano seré colgado, lo supe siempre. Condénenme a muerte. (Dice esto con gesto arrogante.)
Confesión de la mujer que llego al templo de Kiyomizu
-Despues de violarme, el hombre del quimono azul miró burlonamente a mi esposo, que estaba atado. ¡Oh, cuanto odio debió sentir mi esposo! Pero sus contorsiones sólo servían para clavar más profundamente en su carne la cuerda que lo sujetaba. lnstintivamente traté de correr hacia él. Pero el bandido no me dió tiempo y, arrojándome un puntapie, me hizo caer. En ese instante advertí un extraño resplandor en los ojos de mi marido... Un resplandor verdaderamente extraño... Cada vez que recuerdo esa mirada, me estremezco. Imposibilitado de hablar, mi esposo expresaba por medio de sus ojos algo que comprendí claramente. Eso que destellaba en sus ojos no era colera, ni tristeza. No era orca cosa mas que un frio desprecio hacia mi. Mas anonadada por ese sentimiento que por el golpe del bandido, grite algo y caí desvanecida.
Cuánto tiempo transcurrió basta que recupere la conciencia, no lo se. El bandido había desaparecido y mi marido seguía atado al abeto. Incorporandome penosamente sobre las hojas secas, miré a mi esposo. Su expresion era la misma de antes: una mezcla de desprecio y de odio glacial. ¿Verguenza? ¿Tristeza? ¿Furia? ¿Cómo definir lo que sentí en ese momento? Termine de incorporarme, vacilante, me aproximé a mi marido y le dije:
- Takehiro, despues de lo que he sufrido y en esta situacion horrible en que me encuentro, ya no podré seguir contigo. ¡No me queda otra cosa que matarme aquí mismo! ¡Pero tambien exijo tu muerte! ¡Has sido testigo de mi verguenza! ¡No puedo permitir que me sobrevivas! Se lo dije a gritos. Él, inmovil, seguía mirandome despectivamente. Conteniendo los latidos de mi corazon, busque la espada de mi esposo. El bandido debio llevársela, porque no pude encontrarla entre la maleza. El arco y lag flechas tampoco estaban. Por casualidad encontre cerca mi puñal. Lo tome y levantándolo sobre Takehiro, repetí:
-Te pido tu vida. Yo te seguiré.
Entonces movió los labios. Las hojas secas que le llenaban la boca le impedían hacerse escuchar. Pero un movimiento de sus labios casi imperceptible me dió a entender lo que deseaba. Sin dejar de despreciarme, me estaba diciendo: "Matame".
Completamente fuera de mi, le hundí el puñal en el pecho, a través de su quimono.
Y volví a caer desvanecida. Cuando recuperé la conciencia, miré a mi alrededor. Mi marido, atado como antes, estaba muerto desde hacía tiempo. Sobre su rostro livido, los rayos del sol poniente, atravesando los bambues que se entremezclaban con las ramas de log abetos, lamían su cadaver. Después... ¿que me pasó? No tengo fuerzas para contarlo. No logrée matarme. Apliqué el cuchillo contra mi garganta, me arrojé a una laguna en el valle... Todo lo intenté! Pero, puesto que sigo con vida, no tengo de que jactarme. Tal vez basta la infinitamente misericorde Bosatsu rechazaría a una mujer como yo. Pero yo, una mujer que mató a su esposo, que fue violada por un bandido... qué podría hacer. Yo... yo... yo... (Estalla en sollozos.)
Lo que narró el muerto por labios de una medium
-El bandolero, despues de violar a mi mujer, se sentó a su lado y trató de consolarla por todos los medios. Yo no podía hablar y estaba amarrado al tronco de un abeto. Pero la rniraba a ella tratando de hacerme entender con la mirada, tratando de decirle: "No lo escuches, todo lo que dice es mentira". Eso es lo que yo quería hacerle comprender. Pero ella, sentada lánguidamente sobre las hojas secas de bambú, miraba fijamente sus rodillas. Daba la impresion de que atendía a lo que decía el bandido. Eso es, al menos, lo que a mi me parecía. El bandolero, a su vez, elegía las palabras con habilidad. Me senti torturado y enceguecido por los celos. Le decía: "Ahora que tu cuerpo ha sido profanado por mí, tu marido no querra saber nada de ti. ¿No quieres abandonarlo y ser mi esposa? Si no fuera por el inmenso amor que me inspiraste, yo nunca hubiera actuado de esta manera". Y repetía una y orra vez argumentos de este estilo.
Y de pronto, mi mujer alzó la cabeza extasiada. Ni yo la había visto nunca con expresion tan bella. ¿Y que piensan ustedes que mi bellisima mujer respondió al ladrón que la había violado a la vista de su marido maniatado? Le dijo: "Llevame adonde quieras". (Largo silencio.)
Pero no terminó ahi la traición de mi mujer: llegó mucho mas lejos. ¡De no haber sido asi, yo no sufriría tanto en la negra profundidad de esta noche! Tomada de la mano del bandolero, estaba por abandonar el lugar, cuando dirigió hacia mi su rostro pálido y, señalándome con el dedo, dijo al otro: "!Mata a ese hombre! ¡Si él sigue vivo yo no podre vivir contigo!". Y gritó una y orra vez como una loca: "!Matalo! ¡Acaba con el!" Estas palabras, sonando con violencia, continuan persiguiendome en la etemidad. ¿Pudo salir alguna vez de labios humanos una expresión de deseo tan horrible? ¿Alguien escuchó palabras tan malignas? Palabras que... (Aquí hace un silencio, prorrumpiendo en extrana risa.)
Al escuchar semejante pedido, basta el bandido empalideció. "!Acaba con este hombre!" Repitiendo esto, mi mujer se aferraba a su brazo. El bandido, mirándola fijamente durante un largo instante, no le respondió. Y acto seguido la arrojó de un puntapie sobre las hojas secas. (Estalla otra vez en extranas carcajadas.) Y cruzándose lentamente de brazos, el bandido se dirigió hacia mi, preguntándome: "¿Qué quieres que haga? ¿Quieres que la mate o que la perdone? No tienes que hacer otra cosa que mover la cabeza. ¿Quieres que la mate?"
Solamente por este gesto habría perdonado a ese bandido.
Mientras yo vacilaba, dudando, mi esposa gritó y emprendió la huida, intemandose en el bosque. El bandido, sin perder un instante, se lanzó tras ella, sin poder alcanzarla. Yo asistía inmóvil a esa pesadilla.
Cuando mi mujer se escapó, el bandido se apoderó de mis armas y cortó la cuerda que me sujetaba en un solo punto. Y mientras desaparecía en el bosque, pude escuchar que murmuraba: "Esta vez me toca a mí"'. Tras su desaparición, todo volvió a la calma. Pero no. "¿Alguien llora?", me pregunté. Mientras me liberaba, presté atencion: eran mis propios sollozos lo que había escuchado.
Por fin pude liberar completamente mi cuerpo dolorido. Ante mi vista relucía el puñal que mi esposa había perdido. Asiendolo, lo clavé de un solo golpe en mi pecho. No sentí ningún dolor, solo un borboron acre y tibio subir por mi garganta. A medida que mi pecho se crispaba, el silencio se ahondaba. ¡Ah, qué silencio! No cantaba un solo pájaro en el cielo de aquel bosque. Apenas caían, filtrandose entre los bambúies y los abetos, los últimos rayos del sol poniente... Luego desaparecieron bambúes y abetos. Tendido en tierra, fui envuelto por un denso silencio. En aquel momento, sentí unos pasos furtivos que se me acercaron. Trate de volver la cabeza, pero ya me envolvía la difusa oscuridad. Una mano invisible retiraba dulcemente el puñal de mi pecho. La sangre volvio a llenarme la boca. Ese fué el fin. Me hundí en la noche etema para no regresar. . .