La cuestión de las niñas chinas

Mucho se habla estos días de los orfanatos chinos. Las imágenes que nos proporcionan los medios de comunicación justifican con creces la alarma. Pero el notable desconocimiento de la realidad china puede llegar a desvirtuar toda la cuestión.

En primer lugar, convendría tener claros los datos del problema, en especial su relación con el género, ya que el 90% de los niños que van a parar actualmente a estos orfanatos son, de hecho, niñas, y ello no constituye ninguna novedad si se compara con los escasos datos que tenemos de estas instituciones en siglos anteriores. Los pocos niños que ingresan en estas instituciones están, en la mayoría de los casos, discapacitados o severamente enfermos y, de no ser así, son adoptados de forma inmediata. Las hijas eran y siguen siendo en China una "pequeña felicidad" en contra de la "gran felicidad" que representa el nacimiento de un hijo dentro de una familia tan claramente patriarcal como es la china. La combinación de esta tradición con el rigor de la política demográfica arroja cifras pavorosas, entre las que la enorme proporción de niñas en los orfanatos es sólo un dato menor. A medio plazo, la consecuencia más severa es el desequilibrio entre las poblaciones masculina y femenina, acontecida en una esfera de 1.200 millones da habitantes: dado que la ratio  por sexo parece encontrarse ahora en 113 niños por 100 niñas - siendo la natural de 105 por 100 - actualmente hay censadas en China entre 700.000 y 800.000 niñas menos de las que corresponderían y que serían las  necesarias para asegurar un crecimiento demográfico normal a 20 años vista. ¿Dónde han ido a parar estas niñas? Desde luego el infanticidio existe - en ésta como en otras sociedades -, pero conviene recordar que el gobierno chino lo combate con gran energía y que ésto, en China, significa la pena de muerte. Existe también la predicción prenatal del sexo del feto, que en China está totalmente prohibida. Claro que siempre queda el recurso de corromper al funcionario pertinente y, sobre todo, conseguir la información acudiendo a redes ilegales que controlen aparatos de ultrasonido portátiles. Ya que de lo que se trata es de enriquecerse, éste negocio cuenta con un mercado seguro. Probablemente, sin embargo, la gran mayoría de estas niñas existen y no están censadas: los demógrafos chinos han calculado que hay en China un 20% de la población sin registrar. La práctica más habitual para esconder una niña - no sólo si se trata de un primer nacimiento sino, sobre todo, en un segundo nacimiento cuando el primero ya es una hija - es la falsa adopción por parte de algún amigo o familiar. Y ello entronca también con una práctica milenaria que garantizaba así novias baratas a la familia receptora.

En segundo lugar, conviene entender las razones de la preferencia china por los niños. La tradición juega aquí sin duda su papel, aunque hay que reconocer a China el hecho de haber sido pionera en afirmar legalmente la igualdad de la mujer ya en los primeros momentos de la revolución comunista de 1949. Pero, independientemente de que en la sociedad tradicional - más viva de lo que quisieran los actuales dirigentes - el hijo fuera esencial para perpetuar el culto a los antepasados, la preferencia por el hijo se basa en hechos mucho más tangibles. Por muchos cambios que haya habido en estos 40 años, las hijas no son propiamente familia, sino parientes, es decir gente de la que se puede esperar afecto pero a la que no se puede exigir cuidados. El problema es especialmente agudo en la China rural - y estamos hablando de 800 millones de personas -, y la prohibición de emigrar - dictada por el gobierno chino para evitar el colapso de las ciudades y garantizar la producción agrícola - ha traído consigo la consecuencia indeseada de perpetuar formas de vida anteriores. La China es una sociedad que venera a sus viejos, y los venerables ancianos imponen a todos su temor a quedarse sin nadie que los cuide. La desaparición de las comunas - que contaban con sistemas de protección social, por muy imperfectos que fueran - no ha hecho más que agravar el problema. No son los jóvenes padres los que en primera instancia quieren niños sino la familia del padre - que es finalmente la familia a la que pertenece la pareja -  la que impone en último término sus necesidades.

En tercer lugar, conviene tener clara la incidencia que sobre esta sociedad tiene la actual política demográfica. Política demográfica que, conviene recordarlo, está totalmente asumida por los grandes organismos internacionales: los 22 mayores institutos demográficos de la China actual cuentan, todos ellos, con financiación de las Naciones Unidas. La proporción de niñas en los orfanatos ha aumentado drásticamente - aunque el gobierno chino la mantenga secreta desde 1988, debido a la sensibilización internacional sobre el tema - en relación directa con el mayor rigor en la aplicación de la política de control del crecimiento demográfico.  Es cierto que estos últimos años se ha pasado en gran parte de la política del hijo único a una que permite también un segundo hijo. Pero el hecho de que esta relativa flexibilidad - relativa en cuanto que cualquier embarazo exige un permiso previo por parte de las autoridades competentes - se aplique con mayor rigor que antes ha hecho poco por disminuir las consecuencias. Es más, la ratio niño/niña aumenta sensiblemente - no sólo en China sino también en la India y en Corea del sur - cuando se tienen en cuenta los segundos y posteriores nacimientos.

En cuarto lugar, hay que tener presente que el sufrimiento de las niñas es sólo un reflejo del sufrimiento de las mujeres en Asia en general y en China en particular, ya que sobre ellas recaen los costes y los riesgos de la política de control demográfico. Tener el útero controlado por el estado significa en la práctica someterse a controles rigurosos sobre la periodicidad menstrual, presionar para poder formar parte de la cuota de reproducción anual, soportar una severa angustia y la presión familiar incluso durante el primer embarazo, y acarrear con todos los riesgos de interrupciones indeseadas, temidas y a menudo fuera de plazo. Es cierto que gran parte de las mujeres del campo chino participan, por otra parte, en el deseo familiar de tener un niño, ya que están inmersas como los demás en un mismo ambiente cultural. Pero las angustias que las atenazan y los riesgos reales que afrontan son muy superiores a los de los hombres. Es muy posible que un parlamento chino dominado por mujeres mantuviera en lo esencial la actual política demográfica: pero probablemente intentaría distribuir los costes de otra manera.

En quinto y último lugar, el problema de las niñas en los orfanatos chinos debe considerarse dentro del conjunto de problemas que plantea la actual política de control demográfico. Las imágenes que últimamente nos proporciona la televisión son terribles, pero no lo son también las que nos proporcionan a veces sobre asilos de ancianos en España? La inanición de que daban prueba fehaciente estos reportajes es imperdonable, pero puede corregirse con relativa facilidad. A fin de cuentas se trataría de reservar unos fondos limitados para proporcionar alimentación y cuidados médicos y humanitarios adecuados a un pequeñísimo sector de la población. Pero el problema no se resolverá jamás mientras la enorme masa de ancianos de la China rural no tengan garantizado un plan de pensiones similar al menos a la jubilación de que disfrutan sus compatriotas obreros o funcionarios urbanos. No es casualidad que la resistencia a la política de control demográfico proceda sobre todo de la China rural, provocando, incluso, la irritación de sus compatriotas urbanos que los acusan, a menudo explícitamente, de tener una mentalidad feudal y de querer criar como conejos. Esta incomprensión refleja una vez más la existencia de varias Chinas y hace muy difícil que un estado que - a pesar de alardear de sus orígenes campesinos - ha representado casi siempre esencialmente los intereses urbanos, acepte desviar una parte sustancial de sus ingresos para atacar la raíz del problema y proporcionar seguridad a los campesinos viejos. Lo único que, hoy por hoy, cabe esperar es que el gobierno alivie las consecuencias del problema y tome medidas para mejorar las condiciones de las niñas en los orfanatos.

Dolors Folch

El País

Barcelona, 13 de enero de 1996