Un pueblo de la provincia de Shandong, a siete u ocho lis de distancia de la vía férrea que lleva a la ciudad de Lincheng. En el pueblo se ven bastantes casas nuevas; las más, con paredes de ladrillo gris y cubiertas de tejas, las menos, con tejados de vigas de acero y cemento. Acá y allá se ven también viejas casuchas de tierra. Esta familia vive en una casa de cinco habitaciones, con paredes de piedra suelta y cubierta de paja.
Zhang Yuxi, 54 anos, cabeza
de familia.
¿El cuerpo de Mao Zedong
esta todavía por allí? ¿Se le puede ver?
Estos dos últimos años
las cosas han mejorado y si hay algo que deseo de todo corazón es ahorrar
un poco de dinero y un día sin más irme a Pekín a pasearme
un poco y, por una vez en la vida, a ver como era Mao Zedong en persona.
¿Que cometió errores
en los últimos anos? Ya lo se. Nosotros, los campesinos, bregábamos
con nuestros problemas mientras él, apalancado en su trono, no sabía
exactamente lo que pasaba. Los malos eran los que habían debajo de
él, lo tenían aislado y no le contaban nada de nada, se amparaban
bajo su bandera para cometer sus fechorías. Aquél presidente
Mao, de cara redonda y aspecto tranquilo, de verdad que parecía un
emperador. ¿Que si el presidente Mao era un emperador? ¡Anda
ya! ¡Era mucho mejor que un emperador! ¿Cuando ha habido un emperador
que se preocupara por los pobres? El presidente Mao se preocupaba por ellos
desde el día en que nació. De no ser así, ¿a santo
de que lo añoraríamos?
Yo he tenido tres hijos y cuatro
hijas. Las cuatro hijas se fueron para casarse, dos de mis hijos fundaron
una familia y el otro ha levantado una casa y se ha instalado por su cuenta.
El apellido Zhang es muy corriente
en cualquier sitio, pero en este pueblo nosotros somos un caso aparte porque
aquí los apellidos más corrientes son Zhao y Song. En vida de
mi padre mi familia llegó aquí huyendo del hambre, procedente
de otro pueblo, a veinte lis de distancia. En aquella época, yo todavía
no existía, pero le oí contar a mi padre que huyeron con dos
cestos colgados de un palo: en uno cargaban a mi hermano mayor, en el otro
metieron una manta remendada, la estera de dormir y el caldero. Mi madre iba
detrás, mientras mi padre cogía de la mano a mi hermana, la
que murió antes de casarse. Al llegar a este pueblo mi padre se acogió
a la protección del padre de su primera mujer, de la familia Wang.
Aunque esta primera mujer de mi padre había muerto a los pocos días
de casarse, mi padre mantenía todavía con ellos relaciones estrechas
de parentesco.
Cuando llegamos, nos permitieron
habilitar para vivir un viejo horno de cal y arrendamos un pedazo de tierra
para cultivarla. Al llegar la liberación, tentamos ya treinta mus de
tierra, una vaca, un burro, y habíamos comprado la casa que tenemos
ahora. En este patio se levantaban antes tres azufaifas y cuatro granados.
Una de las azufaifas producía en abundancia y uno de los granados daba
unas frutas dulcísimas. Cuando lo compramos, los niños nos pasábamos
el día correteando alegremente entre los árboles. Pero a los
pocos días, aquellas hermosuras de azufaifas y granados murieron todos
sin excepción. Por lo que he oído decir, a la anterior propietaria
le dolió mucho que se vendiera la casa, o sea que se vino para acá
arrastrando un fuelle, puso al fuego un caldero y en cuanto el agua echó
a hervir regó con ella los árboles hasta empapar sus raíces.
Cuando llego la Liberación, adquirimos la casa y por ello quedamos
clasificados como campesinos de clase media.
Mi padre era un hombre muy capaz.
Al principio dependía de la familia Wang, la de su primera mujer, el
cabeza de la cual era el alcalde del pueblo. Mi padre empezó haciendo
todo tipo de encargos y ocupándose de un sinfín de cosas, pero
a medida que el jefe Wang envejecía ponía sus asuntos cada vez
más en manos de mi padre. Que una familia venida de fuera estuviera
en todo, que en este pueblo llegara a levantar la cabeza y ocuparse de todo
tipo de asuntos, ¡era para verlo y no creerlo! El caso es que mi padre
tenía el don de gentes. Pero no quiso hacer de alcalde bajo el gobierno
títere ni cuando llegaron los enanos japoneses. Nunca aceptó
este papel, aunque hay que decir que vaya si hubo quienes le lamieran los
pies. Cuando los enanos japoneses huyeron a toda prisa, desarmé las
alambradas con que nos habían rodeado y con todos aquellos cables hice
tamices y morrales y me fui al mercado a venderlos. Entonces mi padre ya había
muerto.
Mi madre sacó adelante
a los tres hijos y adquirió la casa, pero no fue fácil. Poco
después de la liberación mi pobre vieja se puso mala, no podía
comer nada porque todo se le atragantaba. Mi hermano mayor, que mucho antes
se había alistado en el Octavo Ejercito, trabajaba entonces en el distrito
militar de Nanjing. Por eso vino a buscar a mi madre para llevarla a visitar
a un médico y la acompañó después de vuelta a
casa. Mi madre llegó con un traje nuevo y contentísima, no paraba
de decir que por una vez en la vida había podido ver el palacio imperial
en Nanjing, que eso si que era ver mundo. Mi hermano me hizo salir un momento
de casa y, poniéndose en cuclillas, me dijo: "Hermano, nuestra madre
tiene cáncer, no sanara jamás". En aquel entonces yo no sabía
que cosa era cáncer, pero cuando vi que a mi hermano se le saltaban
las lágrimas comprendí que mi madre había llegado al
final de su vida.
Mi madre vivió aún
medio año, con la cabeza clara y sin poder comer nada, quejándose
amargamente día y noche. Un día nos pidió que nos acercáramos
a su cama y estuvo largo rato dándonos consejos. Fue entonces cuando
comprendí en el fondo de mi alma que mi pobre vieja había tenido
una vida muy dura. Justo en el momento en que los tiempos empezaban a ser
buenos y podía tomarle gusto a la vida, su enfermedad la precipitaba
de nuevo al sufrimiento. En aquella época yo dirigía una cooperativa
y tenía reunión cada noche. Un día, al volver de una
de estas reuniones, me encontré con que mi madre, tras acicalarse con
esmero y vestirse con sus mejores ropas, se había colgado.
Eran años aquellos en
que todavía se podía sepultar a los muertos bajo tierra. Mi
hermano pequeño estaba en las desoladas tierras del Nordeste. Ese chico
gasta el dinero a manos llenas y no para nunca en el mismo sitio. Pues bien,
regreso a casa para cuidarse del funeral de mi madre. La tumba que preparamos,
recubierta con una sólida lapida de cemento, es, a decir verdad, la
mejor tumba de todo el pueblo. Mi hermano mayor, temiendo que tanta ceremonia
estuviera mal vista, no se atrevió a venir, pero se preocupó
de mandar dinero. Treinta años después, hace justo unos días,
paso por aquí, pregunto dónde estaba enterrada y se fue hacia
allá el sólo.
Nosotros somos tres hermanos.
Al mayor se le veía inteligente desde niño y era el orgullo
de mi padre y de mi madre. Tras estudiar primero en una escuela privada y
después en un colegio religioso de la ciudad, regresó por algún
tiempo al pueblo para hacer de maestro. Mi hermano menor era el más
pequeño de todos y lo tenían mimado y consentido. También
a él le pusieron a estudiar, pero era un mal estudiante y mi hermano
mayor, que era el maestro, se pasaba el día dándole coscorrones.
Por ultimo estaba yo, el del medio, que no he abierto un libro jamás,
he trabajado siempre como campesino y me he pasado toda la vida cuidando de
este trozo de tierra.
Nunca me he movido del campo
y estos últimos años, ahora que han repartido la tierra, las
cosas van mucho mejor, la verdad.
¿que por que lo digo?
Desde luego, yo antes no era
consciente de esto. Cuando se implantaron las cooperativas avanzadas yo me
convertí en jefe de una de ellas y me entregue a este trabajo en cuerpo
y alma. Cuando nos llegó la consigna de la colectivización,
cogí la tierra que me habían dejado mis padres, la vaca y el
burro y los entregué a la comuna, los colectivicé. De noche
se me partía el alma de pura angustia; de día, salía
a hacer de dirigente, aconsejaba a los demás que entregasen sus tierras
y lo hacía de todo corazón. Con un hermano mayor que se había
ido de casa para hacer de dirigente revolucionario, me veía obligado
a emular su espíritu combativo y a aceptar como él las más
altas responsabilidades. Hay que decir que cuando se fue de casa sin decir
nada para alistarse en el Octavo Ejército mi madre de poco se queda
ciega de tanto llorar. Y luego va y resulta que aquél Octavo Ejército
se convierte nada menos que en el ejército vencedor, ¡esos si
que no perdieron el tiempo !Como la nuestra era una familia de dirigentes,
nunca comíamos mucho y jamás nos apropiábamos de nada.
¡Anda, que no son ahora poco distintas las cosas! Pero en aquel entonces
a nadie se le hubiera ocurrido comportarse de otra manera. Nosotros nunca
nos quedábamos con nada, al contrario, dábamos lo que teníamos.
Si en la comuna faltaba algo y daba la casualidad de que en mi casa lo había,
llamaba a alguien para que fuera a buscarlo y lo trajera. De carácter
me parezco a mi padre, o sea que todo lo que necesitaba para la casa y para
el campo me lo hacía y me lo arreglaba yo mismo y así estaba
seguro de no quedarme nunca corto y de no tenerle que pedir favores a nadie.
Después empecé
a darme cuenta de que todo aquello nos estaba llevando por mal camino. Las
cosechas se echaban a perder, íbamos de mal en peor: aquella tierra,
que antes de la liberación producta entre cuatrocientos y quinientos
jins de trigo, daba ahora entre doscientos y trescientos. Además sin
nadie que se preocupara en recoger los excrementos, sin nadie que los entregara,
la fertilidad del suelo estaba a punto de agotarse. Aquel año mi hermano
mayor aprovechó un viaje para pasar por casa y yo me lo llevé
a dar una vuelta por los campos y le conté la situación. A su
pregunta de qué se podía hacer, yo le respondí que lo
mejor sería repartir la tierra y que cada cual plantara la suya, puesto
que no hay nadie que quiera perjudicarse a sí mismo. Mi hermano no
hizo ningún comentario, se limito a aconsejarme que tuviera cuidado
y no hablara a tontas y a locas. La verdad es que estoy por decir que tuve
una premonición.
Y entonces llegó aquel
gran movimiento de la fundición de hierro y acero. Los dirigentes de
cada pueblo debían encabezarlo, o sea que yo me puse al frente del
equipo del mío. ¡Pues anda que no fundimos poco hierro! Y los
árboles que había en las montañas los cortamos todos,
sin dejar ni uno. No es que fundir acero sea muy difícil, en este mundo
no hay nada que no se pueda aprender. Tanto para saber encender un horno de
cal o de ladrillo como para hacer de herrero o de carpintero, lo único
que has de hacer es fijarte bien en como hacen los demás las cosas
más difíciles. Con la fundición de acero pasaba exactamente
igual: todo consistía en mirar como lo hacían los demás
y en hacer lo mismo. La verdad es que yo soy muy mañoso. Cuando nos
dispusimos a usar todo aquel hierro fundido resulto que no servía para
nada, mira por dónde. Después de esto mi familia me mandó
recado a través de una persona que estaba de paso de que no tenían
nada que comer y de que todos y cada uno estaban a punto de morir de hambre.
Aquel fue el año de la gran hambre. No me atreví a seguir en
la fundición y volví a casa corriendo a cuidarme de todas
aquellas bocas. A los que murieron primero de hambre los enterramos en unos
ataúdes delgados. Pero después embutíamos los cadáveres
entre dos grandes cuencos y, al final, de tanto pasar hambre, a nadie le quedaban
ya fuerzas para moverse, y como en las casas morían uno tras otro,
los muertos quedaban tirados allí mismo. Nosotros éramos dirigentes,
pero esto fue demasiado y decidí cortar.
He soñado a menudo en
largarme de este lugar. Por aquí cerca hay una gran mina de carbón
y yo deseaba con todas mis fuerzas irme allí a cavar, tanto si me pillaba
un derrumbamiento como si no, porque necesitaba ahorrar un poco de dinero
y comprar cosas de buena calidad para comer. Pero se negaron incluso a escucharme
y no me dejaron hacerlo porque eso equivalía a tolerar que los campesinos
se hicieran obreros. Y eso si que no: los que estaban en esta basura de tierra
debían quedarse doblados encima de ella para siempre, arrancándole
algo que comer.
Por aquellos años yo tenía
en el este del pueblo un par de campos que ahora he regalado a mi hijo mayor
para que pueda hacerse allí una casa. En aquella tierra planté
una viña y la injerté con melocotoneros, de modo que al cabo
de tres años daba un tipo de melocotones llamados "Delicias de Mayo".
Redondos como eran y de un rojo apetitoso, todo el mundo se pirraba por ellos.
Cogí unos cuantos y me los lleve al mercado: los demás vendían
sus melocotones a tres maos la libra, pero en cuanto yo mostré los
míos, me dieron seis maos por ellos y encima me los arrancaban de las
manos. En 1964 empezó todo aquel alboroto de las "cuatro purificaciones"
y los corte de cuajo, no deje ni uno. De vuelta a casa me puse en cuclillas
y lloré. Estuve más de diez días sin atreverme a poner
los pies en aquel extremo del pueblo y, así y todo, cada vez que veía
el campo desde lejos se me caían las lágrimas...
A partir de entonces las cosas
se fueron poniendo cada vez más negras. Aquella tierra producía
unos cien jins de trigo por mu al año. Una vez repartido tocaba a poco
más de diez jins de trigo sin descorticar por persona. Bastaba con
que amasaras unos pocos tallarines si te venía algún pariente
de visita y con que frieras unos cuantos pasteles de harina para ano nuevo
para que ya no te quedara nada de nada.; Y figuraba que de ahí encima
debía salir dinero! Los cacahuetes se cosechaban a finales de otoño
y había que impedir que su delicioso sabor quedara al alcance de los
niños. Los freíamos a medianoche, con las lamparas en alto,
y, con todo sigilo, los llevábamos a vender a un mercado que estaba
muy lejos. Si las cosas iban mal, te detenían y se te lo quedaban todo.
Ellos con todo y tu de vuelta a casa sin atreverte ni a abrir la boca. Aquellos
si que fueron realmente días negros..., no se ni cómo explicarlo!
Un día el jefe de mi equipo me mandó que organizara a un grupo
de hombres para ir a repoblar los bosques de la montaña. Justamente
se trataba de los bosques de la parte de atrás de la montaña
que habíamos talado durante el gran movimiento de fundición
de hierro y acero y que ahora replantamos árbol por árbol. Años
después me hicieron organizar un grupo de hombres para construir un
horno de cal. Te hacían hacer de todo, el dinero no lo veías
ni por el forro y estaba prohibido irse a ganarlo fuera de aquí.
Esta casa en que vivo la hice
con la ayuda de mi hermano mayor. Para construirla necesitaba mil yuanes y
escribí a mi hermano una y otra vez, pidiéndoselos. Hay que
reconocer que mi hermano se ha ocupado mucho de mi pero a mí por mucho
que haga nunca me parecerá bastante. Hace ya mucho, después
que él se fuera de casa para alistarse en el Octavo Ejército,
los enanos japoneses nos registraron la casa mientras nos apuntaban en la
cara con su fusil preguntándonos que dónde estaba mi hermano.
Cuando los japoneses hubieron terminado, llegaron los del Guomingdang que
también venían a registrar. Encontraron una foto de cuando mi
hermano era estudiante y blandiéndola en alto, nos amenazaron diciendo:
"Ahora que tenemos esto lo podemos detener inmediatamente!". Los campesinos,
pobres de nosotros, somos unos ingenuos, porque a ver, ¡dónde
iban a ir a buscarlo! ¡Pero a mí me aterrorizaron y mi madre
lloraba de arrepentimiento por no haber sido capaz de esconder aquella foto
a cal y canto, y de pensar en el castigo que le esperaba si lo encontraban!
¡Mi hermano estaba por esos mundos luchando contra los enanos japoneses
y contra el Guomingdang y a mí me tocaba esconderme de ellos arrastrando
la vaca por todos los rincones! Por eso a mí me parece que por mucho
que se cuide de mí nunca será bastante. Luego mis hijos, uno
tras otro, empezaron con que querían casarse y sin casa que ofrecer
mal lo tenían para encontrar novia. Y mis hijas tampoco se podían
quedar para siempre en casa, ya iba siendo hora de empezar a pensar en un
ajuar como mínimo, ¿no? De verdad que pasarse todo el santo
día cuidando la tierra da una morriña que es como para morirse,
y ni eso puedes hacer.
Estos dos ultimes años,
con el reparto de las tierras, las cosas han ido mejor para el campo en general.
Pero sólo llevamos dos años.
Hemos vuelto a ver un poco de
dinero. Yo y mi hija volvemos a trabajar en el horno de cal y cada uno nos
sacamos al día un yuan y dos maos; mi hijo pequeño ingreso en
la fábrica de tintes de la comuna y como estuvo medio año estudiando
en Shanghai y ahora es un obrero con conocimientos técnicos, cada mes
además del sueldo recibe un yuan de prima, o sea que puede llegar a
sacarse hasta sesenta o setenta yuanes. Todos los demás ganan dinero
y están ahorrando. Cuando mi hijo mayor se licenció del ejercito
entró a trabajar en la mina de carbón y ahora se ha establecido
por su cuenta. Todos los que han querido casarse han podido hacerlo. Ahora,
por fin, puedo fumar cigarrillos de verdad y beber vino. Pero esto hace sólo
dos años que pasa.
Si sumamos mis campos y todos
los de mis hijos resulta que tenemos unos treinta mus de tierra, un poco menos
que cuando la Liberación, y hay que decir, además, que estas
tierras son contratadas al equipo en general. Mis campos están repartidos
en una docena de parcelas. Plantamos de todo, trigo, calabazas, sorgo, mijo,
cacahuetes, sésamo: de todo un poco.
¿Que si nos va bien o
mal? Eso lo dejo a vuestro juicio, cualquiera que pase por el camino puede
ver el campo con sus propios ojos, los cultivos no están escondidos,
son el espejo de la vida de los campesinos. Y los hay que prefieren dar sus
hijas en matrimonio a aquellos que tienen sus campos peor cuidados, porque
las malas hierbas son el signo inequívoco de que su propietario se
dedica a los negocios y anda siempre de acá para allá. Yo no
puedo hacer esto, es demasiado complicado para mi. Aunque consiguiera alquilar
un tractor, ¿de dónde sacaría yo las relaciones necesarias
para organizar un comercio? Hay gente cargada de influencias que llegaría
siempre antes que yo.
Arrendar en las montañas?
No quiero. Y aunque quisiera tampoco podría, no tengo las influencias
necesarias para ello.
Vosotros, la gente de la ciudad,
no entendéis nada, estos asuntos de campesinos son muy complicados.
Mirad, por ejemplo, lo que pasa con esta tierra. El año pasado se repartieron
las tierras y este año las han vuelto a repartir otra vez. ¿Y
eso por que? Pues porque en cuanto los dirigentes se dieron cuenta que los
campos sembrados por los demás rendían mucho, les fastidió
que esos campos no fueran suyos; o sea que los redistribuyeron de nuevo hasta
conseguir que cayeran en sus propias manos. ¡Cómo hubiera podido
ser de otro modo! Los echaron a suertes y también en eso hicieron trampas.
Pusieron encima los boletos que llevaban inscritos los mejores campos y como
ellos los sacaron primero se quedaron con ellos. Cuando nos tocó a
nosotros el turno, sólo quedaban los campos peores. Cualquiera protesta,
que se le va a hacer, así van las cosas en el campo... Nosotros somos
capaces, pero ¿de que nos sirve? Unas manos hábiles nunca podrán
competir con la audacia de un gran ladrón. así no hay forma
de hacer dinero, ellos van a su aire, pero nosotros no nos atrevemos a hacer
como ellos. Por lo demás hay que decir que este gobierno de ahora hace
ya diez anos que no cambia de orientación, no como aquel de antes,
que iba todo el tiempo dando bandazos. Nosotros los campesinos, le damos duro
a la tierra, podemos mejorar.
(ZHANG,Xinxin & SANG Ye (1989), El hombre de Pekin , Sabadell, Ausa, pàg. 149-158)