Días amargos (història d’una prostituta)

    No quiere que revelemos su nombre. Este año ha cumplido sesenta y cuatro años, esta jubilada con un sueldo de cincuenta y dos yuanes y vive con su hija en una casa de dos habitaciones en un bloque nuevo de apartamentos.

    Soy de Fenghua, en la provincia de Zhejiang, del mismo pueblo que Chang Kai Chek, somos paisanos. Mi padre, que era campesino, tenía arrendadas unas tierras del terrateniente. A los trece años entré en casa del amo como esclava: fue mi padre quien me vendió para completar el pago del arriendo. A los catorce años el terrateniente me violó, bien pocas eran las esclavas hermosas que no perdían la virginidad.

    En aquella época yo no entendía nada de nada, pero supe que estaba perdida porque una muchacha que no fuera virgen no podía casarse y si se casaba era maltratada por el marido. La casa del terrateniente quedaba junto a la muralla, tocando a la ciudad. Un día corrió la voz de que habían llegado unos hombres de Shanghai para contratar obreras, y yo salí de casa a hurtadillas y me fui a la ciudad a inscribirme. Lo último que se me podía ocurrir es que aquella gente fuera a exigirme una garantía, ¡cómo iba yo a darle ninguna garantía a nadie! No me quedó más remedio que regresar tan sigilosamente como había salido. El que yo pensara en ser obrera no se debía sólo a mis ansias de escapar de casa del terrateniente, sino también a que había oído decir que en una gran ciudad como Shanghai era fácil apañárse-las para vivir y que a los hombres de allí no les preocupaba el que sus esposas fueran o no de una virginidad inmaculada, lo único que les exigían era que trabajaran y ahorraran algún dinero y yo me creía muy capaz de ganarme la vida. Mi mayor deseo era casarme porque las chicas de Fenghua se casan a los doce años y son muchas las que a los trece van ya con un mocoso a cuestas.

    Al llegar el otoño, unas chiquillas que vivían cerca me dijeron que en la ciudad había otra vez unos hombres buscando obreras para una fábrica textil y que esta vez no pedían garantía, y yo me escapé de nuevo a hurtadillas hacia allí. Aquel hombre me dijo que mi sueldo mensual sería de tres yuanes de plata y que en cuanto pusiera mis huellas digitales en un papel nos iríamos juntos. Y así fue como me calentaron la cabeza y me vine a Shanghai.

    Nada más llegar, aquel hombre nos llevó a mi y a otras tres chicas a una casa de dos plantas. Allí dentro, un hombre y una mujer nos sopesaron largamente con la mirada y me eligieron sólo a mí. La mujer le dijo al hombre: "Si te la has tirado, no me la quedo". Eso me convenció de que aquella era una fábrica de normas muy estrictas y de que era una suerte que no estuvieran al tanto de aquel asunto mío con el terrateniente. Así que estampé mis huellas digitales en el documento y el hombre que me había contratado se marchó con las otras tres muchachas.

    En cuanto el tipo se largó la mujer me dijo: "A partir de ahora me llamarás Madre, y confío en que seas muy dócil". Aunque seguía sin saber cuáles eran las normas, asentí con la cabeza. En esas, me alargó un traje ajustado abierto por los costados y unos zapatos con flores bordadas y me dijo que me los pusiera, a lo que repuse con presteza: "Yo estoy aquí para trabajar, no vale la pena que me ponga trajes tan bonitos." Sonriendo cínicamente, la tipa aquella me contestó: "Tu te has vendido 'sin condiciones', ¿qué trabajo piensas que es éste?, ¿en qué clase de sitio crees que estás?".

    Me había vendido a un burdel de la famosa calle Huile. Todo esto pasaba en 1933, yo tenía entonces catorce años.

    Pasaron tres días sucesivos sin que me hicieran recibir clientes. Andaban buscando a alguien capaz de pagar un elevado precio por mi virginidad. El primero que me trajeron era un marqués de no sé qué, y me arreo una paliza de padre y muy señor mío. Acto seguido, fue la alcahueta quien me dio de palos, porque el marqués en cuestión se negó a pagarle ni cinco. Yo no había afirmado en ningún momento que fuera de una pureza intachable, pero por lo visto el tipo aquel que me había contratado les había tomado el pelo. El cliente me zurró sin ceremonias, pero la alcahueta me pinchó las piernas con una aguja que no dejaba señal alguna y me mandó de nuevo a recibir clientes.

    Un burdel es un infierno. Yo cargaba cada día con mas de diez hombres, y los días de más trabajo me podían tocar más de veinte. Pagaban por un tiempo limitado y en cuanto se terminaba, la alcahueta llamaba a la puerta. A esto se le llamaba "echar a los clientes golpeando a la puerta".

    Durante la menstruación también recibía visitantes, varios había que lo que mas les gustaba era precisamente "penetrar en rojo". Me quedé embarazada dos veces, me hicieron abortar y a los tres días seguí trabajando. No recuerdo con cuantos hombres cargué en total, desde los catorce anos hasta los treinta deben haber sido varias decenas de miles.

    Ni a uno sólo de los hombres con los que me acosté se le pasó por la cabeza rescatarme, esas cosas sólo pasan en las novelas rosas. En el burdel decíamos a menudo: "Siempre habrá hombres que nos joderán, como siempre habrá aguas que correrán". Mi cuerpo estaba enfermo: además de la sífilis, esnifaba opio, o sea que cualquiera me tomaba por esposa...

    Yo me había vendido al burdel "sin condiciones". Algunas de las chicas que estaban allí por cuenta propia tenían derecho a rechazar un cliente, pero ese no era mi caso. Debería haber cobrado un treinta por ciento de lo que ganaba, pero lo que es yo ese dinero no lo vi ni por el forro. Aparte del traje que me dio Madre aquel primer día, todo lo demás me lo pagué yo.

    ¿Qué cuántas prostitutas había en total en Shanghai? Creo que unas treinta mil.

    Andar contagiando la sífilis me tenía sin cuidado. Con el cuerpo plagado de pústulas seguí acostándome con clientes lo mismo que antes; ellos me habían pegado la enfermedad y yo se la devolvía. Curarse, se puede curar, pero eso no rezaba con nosotras. Cuando los japoneses se largaron, los americanos trajeron una nueva medicina, pero nos era imposible comprarla.

    Una se hace puta por el dinero. Había muchas que tenían unos orígenes amargos como los míos, pero también las había con una turbia procedencia del gran mundo. Cerca del burdel en que yo vivía había una chica que había sido una famosa estrella de cine, y poco a poco había ido resbalando por la pendiente, de estrella famosa a bailarina, hasta vender su cuerpo. Decía que los hombres la habían engañado y que ella tenía toda la intención de pagarles con la misma moneda.

    Tienes toda la razón en lo que dices, por fuerza tenia que haber algo que te ayudara a aguantar, de no ser así nunca me hubiera podido llegar a acostar con más de diez mil hombres. Al principio, es evidente que no tenia más remedio, y lo atribuí a mi mala suerte, pero después acabé compartiendo la opinión de las otras chicas que me decían que aunque los hombres se aprovecharan de nosotras, nosotras todavía nos aprovechábamos mas de ellos. Cuando el juego había terminado, ellos perdían dinero y las rameras nos lo embolsábamos, o sea que a fin de cuentas quienes salíamos ganando éramos nosotras.

    Hubo algún hombre que me dio un poco de "dinero personal". Sobre eso os diré que cuando vi la película Suspirando por mi aldea me quede pasmada. Nunca he creído que una puta sea capaz de almacenar joyas en un saco!, ¡eso ni en broma, vamos!

    ¡Ah, no, mira!, esa frase vuestra no viene al caso. Nosotras no diríamos jamas eso de "lavarse la cara y no volver a las andadas", ¡por favor, que no éramos malhechoras! Nosotras hablábamos de "ir por buen camino" o bien de "lavarse la cara y quemar perfume". Yo me lavé la cara en 1952, justo antes de la Fiesta Nacional, fui del ultimo grupo de prostitutas en redimirse.

    Cuando se fundó la Nueva China, me quedé tan fresca. Por allí habían pasado un montón de hombres: los del Guomingdang, los americanos, los japoneses y vuelta otra vez con los del Guomingdang. En esas aparecieron los comunistas, y yo seguía vendiendo mi lindo cuerpo. Fue entonces cuando la mayoría de las prostitutas se precipitaron a salir del infierno en que vivían, amparándose en el hecho de que el gobierno proporcionaba trabajo a las que abandonaran espontáneamente el prostíbulo. Yo no las seguí No me creía ni en broma que viniendo de burdeles y lupanares como veníamos nosotras pudiéramos llegar a ganarnos la vida y a cuidar de nosotras mismas. Mi intención era esperar a un hombre bueno, casarme con el e ir por buen camino. ¿No decían que los comunistas eran tan buenos? Pues allí me quede yo, esperando a un buen comunista que se casara conmigo. En aquel tiempo, nunca se me hubiera ocurrido que los comunistas no fueran de putas ¡Jamas hubiera creído que pudiera haber gatos que no se pirraran por el olor a pescado!

    Después oí decir que los comunistas querían suprimir los burdeles, que iban a pelar al cero a todas las putas y nos iban a convertir en "mujeres colectivas", estaba aterrorizada. ¡Lástima que todo se complicara, con lo bien que nos iban las cosas!

    Al decir que "las cosas nos iban" me refiero a lo siguiente: cuando en 1950 el gobierno reprimió la contrarrevolución, fusiló a los grandes jefes de la prostitución y nos quitamos de encima a la mayoría de aquellos chupasangres; además, el gobierno popular no nos exigía paga ninguna. A diferencia de los del Guomingdang, que si bien de uno en uno lo que querían era nuestro cuerpo, como partido lo que ansiaban era nuestro dinero. Por eso pensaba que nos iban bien las cosas y estaba agradecida al partido comunista.

    En 1951, cuando se abolió la prostitución legal y no quedó en todo Shanghai ni un solo burdel, la única salida que me quedó fue hacer de ramera clandestina en un bar porque no sabía ni bailar. Ahorraba dinero y me compraba opio en polvo, mi dependencia de este vicio mortal era cada vez mayor. En aquel la época, con lo difícil que era atrapar algún cliente, vivía con el alma en vilo. El día antes de la Fiesta Nacional de 1952 decidí aprovechar fecha tan señalada para sacarme una buena tajada: poco podía imaginar que me engancharía la policía y me metería en el Centro Femenino de Reeducación mediante el Trabajo.

    Aquel día por la noche ingresaron allá unas mil personas, y entre llantos y gritos, menudo follón el que se armó. A las que, como yo, habíamos estado en el oficio durante mas de diez años y habíamos prestado oídos a toda la contrapropaganda, nos ardía el corazón de puro odio. Y encima nos prohibían fumar opio, y cuando nos daba el mono nos poníamos hechas un mar de lágrimas. Las guardianas decían que estaban allí para ayudarnos a salir de aquel infierno, pero en el fondo de mi corazón yo pensaba que eran ellas quienes nos estaban sumiendo en él.

    En los primeros tiempos de la Liberación, en Shanghai se respiraba un ambiente inquieto. Poco después de la Fiesta Nacional, hacia el 19 de octubre, unos cuantos centenares de hampones rodearon el Centro para hacernos salir a toda costa. También nosotras deseábamos de corazón salir disparadas de allá y nos liamos a grito pelado con las celadoras. Las dirigentes del Centro siguieron estrictamente las normas: por mas que las pegamos e insultamos, no devolvieron ni golpes ni insultos, se limitaron a defender la puerta principal como si les fuese la vida en ello. Había allí unas rameras que procedían de la prostitución legal y que, ingresadas antes que nosotras en el Centro, llevaban ya casi un ano de reeducación. Al principio, estas chicas ayudaron a las celadoras a defender la puerta, pero después, viendo que nosotras estábamos dispuestas a luchar a muerte y que íbamos con cuchillos de cocina, se saltaron todas las normas y se organizó una auténtica batalla campal.

    Después llegaron gran cantidad de policías, detuvieron a los hampones y nos dimos cuenta de que no teníamos salida. Ni que decir tiene que nos echamos atrás en el acto, todas las putas sin excepción temen a la policía, en los viejos tiempos estabamos acostumbradas a que nos las hicieran pasar canutas.

    Cierto, tienes razón en lo que dices, las celadoras aquellas no nos inspiraban ningún miedo, incluso nos inspiraban desprecio. En los viejos tiempos, se escarnecía a los pobres pero no a las putas. Cuando veíamos a aquellas celadoras hechas un adefesio con sus uniformes, murmurábamos por lo bajo: " ¡No se sabe si son hombres o mujeres, no se pueden ni comparar con nosotras!". La directora del Centro se llamaba Yang y, con dos años más que yo, era una solterona. Nosotras nos decíamos: "¿Y esa ha de cuidarnos? ¡Si no sabe nada de la vida!". Después los hechos se encargaron de demostrar que era cien veces mejor que nosotras.

    Si, claro que nos encantaban los chismorreos. Recién llegadas a un mundo controlado por otros, nos hacia buena falta averiguar el meollo de sus asuntos. También a vosotros os encantan los chismorreos, y no me volváis a interrumpir, que sino se me olvida de que estaba hablando.

    Al principio de estar en el Centro, yo de la vergüenza ignoraba hasta el nombre. En el Instituto se dedicaba media jornada al estudio y media al trabajo, pero como yo estaba con el síndrome de abstinencia, no hacia nada. Otras había que también se buscaban cuentos para no trabajar.

    El estudio consistía en hacer reuniones para contar nuestro "amargo pasado" y en estudiar política. Primero contaron sus miserias las que habían llegado antes, y después nos tocó el turno a nosotras, las que habíamos llegado después. En mi opinión, aquellos relatos no aportaban nada nuevo, ¡era imposible que quedara alguien que no estuviera enterado de aquellos sórdidos asuntos! Y además, ¿de que amargura estábamos hablando? ¿No era peor aún estar esperando a que vinieran a llevarnos a un cuartel para convertirnos en "mujeres colectivas"? En las clases de teoría política, las responsables no se cansaban de repetirnos que los rumores que circulaban por el exterior de que iban a enviarnos al nordeste a roturar montañas eran simples bulos, que lo que quería el gobierno era reeducarnos para convertirnos en mujeres nuevas. Las chicas que habían ingresado antes predicaban con su propio ejemplo.

    Cuando menos nos lo pensábamos empezó a esparcirse un nuevo rumor: que entre las tropas que se habían retirado de Corea, había soldados heridos esperando transfusiones de sangre y que el gobierno quería darles la nuestra. Yo entonces era una ingenua, me creta a pies juntillas todas las trolas que circulaban. Al cabo de pocos días, aparecieron de verdad unos hombres que venían a sacar sangre. Yo me resistí a grito pelado y tire la botella al suelo, pero el médico logro de todos modos extraerme un tubo de sangre, bien poca en realidad. Yo pensaba: "Quizás primero analizen de que grupo sanguíneo soy". Yo no sabía que la sangre de los sifilíticos estuviera infectada, pero estaba enterada de lo de los grupos sanguíneos. Había visto una película en la que pasaban cosas con unos análisis de sangre.

    Después de un largo rato, el medico y la celadora regresaron juntos. El médico me dijo: "Has contraído la sífilis, hoy mismo ingresarás en un hospital para que te curen la enfermedad". ¡Qué ciega había sido! ¡Al final lo que me había dicho una chica que había ingresado antes era cierto y el partido comunista había venido verdaderamente a salvarme!

    Me tomé la cabeza entre las manos y llore hasta que no me quedaron lágrimas. Después ingresé en la enfermería del Centro. Antes de ponerme en tratamiento pesaba 32 kilos, ahora peso 55 y ya ves que no estoy muy gorda que digamos. Pero es que en aquella época me había quedado en la piel y los huesos.

    En cuanto mejoré, avancé muy rápidamente por el buen camino. En el Centro se ocupaban de nuestra formación cultural y fue allí donde me quité mi analfabetismo de encima. Ahora puedo leer el periódico y aunque es una lastima que haya algunos ideogramas que no conozca, consigo hacerme una idea del contenido general. Al mismo tiempo, empecé a trabajar, aprendí el oficio de tejer calcetines a máquina.

    A decir verdad, tal como fueron las cosas, es evidente que a mi me fue fácil rehabilitarme porque era de muy baja extracción. En cuanto se me cayó la venda de los ojos fui capaz de valorar claramente tanto las acciones como las personas. Mucho mas difícil les resulto a las que habían sido cortesanas y que iban diciendo que ellas "vendían sonrisas pero no vendían su cuerpo". Claro esta que esto era falso, no le pegaban el cuento ni al mismísimo demonio. Tenían la cabeza llena de puterias, eran unas viciosas. Un día una de esas rameras le dijo a una guardiana: "¿has entrado nunca por la puerta de los cien placeres? ¿Has comido nunca en un banquete?". La guardiana se limito a contestar: "Se te deberla caer la cara de vergüenza en lugar de darte tanto pisto". La otra no quiso bajar del burro y empezó a insultar y hacer destrozos. Al final incluso esta se reeducó y hoy en día tiene trabajo y vive bien. Intentó plantarle cara al gobierno popular, pero no se salió con la suya.

    En el Centro había cosas que me sacaban de quicio. Las guardianas del centro nos trataban como si fuésemos una familia, pero entre nosotras siempre andábamos buscando camorra. Aquellas putas de alto copete nos humillaban, consideraban que ellas eran muy pulcras y nosotras, en cambio, unas guarras, puro barro. Algunas no nos dejaban ni acercarnos a sus camas. O sea que les espete: ¿Relimpias, vosotras? ¡Y una mierda! ¡Con la de jefazos que os habéis llegado a tirar!". En el Centro nos propusieron hacer un concurso para saber quien sería capaz de sacudirse primero el fango de la vieja sociedad y emprender un nuevo camino, no me acuerdo como iba exactamente la frase, pero sonaba muy bien.

    ¿Habéis visto la pelicula arriba, hermanas? Vaya, tiene gracia, hace veinte años que no la reponen. Hablaba de nosotras, era muy fiel a la realidad.

    Cuando cobré mi primer sueldo en el Centro me entró de nuevo la llorera: ¡era el primer dinero limpio que ganaba en mi vida! El año 1956 me marche de allí. Para poder salir había que cumplir tres condiciones: primera, tener un comportamiento político correcto; segunda, tener la sífilis curada; tercera, tener un oficio que permitiera la reinserción social.

    La oficina de empleo me buscó trabajo en una fabrica de trajes, con lo que todo lo que había aprendido para poder manipular máquinas de tejer calcetines no me sirvió de nada. Pero pude reincorporarme a la sociedad y ganarme la vida con mi propio esfuerzo, y todo gracias al Centro de Reeducación. Si el gobierno no me hubiera curado de cuerpo y alma, es difícil saber si habría vivido hasta el día en que ingrese en la fábrica.

    Verdaderamente, los que escribís artículos tenéis una mentalidad muy minuciosa, hacéis las preguntas más raras imaginables. Claro esta que he rellenado cuestionarios con mi curriculum vitae. La primera vez, el apartado de "Oficio y ocupación anteriores a la revolución" me produjo tantos quebraderos de cabeza que fui a consultar a mi jefe. El director de la fabrica me dijo: "Yo creo que se podría poner que tenías una 'profesión irregular', ¡y ya esta!". Se me quitó un gran peso de encima: poner que había sido una prostituta era rebajarme demasiado; poner que no tenía profesión era engañar a la gente. Vaya, que a nadie le gusta perder la cara! Durante la Gran Revolución Cultural, no me puse el brazalete rojo ni un solo día, ni mucho menos me metí en un grupo revolucionario. ¿En que me basaba para actuar así? Pues en que no podía atacar a aquel director tan bueno! ¡La gente debería tener corazón!

    El apartado de "Clase social a la que pertenece" lo rellenaba poniendo "subproletariado", hasta que, a raíz del movimiento de las "Cuatro Purificaciones" me dijeron que debía poner "pobre urbano".

    Me casé el año del Gran Salto Hacia Adelante. Mi marido conducía un triciclo. El que nos presentó le contó toda mi historia y el pidió verme antes de tomar ninguna decisión. Yo soy una persona muy franca o sea que de buenas a primeras le solté: "En los viejos tiempos, yo fui una 'esposa de diez mil hombres' y aunque he sido reeducada por el gobierno estoy manchada para siempre y no soy digna de ti. Si estas dispuesto a aceptarlo, adelante; si no te ves con ánimos, dejémoslo correr." El me contesto: "Lo pasado, pasado esta; si el presente es bueno, ya vale". Y yo respondí: "Yo ahora soy una obrera modélica". En menos de lo que se tarda en contarlo, el asunto quedó arreglado. Cuando estábamos a punto de casarnos le pregunte: "¿No te quieres echar atrás?". El respondió: "A mi edad, ya no puedo pretender encontrar a alguien que no tenga algún defecto. Lo que quiero es que me des un hijo, porque no podemos quedarnos sin descendencia". Le indique que esto no podía garantizárselo, porque había tenido dos abortos. El le dio vueltas a la cosa y dijo: "Nos casaremos igual porque nos hemos tomado afecto. Los dos somos unos desgraciados". En fin, ya ves, así eran sus ideas. Las mías, después del paso por el Centro de Reeducación eran bastante mas avanzadas.

    El matrimonio nos fue muy bien: el era un buen hombre, honrado a más no poder y tierno con todo el mundo. Murió el ano pasado, cuando a mi hija le faltaba un mes para graduarse en la universidad, no llegó a tiempo de verlo... Una vez le pregunte: "¿tan limpia era tu vida en los viejos tiempos?". Enrojeció hasta la raíz de los cabellos y me contestó: "Ninguna mujer hubiese querido a un conductor de triciclo por marido. En cuanto tenía un poco de dinero iba a gastármelo a cualquier rincón de mala muerte". A partir de aquel día jamas sacamos a relucir de nuevo aquellos viejos asuntos, mirar hacia atrás es insoportable. Vete a saber si ya nos conocíamos de antes! Y aunque así fuera, como iba a reconocerlo, ¡si la nueva sociedad ha transformado los demonios en hombres!

    No pude darle un hijo. En 1949, el embarazo me provocó una reacción muy peligrosa y estuve tres meses ingresada en el hospital. El parto de mi hija fue difícil y, después de hacerme la cesárea, descubrieron que tenía un tumor en la matriz, o sea que me operaron y no pude volver a tener hijos.

    En el trabajo, casi nadie me hizo ningún tipo de presión, la mayoría de mis colegas me trataron muy bien y se portaron conmigo como hermanas. De vez en cuando me veo con mis excompañeras del Centro: unas son obreras, otras dependientes, enfermeras o campesinas. El Centro se cerro en 1958, después de redimir a varios miles de personas.

    Mi hija no se enteró de esta vieja historia hasta que ya estuvo en la escuela secundaria. Un día en que ella y una vecina andaban a la greña, la otra la insultó diciendo: "Tu madre es
    una ...", y la niña volvió a casa anegada en llanto. Se lo explique: "Mamá fue pisoteada por la vieja sociedad, pero la nueva sociedad la salvó del infierno. He colaborado con mis fuerzas en la construcción de la nueva China. Soy mejor que ella que se ha pasado toda la vida trajinando verduras al mercado y que no sabe hacer nada de nada". Después fui a clavarle una gran bronca a aquella mujer: ¡yo no tenía ningún peso en la conciencia, pero ella sí!

    Durante la Gran Revolución Cultural estuve en el hospital y cuando menos lo pensaba vi en una habitación, fregando el suelo, al médico que me había curado, el ¡que era un especialista en enfermedades de la piel! Se me cayeron las lágrimas de pura tristeza y él, pensándose que tenía una grave enfermedad, alargó los brazos para sostenerme y me preguntó que sección buscaba. Mi nombre no le dijo nada hasta que le recordé el Centro de Reeducación. Entonces meneó silenciosamente la cabeza y se fue. ¡En aquellos años a todos los hombres buenos les tenían verdadera tirria!

    Cuantas cosas que me habéis preguntado! Las he contestado porque pienso que son cosas que interesan a todos. La Nueva China me salvó y ahora soy igual que los demás. De entre las antiguas prostitutas, las mejores ingresaron en el Partido y a algunas las ponen de ejemplo. Pero también las hay que están peor que yo, con sueldos mas bajos, casas mas pequeñas, sin hija, sin haberse casado y sufriendo todo tipo de escaseces. Pero si estamos aquí es gracias al gobierno popular. ¡Y fíjate que tanto en el trabajo como en la vida yo estoy entre las capas altas de la clase media!

    [ZHANG,Xinxin & SANG Ye (1989), El hombre de Pekin , Sabadell, Ausa, pàg. 13-25]