Una guardia roja de la primera
promoción.
A mí los lectores ni falta
que me hacen y no veo por que habrían de saber mi nombre.
Pienso hablar a mi aire o sea
que dejaros de presentaciones y de preguntas que ya me lo montare yo sola.
Ya se que queréis escribir sobre una antigua guardia roja, pero si
os pensáis que voy a hacer una confesión llorando a cántaros
ya os lo podéis quitar de la cabeza. He leído unos cuantos capítulos
de El Hombre de Pekín que me he encontrado ojeando revistas. Me interesó
mucho la historia de Li Xiaokang en Diploma, pero aquello de que ella y sus
condiscípulos se echaran a llorar a moco tendido en el aula de exámenes
me pareció lo menos natural del mundo. ¿Acaso no era examinarse
lo que ella necesitaba encima resulta que va y aprueba? Entonces, ¿a
que viene tanto llanto? Me parece que yo lo estoy haciendo bastante mejor
que ella.
Lo que hemos de hacer ahora para
repudiar la Gran Revolución Cultural no es maldecirla y vilipendiarla
con nombres altisonantes. Lo que de verdad necesitamos, especialmente aquellos
que como yo estuvieron metidos en ella hasta el cuello. es analizarla y criticarla
fríamente.
Los Guardias Rojos se constituyeron
entre junio de 1966 !' enero de 1967. Cuando en agosto de 1966 el presidente
Mao se puso el brazalete de guardia rojo que le tendía Song Binbin
y le cambió el nombre por el de Song La Luchadora, reconoció
con ello a los Guardias Rojos, no sólo a este tipo concreto de grupo
de rebelión de masas, sino incluso el nombre mismo de guardias rojos.
Antes los había ya que se llamaban así, pero también
había "Los descendientes de los rojos", "E1 ejercito escarlata", "Los
guardias rebeldes". En cuanto el presidente Mao se puso el brazalete se fueron
cambiando el nombre unos tras otros. Desde hago el movimiento de los Guardias
Rojos es anterior a aquel 18 de agosto. A mi modo de ver, aquellos "Grupos
de estudio de Las obras del presidente Mao" que saltaron a la calle desde
las aulas y los dormitorios eran ya el embrión de los Guardias Rojos
y tenían todas sus características. Fue antes del 18 de agosto
cuando el presidente Mao contestó a una carta que le habíamos
enviado los "Guardias Rojos de la escuela secundaria de Qinghua" diciendo:
"Tenéis toda mi confianza. Rebelarse contra los reaccionarios es correcto".
No tengo ni idea de que se hizo de la tal Song Binbin, pero tengo la seguridad
de que en cuanto vea todo esto escrito en El Hombre de Pekín hará
lo posible por ponerse en contacto con vosotros. Como el presidente Mao la
Ilamó "luchadora", con ese nombre se quedó. Pero en cambio si
sé qué fue del guardia rojo que le puso el brazalete a Liu Shaoqi:
ahora es profesor de la Universidad de París y ha publicado un montón
de libros; de lo único de lo que no quiere hablar es de sus experiencias
durante la Gran Revolución Cultural. Cuando Liu Shaoqi empezó
a caer en desgracia, antes de que fuera destituido p«e cuando ya habían
empezado a arrinconarlo, a este chico le cayeron encima todo tipo de ataques.
Después se convirtió en un especialista de literatura de Taiwan.
Es como en las novelas.
Igual que había pasado
en las revoluciones chinas anteriores, los jóvenes instruidos fueron
la vanguardia de la Gran Revolu-ción Cultural. A1 principio los Guardias
Rojos fueron los grupos que se formaron en la escuela secundaria y en la Universidad.
Lo triste del asunto fue que esta revolución no tuvo nada que ver con
las anteriores: apenas se habían constituido los Guardias Rojos y cuando
estaban todavía en una fase formativa, su misión se dio ya por
terminada. Mirándolo ahora, me doy cuenta que la fase más brillante
del movimiento fue la anterior a enero del 1967. En aquel momento, la realidad
nos tenía sin cuidado, estabamos completamente imbuidos por nuestra
misión de transformar la sociedad y no teníamos más idea
que esta en la cabeza. En enero de 1967 tomamos el poder en Shanghai y fundamos
"la Comuna de Shanghai", ejerciendo el poder en nombre del partido; poco después,
las tomas de poder se sucedieron por todo el país y se implantaron
por doquier "Poderes revolucionarios" y "Comités provisionales", hasta
que todos pasaron a llamarse "Comités revolucionarios". Mientras tanto,
en los grupos de Guardias Rojos habían proliferado todo tipo de matices
y tendencias, y ya entonces su misión estaba muerta y enterrada. Los
grupos se dividieron no sólo porque unos querían apoyar a este
y otros querían derrocar a aquel, sino porque todos y cada uno soñaban
con un ideal distinto. Todos proclamaban a voz en grito su apoyo al Comité
central del partido y al Comité central de la revolución cultural,
pero en el fondo de su corazón no paraban de tramar artimañas
y así fue cómo se llegó a la lucha armada.
En Pekín, las batallas
empezaron tarde, no llegaron hasta finales del 1967, pero en los demás
sitios hacía ya tiempo que se había desencadenado el caos. Aquellos
"jóvenes guerreros' cuya misión histórica estaba ya terminada,
se pasaron poco más de un año matándose unos a otros
en el escenario de la historia. Con ello lo único que ganamos fue el
colapso total. El 27 de julio de 1968 el "Grupo de obreros y soldados para
propagar el pensamiento de Mao Zedong" entraron en los edificios y acamparon
en la Universidad de Qinghua, para intentar poner fin a las batallas campales
que allí se daban. Aunque hubo muchos que se resistieron y hasta el
28 de julio no con siguieron entrar, el 27 de julio se convirtió en
el "Día de la ocupación del campus" y así fue como se
celebró durante largos años.
Los grupos de Guardias Rojos
se fueron integrando uno a uno dentro de las juventudes comunistas y bajo
esta nueva forma se mantuvieron en la escuela secundaria hasta la caída
de la camarilla reaccionaria de Jiang Qing . Pero ya a partir de 1966 los
Guardias Rojos no eran ni sombra de lo que habían sido, a decir verdad
eran más que nada un elemento decorativo. Y con eso termino la historia
del nacimiento, apogeo y decadencia de los Guardias Rojos de la Escuela secundaria
anexa de la Universidad de Qinghua.
El año pasado hicieron
una fiesta en esta escuela y me di una vuelta por allí. A primera vista
no quedaba ni rastro de los Guardias Rojos, pero los de la vieja guardia reconocimos
pronto un sinfín de señales. No quiero decir con eso que todo
aquello nos avivara la memoria y que nos acordáramos de que en esta
aula fulano había convocado una gran reunión y en aquella otra
mengano se había suicidado, sino simplemente que nosotros, y sólo
nosotros, somos capaces de identificar las marcas de todas aquellas luchas.
Los demás, los de la generación anterior y los de la posterior,
son incapaces de distinguir entre los destrozos ocasionados por el paso del
tiempo y los producidos por la Gran Revolución Cultural.
Yo me distancie de todo aquello
en plena batalla. Primero bebía los vientos por aquel Pequeño
Libro Rojo, que inspiraba todos mis actos y era mi instrumento crítico
por excelencia. Luego hubo que añadirle las consignas de Jiang Qing
"Convencer con las palabras y defenderse con las armas", "Golpea antes de
que te golpeen a tí". Cuanto más vanguardistas eran los Guardias
Rojos, más chocaba todo aquello con mis propias convicciones y mayor
era mi confusión. Me sume a la Gran Revolución Cultural no sólo
por seguir las consignas de arriba, sino porque aquello estaba completamente
de acuerdo con mis ideas. Pero tal como iban las cosas, yo no era capaz de
enten-der ni tan solo lo que veían mis propios ojos, todo aquello superaba
con mucho mis propios ideales. Os aseguro que si vosotros os hubierais encontrado
en medio del fregado también os hubierais quedado completamente desconcertados.
A la larga, todo me acabo pareciendo natural y empece a despreocuparme cada
vez más. Y para complicar más las cosas, me puse a ligar. En
el capítulo "Diploma", esa chica Li Xiaokang dice que nosotros éramos
incapaces de apartarnos de la educación tradicional y que por nada
del mundo hubiéramos jugado con el sexo antes del matrimonio. En eso
si que no estoy de acuerdo. Yo por descontado que tuve relaciones sexuales
y no precisamente con uno sólo. Reconocer esto ahora no tiene el menor
mérito. Cuando se ha tenido el valor de enfrentarse con el hecho de
haber sido una Guardia Roja leal y convencida, todo lo demás es agua
de borrajas.
La Gran Revolución cultural
estalló cuando yo tenía l5 años. Empezó con una
discusión académica entorno al artículo de Yao Wenyuan:
"La destitución de Hai Rui", publicado primero por la prensa de Shanghai
y reeditado después por la de Pekín. A1 principio no acabábamos
de entender de que iba todo aquello, todo el mundo dio por sentado que se
trataba de una discusión sobre funcionarios honestos y corruptos. Yo
no estaba de acuerdo con aquel artículo, me parecía que criticar
a un funcionario honrado equivalía a magnificar a los funcionarios
corruptos. En el fondo, sea cual sea el sistema, siempre valdrá más
un funcionario honesto que uno corrupto, puesto que aparte de las consecuencias
sociales de sus actos su propio comportamiento también pesa, ¿a
ver si no? Pero los que apoyaban el artículo de Yao Wenyuan contraargumentaban
que un funcionario honrado tenía muchas más probabilidades de
engañar a todo el mundo. En mayo aplazamos toda esa discusión
porque cuando empezaron los exámenes de admisión a la escuela
secundaria superior no teníamos la cabeza para nada mas. Pero no tarde
en darme cuenta de que el punto clave de todo el asunto estaba precisamente
en lo de "destituir a funcionarios". En cualquier caso, mucho antes de terminar
las clases estalló todo.
Ya antes de que el Diario del
Pueblo de Pekín publicara la "Destitución de Hai Rui" me habían
llegado rumores de lo que estaba pasando. Así supe que no sólo
se trataba del problema de la destitución de Peng Dehuai, sino que
había cosas mucho más graves en juego. Yo creo que la difusión
de la Gran Revolución Cultural se hizo a través de dos canales
distintos: uno era el de las discusiones académicas y el otro el de
los rumores, que la información que nos llegaba a través de
los hijos de los dirigentes no era ninguna bagatela. Si quisiéramos
hacer una estadística sobre la clase de personas que formaron la vieja
guardia nos encontraríamos con que aunque al principio los arribistas
fueron una minoría, al final pasó lo de siempre y acabaron colocándose
en primera fila.
Ya sé que lo que estoy
diciendo es una sarta de vaguedades, pero me siento incapaz de hacer un juicio
matizado de la Revolución Cultural. Aquello fue un disparate de los
pies a la cabeza y no cabe empezar a precisar lo que estuvo bien y lo que
estuvo mal, aquí no hay porcentajes que valgan. La Revolución
Cultural se inició a raíz de las contradicciones internas del
Comité Central y fue el resultado directo de que, como siempre, había
"partidos fuera del partido y corrientes internas dentro de este". A1 final
la dirección del movimiento se les escapó, pero ¿que
pasó al principio? La verdad es que sirvió exactamente para
lo que estaba pensada, es decir, para cargarse a unos cuantos. Además,
los de abajo no eran como ahora en que todo el mundo quiere vivir en paz,
los había con muchas ganas de armar jaleo y de aprovecharlo para hacer
todo aquello que no podían hacer en época normal, por lo menos
había unos cuantos que llevaban esta intención. Por ejemplo,
las denuncias contra los cuadros inferiores no obedecían sólo
al fervor revolucionario sino que se debían en gran parte al resentimiento
acumulado durante largos años. Cuando el presidente Mao dijo que se
había pasado años pensando en todo esto y que al final había
llegado a la conclusión que la única solución era la
Gran Revolución Cultural, tenia toda la razón del mundo. E1
presidente Mao temía "la restauración del capitalismo", temía
que "al pueblo se le viniera la desgracia encima por segunda vez", temía
que "la mala gente se apropiara de los puestos dirigentes a todos los niveles":
sus intenciones eran buenas pero el resultado fue un disparate. Cuando más
adelante intentó frenarlo ya era demasiado tarde, los arribistas tenían
ya la situación completamente controlada. Lin Biao le aduló
para que le hiciera vice-presidente y Jiang Qing le puso entre la espada y
la pared pregonando que había que hacer la revolución a fondo.
Así es como lo veo yo.
Cuando en el colegio la maestra
me preguntaba que querría ser cuando fuera mayor, no dudaba un momento
en contestar. Ahora, cuando me lo preguntan, no contesto nada de nada. No
tengo ganas de ser esto o lo otro, lo único que quiero es ser yo misma.
A nuestra generación nos enseñaron durante largos años
que había que tener "amor infinito, fe infinita, adoración infinita...";
vaya, había otro "infinito" pero ahora se me ha ido de la memoria,
¡ah, sí!, "lealtad infinita". O sea que, rebosantes de santa
indignación, allá nos lanzamos. Desde nuestra posición
de izquierdas todo nos parecía de derechas y en cuanto se formaron
los Guardias Rojos yo me enrolé y participe en las palizas a los terratenientes,
a los derechistas y en los allanamientos de morada, con la convicción
de que esta era la única forma de ser revolucionaria. Desde luego que
la Revolución no consistía en "invitar a unos amigos a merendar",
pero, ¿en qué consistía en realidad? En azotar a los
indeseables a golpes de cinturón. Después nos lanzamos a la
calle, destrozamos los rótulos, las señales luminosas, todo
lo que nos parecía contrario al sistema socialista y las sustituimos
por eslógans y citas del presidente Mao, hasta quedar sumergidos en
un océano rojo. Tanto física como mentalmente todo aquello era
mucho más cansado que ir a la escuela.
Nos pasábamos todo el
tiempo discutiendo la cuestión de las clases sociales. En nuestra opinión,
dejando aparte la "nueva burguesía", las clases sociales en el socialismo
venían determinadas por la "marca de clase", y así fue como
establecimos "cinco categorías rojas" y "cinco categorías negras"
que luego se ampliaron a las "siete categorías negras". También
había la "periferia roja", que englobaba a los pobres de las ciudades
que habían nacido en ambientes pequeño-burgueses. La razón
de esto era muy sencilla: para clasificar las profesiones según el
socialismo no bastaba con decir que los que trabajaban con sus manos eran
proletarios y los que lo hacían con el cerebro eran burgueses, además
había que tener en cuenta también los orígenes familiares
de los trabajadores. Criticábamos abiertamente el punto de vista de
Tan Lifu según el cual "los que se comportan heroicamente, tanto si
son jóvenes como si son viejos, son hombres honrados; los contrarrevolucionarios,
tanto si son jóvenes como si son viejos, son unos estúpidos",
porque nos parecía que todo aquello era metafísica pura, demasiado
rígida. Más adelante, cuando mi familia también fue atacada
y yo deje de ser una "revolucionaria" para convertirme en una "joven que debía
ser reeducada", resucite de nuevo mis propios valores y volví a creer
en el viejo principio de "no hagas a los demás lo que no quieras que
te hagan a ti". Entonces me di cuenta de hasta que punto debían habernos
odiado las "siete categorías negras". Eso de "joven que debía
ser reeducada" eran palabras del presidente Mao, y la idea era que incluso
aquellos que tenían unos malos orígenes familiares pudieran
convertirse en buena gente a través de la reeducación.
Otro tema que discutíamos
era la cuestión del "maoismo". En nuestra opinión las ideas
de Mao Zedong constituían un sistema completo de pensamiento y la unica
explicación de que le hubieran añadido un "ismo" era que el
cuartel general de la burguesía se había aprovechado de la gran
modestia del presidente Mao para colarle la coletilla. Eso es lo que afirmábamos
contra viento y marea, pero lo cierto es que nos pasábamos el día
con el "maoismo" en la boca. más adelante, Jiang Qing dijo que el presidente
Mao no estaba de acuerdo con esto y pasamos de ser "Guardias Rojos del pensamiento
Mao Zedong" a ser "Guardias Rojos maoístas", y así pusimos punto
final a esta cuestión. En aquella época teníamos una
confianza ciega en Jiang Qing.
El tercer tema que discutíamos
era el del itinerario que debían seguir las manifestaciones en la plaza
de TianAnmen. Parecía evidente que debían ir de oeste a este,
ir en el sentido contrario implicaría avanzar desde el luminoso oriente
hacia el tenebroso occidente. Los que estaban en contra argumentaban que si
se hacia así, cuando las tropas desfilaran por Tiananmen las bocas
de los fusiles apuntarían al torreón principal y que eso sería
contrarrevolucionario. También había el problema de si había
que decir "instituir lo público y destruir lo privado", o bien "destruir
lo privado e instituir lo público". Los había que argumentaban
que primero había que destruir para poder luego instituir, y que eso
era lo que nos había enseñado el Gran Maestro; otros opinaban
que la palabra "público" debía ir delante y recalcaban que el
orden era muy importante.
O sea que así iban las
cosas: aparte de destruir a troche y moche, de escribir dazibaos por doquier
y llenarlo todo de enormes consignas, en esas discusiones era en lo que pasábamos
la mayor parte del tiempo. ¡Menudo latazo! No creo que fuese este el
propósito inicial de la Gran Revolución Cultural.
Nos encargaron la misión
de "establecer contactos revolucionarios" y a los jóvenes de Pekín
nos mandaron fuera para prender el fuego revolucionario a los cuatro vientos.
En cuanto llegaron a Pekín los Guardias Rojos de fuera empezó
la juerga. También ellos venían a divertirse, no tenían
que pagar ni el tren, ni la comida ni el alojamiento. Andábamos todo
el día de paseo por ahí, pasándonoslo divinamente. La
primera vez que me fui a "establecer contactos" el corazón me ardía
de puro entusiasmo revolucionario. Estuve en Shanghai y en Hangzhou animando
a los demás a rebelarse contra la línea reaccionaria de la burguesía,
contándoles que la Gran Revolución Cultural no sólo la
hacíamos para derrocar a Liu Shaoqi y a Deng Xiaoping sino también
para eliminar a los partidarios del capitalismo a todos los niveles del gobierno.
Cuando regresamos a Pekín nos encontramos conque allí estaban
también los Guardias Rojos de fuera y que todos estaban esperando que
el presidente Mao les concediera audiencia para ver cómo era Mao en
persona. Nada más llegar nos peleamos con unos Guardias Rojos del Nordeste
porque decían que iban a tener una audiencia con el presidente Mao
en lugar de decir que el presidente Mao les iba a conceder una audiencia.
Nos peleamos un día entero, les tiramos de los pelos y así fue
cómo nos enteramos que pensaban "rendir homenaje al presidente Mao",
y por ahí si que no pasamos, ¡eso era terminología feudal!
Fue la primera vez que participé en una lucha de Guardias Rojos contra
Guardias Rojos.
Después de esto, organizamos
cuerpos de vigilancia, eran como una especie de policía militar de
los Guardias Rojos. Pero de poco sirvieron porque los Guardias Rojos no tenían
una organización unificada. Esos cuerpos de vigilancia eran terribles,
mataron a palos a un sinfín de personas, la verdad es que si no lo
hubieran hecho no hubieran tenido ningún poder ni ninguna autoridad.
Poco después los detuvo la policía por orden de Jiang Qing.
Al cabo de unos meses se les puso en libertad bajo el apelativo de "pequeños
soldados que habían cometido errores", y también eso se hizo
por orden de Jiang Qing. Ya entonces los conflictos entre Guardias Rojos eran
de una violencia extrema y el sinfín de facciones se había agrupado
en dos grandes bandos.
Poco después de la bronca
con los Guardias Rojos del Nordeste me fui de nuevo a establecer contactos
revolucionarios, con la intención de divertirme tanto como antes. Estuve
en Guangxi, Guangdong, Zhejiang, Fujian y Hunan. Y fue allí donde por
primera vez me sentí confusa y empecé a perder la ilusión.
En Hunan vi a una madre pidiendo limosna con una niña de siete u ocho
años. La pequeña cantaba por dinero, con el Libro Rojo firmemente
apretado contra su pecho, una canción que decía: " E1 libro
del presidente Mao es el libro mejor del mundo, lo he leído mil, diez
mil veces, y nunca me cansare de leerlo..." También cantaba: "¡Sol
dorado que te levantas por el este, que nos iluminas a todos y llevas la felicidad
eterna a todos los pueblos!". Os aseguro que esto no me lo invento: cuando
se escribe sobre aquellos trágicos y extraños asuntos de la
Gran Revolución Cultural, ni falta que hace inventarse nada...
Nunca me hubiera atrevido a poner
en cuestión la Gran Revolución Cultural, ni tan sólo
se me hubiera ocurrido, pero empecé a tener mis dudas sobre las luchas
entre facciones. Mientras andaba por esos mundos estableciendo contactos revolucionarios
me encontré por todas partes con los destrozos causados por los Guardias
Rojos. En verano de 1967, cuando Jiang Qing convocó a "convencer con
las palabras y defenderse con las armas", las luchas estallaron con toda virulencia.
A1 principio pensaba volver a Pekín para divertirme, pero en cuanto
supe que habían empezado los combates callejeros en Changchun y que
a Chengyang no se podía ir ya ni en avión, no fui.
Las luchas estallaban con cualquier
motivo, eran luchas para sobrevivir, para conservar el territorio, a decir
verdad era una guerra de religión en la que cada cual combatía
por su credo. El segundo gran golpe lo recibí cuando volví a
mi casa de Pekín y mi padre, con el que mantenía claramente
las distancias, me dijo que no fuera más a la escuela. Nos peleamos
pero yo no di mi brazo a torcer. Al día siguiente me dejó una
nota en la habitación que decía: "Cariño, el maestro
Huineng y Shenxiu se pelearon para saber quién era el depositario del
legado filosófico". Me quede de piedra. Esta era una historia que me
habían contado de niña y gracias a ella se me abrieron los ojos
y vi lo que hasta entonces había sido incapaz de ver. Tanto luchar
arriba y abajo tenía como única finalidad el establecer quienes
eran los verdaderos discípulos. Y eso era lo que tanto me había
costado entender.
La Gran Revolución Cultural
interfirió en las relaciones personales, incluso en las de padres e
hijos, nada parecía normal. Mire a mi alrededor mi casa saqueada y
me di cuenta de que todo aquello no tenía el menor sentido. Era joven
y en cuanto decidí cambiar cambié sin más. Anduve por
ahí unos cuantos meses hasta que llegó la consigna de volver
a clase para consolidar la revolución. Regrese a la escuela. Pero allí
los combates continuaban o sea que me volví a casa y dediqué
la mayor parte de mi tiempo a divertirme y a ligar.
En 1968 hicieron un llamamiento
para que nos fuéramos al campo, aunque de hecho era completamente obligatorio.
Algunos de mis condiscípulos intentaban sinceramente "integrarse" y
"dedicar la vida a la Revolución", pero yo ya me había enfriado.
Había llegado a la conclusión de que eso del marxismo tenía
muchos caminos a la vez y que había que vigilar por cual de ellos se
andaba. Me pase 8 años en el campo, en Tingchuan, y no volví
a Pekín hasta 1976, en que entré en una fábrica. Hubo
quienes se entregaron de verdad a su trabajo, pero no fue ese mi caso: cada
dos por tres corría a pasar seis meses o un año a Pekín.
Eso se debía tanto al caos de la Gran Revolución Cultural como
a los líos de mi vida privada: mi primer novio no había ido
al campo. En 1968 se hizo soldado, se marchó, y así termino
todo entre nosotros. Después de él hubo otros muchos, pero con
todos acabé mal. En l977 me casé y ahora tengo una hija. Vete
a saber si cuando sea mayor se meterá también en asuntos como
este, quiero decir en el caso de que haya alguno realmente importante en marcha.
Ahora soy una obrera de cuarto
grado, llevo una vida tranquila, sin grandes emociones, pero ya me está
bien así. En cuanto tengo un rato leo novelas y no tengo la menor intención
de apuntarme a una escuela nocturna o de seguir cursos por televisión;
como no tengo diploma no me promocionaran jamás y aquí se acaba
la historia. Lo único que me queda por decir es que una sólo
puede ser una misma.
A los libros que hablan de la
Gran Revolución Cultural les falta vida. Uno sólo me ha gustado:
"La historia de Amati" de Hu Xuaohu. Ni he leído nada más de
él ni le conozco, pero estoy de acuerdo con él en que hay que
usar el lenguaje de la Gran Revolución Cultural. Leyéndolo lloré
a lágrima viva y conozco a mucha gente a la que le ha pasado igual.
Los demás libros me dejan siempre la impresión de que los escritores
se han olvidado del clima de la Gran Revolución Cultural.
(ZHANG,Xinxin & SANG Ye (1989),
El hombre de Pekin , Sabadell, Ausa, pàg. 96-108)