En verano, en Nanjing, las muchachas
llevan orquídeas prendidas de la solapa o del vestido y su aroma penetrante
impregna toda la ciudad, desde las grandes avenidas hasta los más ínfimos
callejones.
En el mercadillo de Xinjiekou
hay una mujer en cuclillas frente a un paño rojo descolorido sobre
el que se alinean cinco sartas de orquídeas. A su lado, un cesto de
bambú herméticamente cerrado.
Comprádmelas, anda, que
no son caras, os las dejo a un mao el par, con lo bien que huelen son regaladas.
Lo que es hoy, con tanta lluvia
he hecho un flaco negocio. En una mañana no me he sacado más
de cuatro perras y aunque a mi también me habían salido muy
baratas, así no me salen las cuentas ni a la de tres. Yo he tenido
mala racha en la vida, penas y trabajos me ha costado salir adelante y ahora
que van un poco mejor las cosas la suerte ya no me alcanza de puro vieja que
soy.
De pequeña oía
contar cosas de la gran ciudad a las obreras que volvían al pueblo
para ver a la familia. Cuando las veía vestidas con aquellas vistosas
telas extranjeras se me arremolinaba el corazón y soñaba que
cuando fuera mayor yo también me iría a trabajar a la ciudad.
A nuestro pueblo venían muchos hombres a contratar trabajadoras para
las fábricas de hilados o de tejidos de Shanghai, Nanjing, Suzhou y
Hangzhou. Todos preferían llevarse chicas y uno de estos contratistas
le pagó a mi familia dos monedas de plata por mi y me llevó
consigo. En aquella época, ni siquiera sabía a que fábrica
me iba. En cuanto los contratistas llegaban al pueblo, plantaban sus pancartas
por doquier y mientras algunos vecinos les ayudaban a vocear sus ofertas nosotras
nos dedicábamos a comparar de casa en casa cuanto pagaban y nos íbamos
con el que más daba.
Fui a parar a una fábrica
de seda que había sido de propiedad estatal hasta dos años antes.
Mi trabajo consistía en devanar los capullos, meter las manos en el
agua hirviendo y estirar la cabeza del hilo. Quemaba con ganas, ¡no
veas lo que dolía! Cuando entre en la fábrica era tan chiquita
que me tenia que aupar en un taburete para alcanzar la tinaja del agua. A1
principio sólo me daban la comida y tarde cuatro años en recibir
paga alguna. Para cuando empece a cobrar, la fábrica ya había
pasado a manos de los japoneses, aunque sólo el director era uno de
ellos, porque tanto el capataz como el encargado seguían siendo los
mismos de antes. Vi cómo los japoneses prendían fuego a Nanjing
y asesinaban a la gente, pero no entraron en nuestra fábrica porque
salvaguardaron sus propias empresas. En aquella época yo no me aclaraba
sobre lo que estaba pasando: sabía que aquella gente estaba destrozando
el país pero al mismo tiempo nos daban trabajo, ¿no? Los trabajadores
somos unos pobres desgraciados, hemos de trabajar para el que nos coge, ¡que
remedio! Muchas veces fuimos a la huelga, "sacudíamos la faena" tal
como lo llamábamos nosotros. Claro que eso era mientras mandaba el
Guomingdang. En cuanto llegaron los japoneses nadie se atrevía a mover
un dedo porque al menor intento de huelga te ponían de patitas en la
calle y allí te quedabas con el cuenco vacío y las ganas de
comer.
Compartía una habitación
con ocho chicas más. Estábamos apretadas a más no poder
y, mira, en invierno no nos venia nada mal. Cada dos meses conseguía
ahorrar una moneda de plata de mi sueldo, y a través de alguien que
fuera al pueblo se la mandaba a mi madre, cumpliendo así con mis obligaciones
filiales. Gastaba muy poco, lo justo para comer y comprar papel absorbente,
que las mujeres tenemos gastos extras. De vez en cuando me iba a ver una ópera
y me permitía algunos caprichos por año Nuevo. En general comíamos
arroz moreno, pero después se acabó, que en cuanto la "gloriosa
guerra" del Japón empezó a ir de mal en peor allí no
quedó más que la harina patriótica, que era una mezcolanza
inmunda de las peores harinas. A todo esto, los del grupo de Wang Jingwei
formaron el Nuevo Gobierno para ayudar a los japoneses a "fundar el Orden
Nuevo" y nos pidieron que donáramos dinero para apoyar al ejército
y ayudar al pueblo a superar sus dificultades: arramblaron con un buen paquete.
Ya veis, los viejos nos acordamos perfectamente de lo que pasó cuando
éramos jóvenes y olvidamos del todo lo que pasó ayer.
Pasados los cuatro años
de aprendizaje volví una vez a mi pueblo y me presente, como aquellas
obreras que yo había visto de pequeña, cubierta de vistosas
telas y envuelta en sedas, pero por entonces ya había entendido que
aquellas muchachas relucientes solo trataban, lo mismo que yo, de deslumbrar
a los demás. No volví nunca mas, que con el poco dinero que
tenia hubiese perdido la cara.
En invierno los japoneses entraron
en Nanjing, donde Chang Kai Chek había establecido su capital. Cuando
la gran ofensiva japonesa del trece de agosto de 1937, el gobierno proclamó
que había que defender Nanjing y mandó hacia allí a 150.000
soldados. Pero poco fue lo que defendieron, porque los soldados del Guomingdang
le tenían mucho respeto a la muerte y en cuanto veían a los
japoneses tiraban los fusiles y echaban a correr... Cuando estos llegaron
y empezaron a matar gente por las calles, el director de la fábrica
enarboló la bandera japonesa y no nos dejó salir por miedo a
que nos mataran a nosotros también. Parece ser que asesinaron a 300.000
personas y que los japoneses decían: ya que vosotros decidisteis resistiros
con 150.000, nosotros nos hemos llevado por delante a 300.000. Aquel era un
mal gobierno, de no ser así aquellos demonios no se hubiesen atrevido
jamás. Los de mi pueblo se resistieron y los japoneses lo declararon
"zona no pacificada", y lo barrieron literalmente del mapa, o sea que mi pobre
familia todavía lo pasó peor que yo.
De todas maneras, por muy enconados
que estuvieran los bandos, la gente iba y venia y se podían seguir
mandando cartas y dinero. Yo seguí mandando los ahorros a mi familia
y si no encontraba quien los llevara los enviaba por correo. Pero el otro
día oí por la tele que ahora a Taiwan no se pueden ni escribir
cartas. Realmente, no hacen más que crearle dificultades al pueblo.
Mal tipo ese Chang Kai Chek, y ¡que poca prisa que se dio en morir!
Y ahora ¿quien asoma la cabeza por allí? Chang junior. Una vez,
hace más de cuarenta años, cuando Nanjing ya no era la capital
vi a ese par presidiendo un desfile. Aquellos viejos tigres, ladrones empedernidos,
sorbían los vientos de pura arrogancia.
Yo me case en el año 32
de la República (1943). Fue el año en que Wang Jingwei asesinó
a Xie Jinyuan, un famosísimo resistente antijaponés del que
ahora ya nadie se acuerda. Mi marido trabajaba de mecánico en la misma
fábrica que yo. Mandó una casamentera a mi familia, una mujer
que todavía vive y que cada vez que me encuentra me saluda efusivamente
y se pasa un buen rato charlando conmigo. Tuve que negarme porque la vez que
había ido a visitar a mis padres al pueblo me había prometido
con otro. Pero el era más atrevido que nadie y en lugar de dejarlo
correr me esperó un día a la salida del trabajo y me forzó.
0 sea que no me quedó más remedio que casarme con el. Las personas
decididas son siempre las que se llevan el mejor bocado.
Yo puse de mi parte cuanto pude,
le di tres hijos y una hija y lo que es ahora, ninguno de ellos cuida de mi,
tienen mal corazón. Después de la Liberación nuestra
vida mejoró. Yo en un año ascendí del cuarto al quinto
grado y mi marido en dos pasó del sexto al séptimo. Entre los
dos nos sacábamos ciento cincuenta yuanes al mes y cupones para cuarenta
kilos de cereales, todo nos salía a pedir de boca. Fue entonces cuando
nacieron mi tercer hijo y mi hija, en medio de una campaña por el control
de la natalidad con la que yo estaba completamente de acuerdo porque a lo
ultimo que aspiraba era a parir como una coneja y convertirme en una madre
heroica de tipo soviético. Pero él se emperró en ello
y el año del Gran Salto Hacia Adelante tuve otro hijo. De entrada este
niño tenia que ser para su hermano que aunque llevaba siete años
casado y se esforzaba tanto como podía en la cama, no engendraba hijos
ni a la de tres. Pero cuando nació el mío no lo quiso porque
su mujer se había quedado embarazada. Las cosas se me pusieron bien
difíciles aquellos días, con el mayor con diecisiete años
que acababa de entrar de aprendiz en una fábrica, el segundo con trece,
la tercera con dos y el cuarto amorrado al pecho. Y entre el segundo y la
niña tuve dos más, pero los dejé en manos de la comadrona.
Tuve que dejar de trabajar y quedarme en casa cuidando a los críos.
En cualquier caso, el hijo de su hermano no era de su propia sangre, de algún
otro debía ser porque lo que es él, era impotente.
Sea como fuera, íbamos
tirando. Mi marido traía cada mes ochenta yuanes, el mayor ya se apañaba
por su cuenta y la escuela del segundo, que ya estaba en la secundaria, sólo
nos costaba diez yuanes al año. ¿Quien podía imaginar
que se nos venía encima una enorme inundación? Los soviéticos
aprove-charon la oportunidad para reclamarnos las deudas, y lo que es malo
para el país es malo para el pueblo. Los precios se fueron por los
aires y en la fábrica de mi marido les recortaron el numero de cupones
de cereales, y como yo, desde que había dejado el trabajo, sólo
tenia derecho a dieciocho kilos, no había manera de atar los cabos.
Cuanto más pobre, más hambre pasas y más enfermedades
pescas: mi marido y mi suegra murieron los dos en 1961. Vete a saber que enfermedad
les cogió, pero para mi
que murieron de pura hambre. Algo teníamos
que hacer la viuda y los huérfanos para seguir viviendo, porque aunque
el comité de vecinos nos ayudó un poco y la fabrica hizo otro
tanto, con aquello no teníamos suficiente. En aquella época
muchas fábri-cas se pusieron a cultivar campos, roturando nuevas tierras,
criando ovejas y plantando unas hierbas que se usaban para hacer una sopa
verde. La fábrica se preocupó por mi y me lo arregló
para que pudiera ir a trabajar temporalmente al campo, allí donde había
comida. Muy amable por su parte, pero ¿que hubiese hecho yo de los
críos?
Con todo, conseguimos salir adelante.
Por aquel entonces, se estaban abriendo mercados libres, mas o menos como
los de ahora, y la gente de los pueblos que acudían a ellos no tenían
sitio para pasar la noche. Decidí abrir una fonda y cada día
salía a buscar clientes, que me pagaban con un poco del arroz que les
había sobrado sin vender e incluso a veces con un poco de dinero. Aquella
casa era la antigua casa de la familia de mi marido, y cuando se repartió
la herencia su hermano se quedó con una habitación y él
con dos. Los niños y yo ocupábamos una y los que venían
a pasar la noche la otra. E1 comité de vecinos me denunció diciendo
que yo era una perdida y el resultado fue que la policía vino a buscarme
y se me llevó para interrogarme. Y como yo me había acostado
con unos cuantos de aquellos hombres, o sea, que no tenia escapatoria. Algunos
incluso me habían pedido que me casara con ellos. Cuando la policía
me empezó a interrogar, no hubo forma de esquivar el bulto y me acusaron
de comercio ilegal y de regentar una fonda de mala fama. En total, aquel negocio
funcionó un año, porque después de la denuncia del comité
de vecinos, me lo hicieron cerrar.
A finales de 1963 el comité
de vecinos me mandó a trabajar a la fábrica de encuadernación
y allí estuve como trabajadora eventual haciendo cubiertas de piel
para los libros hasta hace tres años en que no me quedaron ni fuerzas
ni ganas de seguir trabajando.
Durante la Gran Revolución
Cultural me calificaron de perdida y en cuanto mis hijos se enteraron no quisieron
tener nada que ver conmigo. Ya ves, ¡con lo que me costaron de criar
y todo lo hice por ellos! E1 mayor es funcionario. Pasado el periodo de aprendizaje
el estado le mandó a la universidad; su hijo va a hacer este año
el examen de entrada a la facultad, ¡ese si que es listo ! También
el segundo hizo una licenciatura y ahora es funcionario en Shanghai. Antes
de casarse aprovechaba todas las vacaciones para venir a verme, pero desde
su boda no le he vuelto a ver. De nada me sirve que cada cuatro años
tenga un permiso para venir a visitar a la familia si en lugar de venir a
verme se va a hacer turismo a Suzhou y Hangzhou; hace ocho años que
no le veo. La tercera, la niña, tuvo mala suerte y esta en la provincia
de Jiangxi. El año aquel en que hubo el llamamiento para ir a trabajar
al campo, ella se apuntó corriendo, a pesar de que no había
terminado todavía la escuela secundaria y de que se iba con gente mayor
que ella. Pero los demás se espabilaron, trabajaron la tierra unos
cuantos años y en cuanto cayó Jiang Qing se volvieron hacia
acá. Ella en cambio se quedó en Jiujiang haciendo de camarera.
Tengo la impresión de que esta también quiere mantener las distancias
conmigo. El año pasado tuvo un hijo y yo le dije que se viniese para
poderla cuidar, pero ni caso. El cuarto esta estudiando en la universidad
de Nanjing y vive allí mismo. No creo que cuando termine los estudios
tenga la menor intención de cuidarse de mi. Ni falta que me hace.
¡Cómo voy a tener
yo orquídeas en casa! Se las compro a la gente de los pueblos que vienen
a la ciudad a venderlas. Cada mañana a las cuatro me planto en la puerta
de Qingliang. Ellos las venden a tres maos la docena y una vez en casa yo
las ato por parejas y las vendo a un mao cada una. Compro unas doscientas
diarias por seis yuanes y si las llego a vender todas me quedan cuatro yuanes
de beneficios de los que hay que descontar los seis
maos que pago de impuestos. Claro que en un día
malo como hoy no lo vendo todo ni mucho menos y al día siguiente han
perdido buena parte de su aroma. ¡Ni hablar de tirarlas! Desharé
los ramilletes y mañana los volveré a liar atando una flor nueva
con una vieja.
Mi hermana pequeña se
casó con el hermano pequeño de mi marido y también es
vendedora ambulante. Cada día sale de casa y después de cerrar
bien la balda se va al campo a comprar langostinos y pescadilla con aquel
andar patizambo que le dan sus pies "liberados". Nunca le pregunto cómo
le va, nos hablamos muy poco. Su marido también murió.
En cuanto a mi, cuando no encuentro
orquídeas vendo jazmín y, si no, flores de casia, y en invierno
preparo salsa de tomate. Cuando menos, así es cómo me lo monte
el año pasado.
Con esa lluvia que no quiere
parar, en la calle no queda nadie. Ya podríais comprarme algunas, ya,
con la de horas que os habéis tirado hablando conmigo.
(ZHANG,Xinxin & SANG Ye (1989),
El hombre de Pekin , Sabadell, Ausa, pàg. 30-37)