LU Xun. La medicina
Abril de 1919.
1
La noche otoñal estaba ya muy avanzada. La luna se había metido y el sol tardaría en salir; sólo quedaba el gran lienzo azul oscuro del cielo. Excepto los seres que vagan por la noche, todo lo demás dormía. Viejo Shuan se incorporó de repente en la cama, frotó una cerilla y encendió una sucia lámpara de aceite. Las dos piezas de la casa de t¿ se inundaron de una luz blanquecina.
-¿Te vas ya, padre de Pequeño Shuan? -Era la voz de una mujer anciana. En el cuartito interior se oyó una tos.
-¡Hum! -respondió Viejo Shuan, mientras escuchaba y se abrochaba la ropa. Tendió la mano y dijo: -Dame.
Madre Jua tanteó y tanteó debajo de la almohada; al final sacó una bolsa con monedas de plata que entregó a Viejo Shuan. Este la recogió e introdujo en su bolsillo con mano temblorosa.; luego la palpó dos veces desde fuera. Encendió un farol portátil y, después de apagar la lámpara, entró en el cuarto interior. En él se oía un sordo rumor; luego, un golpe de tos. Viejo Shuan esperó a que pasara la tos y dijo en voz baja:
-Pequeño Shuan... no tienes que levantarte... ¿ La tienda? Tu madre se encargará.
Al observar que su hijo callaba, Viejo Shuan supuso que se había quedado tranquilamente dormido. Salió y caminó hasta la calle. Esta, en completa oscuridad, estaba desierta. Sólo se distinguía la línea gris del camino. La luz del farol iluminaba sus dos pies alternándose en el caminar. De vez en cuando se cruzaba con algún perro que otro, pero ni uno sólo ladró. La temperatura era muy inferior a la del cuarto, pero Viejo Shuan la encontraba agradable, como si en un momento hubiera rejuvenecido, como si hubiera adquirido el don divino de conceder la vida a los hombres; caminaba a pasos largos y seguros. El camino se distinguía cada vez mejor y cada vez era también mayor la claridad del cielo.
Viejo Shuan caminaba absorto en sus pensamientos. De pronto tuvo un sobresalto: había visto a lo lejos la calle transversal en la que desembocaba el camino y que lo cortaba claramente como una barrera. Retrocedió algunos pasos hasta encontrar una tienda, con las puertas cerradas, en cuyo soportal se situó de pie junto a la puerta. Al cabo de un momento empezó a sentir frío.
-¡Eh! ¡Un viejo!
-¡Seguro que hasta va a disfrutar...!
Viejo Shuan tuvo un nuevo sobresalto. Al abrir bien los ojos vio pasar ante él a varias personas. Una de ellas incluso volvió la cabeza y le miró. Su aspecto no se distinguía bien, pero se asemejaba enormemente al del hambriento que ve comida: en sus ojos brillaba un fulgor de rapiña. Viejo Shuan miró su farol; se había apagado. Se palpó el bolsillo; allí seguía aquella cosa dura. Levantó la cabeza y miró a ambos lados. Vio entonces mucha gente extraña que daba vueltas por la calle en pequeños grupos, como almas en pena; volvió a mirar con mayor atención pero no llegó a ver ninguna otra cosa extraordinaria.
Al poco tiempo vio aparecer varios soldados. Desde lejos se divisaba el gran círculo blanco que llevaban en la parte anterior y posterior de su uniforme, cuyo ribeteado granate se hizo visible al pasar por delante de Viejo Shuan. Los pequeños grupos de personas se fundieron de repente en un solo montón, que avanzó veloz, como un desbordamiento. Poco antes del cruce en T se detuvieron en seco y se distribuyeron en semicírculo.
Viejo Shuan miraba en aquella dirección, pero sólo conseguía ver un muro de espaldas; todos estiraban el cuello, parecían un montón de patos a los que una mano invisible hubiera agarrado por la cabeza y tirara hacia arriba. Hubo un momento de silencio, luego parecio oirse un ligero sonido y todos empezaron a agitarse de nuevo. Finalmente, la gente retrocedió en medio de un gran alboroto. Se dispersaron y al llegar al lugar donde se encontraba Viejo Shuan, el gentío estuvo a punto de derribarle.
-¡Eh! ¡El dinero a cambio de la mercancía! -Un hombre enteramente vestido de negro estaba ante Viejo Shuan; el brillo de sus ojos cortaba como un cuchillo y ante él, Viejo Shuan se sintió empequeñecido. El hombre le tendía una mano grande mientras en la otra sostenía un man tou enrojecido; la sustancia roja todavía goteaba.
Viejo Shuan sacó el dinero del bolsillo. Aunque vacilante, pensaba entregárselo, pero al, mismo tiempo no se atrevía a recoger aquella cosa. El hombre se impacientó:
-¿De qué tiene miedo? ¿Por qué no lo coge? - dijo con voz fuerte.
Viejo Shuan vacilaba. El hombre de negro le arrebató entonces el farol, arrancó el papel que servía
de pantalla, envolvió en él el man tou y le obligó a tomarlo con las manos. Cogió el dinero, lo sopesó, dio media vuelta y se fue, después de murmurar: «Valiente vejestorio... »
-¿A quién se lo va a dar de medicina? -le pareció a Viejo Shuan que alguien le preguntaba. Pero él no contestó. Ahora su espíritu estaba concentrado en aquel envoltorio, como si llevara en brazos a un niño vástago de diez generaciones de hijos únicos. Todo lo demás no existía para él en aquel momento. El iba ahora a transplantar a su familia la vida nueva contenida en aquel paquete, para obtener así una cosecha de felicidad. El sol también había salido; delante de él brillaba un amplio camino, recto hasta su casa; a sus espaldas, los rayos del sol iluminaban, en el extremo de la calle, cuatro ideogramas descoloridos en un viejo rótulo: «Entrada al pabellón del antiguo...»
II
Cuando Viejo Shuan llegó a su casa, la tienda estaba ya limpia y ordenada; con las mesas relucientes bien alineadas. No había ningún cliente; tan solo Pequeño Shuan desayunaba en una de las mesas del fondo. Gruesas gotas de sudor resbalaban desde su frente; la chaqueta se le había pegado a la espalda y sus dos omoplatos, que sobresalían enormemente, formaban como el relieve de una uve invertida. Al ver el aspecto de su hijo, Viejo Shuan frunció instintivamente las cejas. Su mujer salió precipitadamente de la cocina; le miró con ojos muy abiertos y un temblor ligero en los labios.
-¿Ya lo tienes?
-Ya lo tengo.
Entraron juntos en la cocina y deliberaron un instante. Luego Madre Jua salió y volvió en seguida con una hoja grande de loto que extendió sobre la mesa. Viejo Shuan desenvolvió el papel de farol, sacó el man tou rojo y lo envolvió en la hoja de loto. Como Pequeño Shuan había terminado ya de desayunar, su madre se apresuró a decirle:
-¡Quédate sentado donde estás, Pequeño Shuan! ¡No vengas para acá!
Mientras atizaba el fuego, Viejo Shuan introdujo en el interior del horno el paquete verde jade y el farol blanco y rojo, todo roto. Se elevó una llamarada rojinegra y en seguida se extendió por toda la casa un extraño y agradable olor.
-¡Qué bien huele! ¿Qué clase de bollo están comiendo?
Era Quinto Señorito, el Jorobado, que acababa de entrar. Se pasaba el dia entero en la casa de té, donde era el primero en llegar y el último en salir. Después de tropezar con el borde de una mesa instalada en un rincón que daba a la calle, se sentó en ella mientras hacía la pregunta. Nadie le contestó.
-¿Están haciendo sopa de arroz tostado?-insistió.
Tampoco obtuvo respuesta. El Viejo Shuan salió precipitadamente a servirle el té.
-¡Ven acá, Pequeño Shuan! -llamó a su hijo Madre Jua desde la pieza interior. Le hizo sentar en un banco que había colocado en medio de la habitación, trajo un plato en el que se veía una cosa redonda negra, y dijo a Pequeño Shuan:
-¡Cómetelo; te pondrás bien!
Pequeño Shuan cogió aquella cosa negra y la examinó un instante. Experimentó una sensación extraña; era como si sostuviera su propia vida entre las manos. Partió la cosa con extremada precaución. De la corteza quemada se desprendió un vapor blanco; cuando se hubo disipado, Pequeño Shuan descubrió que lo que allí tenía eran dos mitades de man tou. En un abrir y cerrar de ojos el man tou pasó al estómago de Pequeño Shuan, su sabor fue olvidado y sólo quedó el plato vacío. El padre se hallaba a un lado del muchacho, su madre al otro. Sus miradas parecían querer verter algo en el cuerpo del hijo y también sacar algo de él. Al advertirlo, el muchacho sintió que su corazón palpitaba con mayor rapidez y quiso oprimirlo con sus manos; se puso de nuevo a toser.
-Duerme un poco y te repondrás.
Pequeño Shuan obedeció a su madre y se acostó sin dejar de toser. Madre Jua esperó a que su respiración se calmara y luego lo cubrió cuidadosamente con una colcha forrada llena de remiendos.
III
La casa de té estaba llena de gente. Viejo Shuan no paraba un momento; llevando en la mano una gran jarra de cobre, vertía una y otra vez el agua hirviendo en las tazas con té de los clientes; sus ojos dejaban ver grandes ojeras.
-Viejo Shuan, ¿te, encuentras mal?, ¿estás enfermo? -le dijo un hombre de barba gris.
-No.
-¿No? Aunque pensándolo bien, una persona tan sonriente, verdaderamente no parece... -se rectificó a sí mismo el hombre de la barba gris.
-Lo que pásale a Viejo Shuan es que está muy ocupado. Si su hijo... -No había terminado de hablar Quinto Señorito el Jorobado cuando irrumpió en la casa de té un hombre de rostro brutal, vestido con una blusa negra, desabrochada, ceñida en su cintura por una ancha faja negra atada con descuido. Nada más entrar, le dijo a Viejo Shuan en alta voz:
-¿Se lo ha comido? ¿Está bien ya? Ha tenido usted suerte, Viejo Shuan, ha tenido suerte, porque de no ser por la rapidez de mi información...
Viejo Shuan le escuchaba sonriendo; en una mano tenía la jarra, mientras la otra colgaba respetuosamente. Todos los clientes, sentados en sus mesas, escuchaban también respetuosamente. Madre Jua con las mismas ojeras que su marido trajo sonriente una taza con hojas de té, a las que había añadido una aceituna dulce; Viejo Shuan se apresuró a verter el agua.
-¡No puede fallar! Es algo fuera de lo corriente. Piénselo, se cogió bien caliente, y bien caliente se lo comió -seguía diciendo a grandes voces el hombre de cara brutal.
-¡Claro que sí! De no haber sido por la ayuda de Tío Kang, ¿cómo íbamos a haber podido...? -Madre Jua le dio las gracias muy conmovida.
-La curación está garantizada, ¡garantizada! Habiéndoselo comido bien caliente como lo ha hecho, ¡ un man tou empapado en sangre humana garantiza la curación de cualquier tuberculosis!
Al oír la palabra «tuberculosis» a Madre Jua se le cambió la cara, como si un cierto enfado se hubiera apoderado de ella; pero en seguida volvió a forzar una sonrisa y se retiró avergonzada. El llamado Tío Kang no se apercibió de ello y siguió dando voces con el cuello bien alto; sus voces despertaron a Pequeño Shuan que dormía en el cuarto interior y la tos del muchacho acabó mezclándose con las voces de Tío Kang.
-Verdaderamente vuestro hijo, Pequeño Shuan, ha tenido una gran suerte. Su enfermedad naturalmente se curará del todo; no hay, pues, que extrañarse de que Viejo Shuan no abandone su sonrisa en todo el día. -Mientras esto decía, el de la barba gris se acercó a Tío Kang y le preguntó en voz baja y respetuosa:
-Tío Kang, he oído decir que el condenado que ha sido ejecutado hoy era hijo de uno de los Sia; ¿de quién era hijo?, ¿qué es lo que había hecho?
-¿Que de quién era hijo? De quién iba a ser si no de la Cuarta Señora Sia. ¡Vaya un tipo que estaba hecho! -al ver Tío Kang que todo el mundo le escuchaba con los oídos aguzados, no cabía en sí de satisfacción, su rostro brutal se hinchó y dijo, alzando aún más la voz :"Ese desgraciado no tenía ningún apego a la vida; no quería vivir, eso es todo. En cambio, yo esta vez no he tenido ningún beneficio; hasta la ropa que le quitaron, se la llevó A Yi Ojos Rojos, el carcelero. Los únicos que se han aprovechado han sido, en primer lugar, nuestro Tío Shuan que ha tenido una gran suerte, y luego el Tercer Señor Sia, que ha cobrado una recompensa de 25 liang de reluciente plata; todo ha caído en su bolsillo y no se ha gastado ni un ochavo".
Pequeño Shuan salió lentamente de su cuarto, las dos manos sobre el pecho, tosiendo sin poder contenerse; caminó hasta la cocina, se sirvió un tazón de arroz frío sobre el que luego vertió agua caliente, se sentó y se puso a comer. Madre Jua, que le había acompañado, le preguntó suavemente: Pequeño Shuan, ¿estás mejor?, ¿sigues con hambre?...
-La curación está garantizada, ¡garantizada! -Tío Kang lanzó una mirada a Pequeño Shuan, volvió la cabeza y siguió diciendo al auditorio:
-El Tercer Señor Sia sabe girar hacia donde sopla el viento; de no haber hecho la declaración previa, toda su familia hubiese sido ejecutada y confiscados sus bienes. Y ahora, ¿qué? ¡Encima, dinero! ¡El desgraciado ése verdaderamente no valía nada! Aun en la cárcel tenía que intentar convencer al carcelero para que se rebelara.
-¡Ay! ¿Cómo es posible? -exclamó indignado un joven de unos veintitantos años, sentado en una mesa al fondo.
-Debes saber que A Yi Ojos Rojos le fue a sonsacar la verdad y sostuvo con él una charla. Le dijo A Yi que el Imperio Ching es de todos nosotros. Piénsalo bien: ¿puede un hombre hablar así? El Ojos Rojos sabía que en casa sólo tenía a su madre, pero nunca imaginó que fuera tan pobre como para no poder sacarle ni un céntimo; así que se puso muy furioso y como encima se atrevió a «rascar la cabeza al tigre», ¡le soltó dos bofetadas!
-Hermano Yi es un buen boxeador; seguro que esas dos le hicieron ver las estrellas -dijo repentinamente regocijado el Jorobado desde su rincón.
-Ese pellejo no temía los golpes, hasta le llegó a decir que qué lástima.
El hombre de la barba gris intervino:
-¿Qué lástima se puede tener por pegar a un tipejo como él?
Tío Kang adoptó un aire despectivo y le dijo sonriendo fríamente:
-No me han entendido; dijo que A Yi le daba lástima a él. ¡Fijáos qué fuera de serie!
Las miradas de los oyentes se helaron; cesaron las conversaciones. Pequeño Shuan había terminado de comer, su cuerpo entero temblaba empapado en sudor y de su cabeza se desprendía un cierto vaho.
-Que A Yi dé lástima, eso es de locos; sencillamente se volvió loco -dijo la barba gris como si hubiera comprendido de repente.
-Se volvió loco -dijo el joven de veintitantos años comprendiendo de pronto.
De nuevo surgió entre los clientes de la casa de té una atmósfera animada; se reanudaron las conversaciones y las risas. Pequeño Shuan aprovechó el alboroto para toser con toda su alma. Tío Kang se adelantó y le dio unas palmadas en el hombro mientras le decía:
-¡La curación está garantizada! ¡No tosas así, Pequeño Shuan! ¡La curación está garantizada!
-Se volvió loco -decía moviendo la cabeza Quinto Señorito el Jorobado.
IV
El terreno junto a la muralla de la ciudad, por fuera de la Puerta Oeste, era propiedad del Estado. En medio, un sendero estrecho e irregular, formado por los pasos de los interesados en acortar camino, se había convertido en límite natural; a la izquierda se sepultaba a los criminales ajusticiados o muertos en la cárcel; a la derecha se hallaba el enterramiento de los pobres. Ambos terrenos estaban llenos de tumbas amontonadas las unas sobre las otras como los man tou en las casas ricas los días de cumpleaños.
Aquel año el Día de los Difuntos hacía un frío fuera de lo común. Los brotes de los sauces todavía no eran mayores que la mitad de un grano de arroz. Apenas el día se había levantado cuando ya Madre Jua había colocado cuatro platos y un tazón de arroz ante una tumba reciente, situada en el terreno de la derecha. Lloró, quemó el papel-dinero de los difuntos, luego permaneció como atontada, sentada en el suelo como si esperase algo, aunque no supiera decir qué era lo que esperaba. Se levantó un ligero viento, que agitó sus cabellos cortos, mucho más blancos que un año atrás.
Otra mujer de cabellos grises avanzaba por el sendero. Su chaqueta y su faldón estaban andrajosos. Llevaba una vieja cesta redonda, pintada de laca roja, de la que pendía una ristra de papel-dinero de los difuntos. Detenía su marcha a menudo para descansar. De pronto, al ver a Madre Jua sentada en el suelo que la miraba, vaciló y su rostro empalidecido por el dolor se coloreó de vergiienza. Sin embargo, hizo acopio de valor y se dirigió hacia el terreno de la izquierda para depositar su cesta ante una de las tumbas.
Esta tumba se encontraba justamente en la misma línea que la de Pequeño Shuan; sólo las separaba el sendero. Madre Jua la vio colocar cuatro platos y un tazón de arroz, llorar de pie un momento y luego quemar el papel-dinero; dijo para sí:
-Es también la tumba de su hijo.
La anciana paseó su mirada alrededor, y sus manos y pies se pusieron a temblar; dio, vacilaute, algunos pasos atrás, fija la mirada, estupefacta. Al ver esto, Madre Jua temió que la pena le hubiera hecho perder la razón. Sin poder contenerse se levantó, atravesó el sendero y le dijo en voz baja:
-No tenga pena, abuela... Mejor será que regresemos.
La anciana asintió con la cabeza, pero sus ojos permanecieron fijos; balbuceó con voz igualmente baja:
-Mire…, ¿qué es eso?
Madre Jua miró siguiendo el dedo de la anciana y su mirada se detuvo en la tumba ante la cual se hallaban. Aún no estaba completamente cubierta de hierba; en algunos puntos se veían manchas de tierra amarilla, lo que afeaba su aspecto. Al mirar, con atención, más arriba también ella se sobrecogió: una corona de flores blancas y rojas circundaba la cima redondeada del montículo que formaba la tumba. Aunque la vista de ambas mujeres hacía años que no era buena, podían, sin embargo, distinguirla con claridad. No había muchas flores, pero formaban una corona; no parecían muy vistosas pero estaban bien arregladas. Madre Jua se apresuró a mirar la tumba de su hijo y otras tumbas, pero sólo se veían algunas florecillas blancas ralas, que habían desafiado al frío; esto le provocó una repentina sensación de vacío, de insatisfacción, en cuyo significado no quiso profundizar. La anciana se había acercado a la tumba, y la examinó atentamente, mientras se hablaba a sí misma:
-No tienen raíz; no han brotado por sí solas. ¿Quién ha podido venir aquí? Los niños no vienen a jugar a este sitio. Ninguno de nuestros parientes viene. ¿Qué ha podido ser?
Reflexionó largo rato y luego, en medio de sus lágrimas, dijo en voz alta:
-Mi pequeño Yu, cometieron una injusticia contigo y no puedes olvidarlo ni calmar tu dolor. ¿Es ésta una señal con la que me das a conocer tu pena?
Mirando en todas direcciones sólo vio un cuervo posado en un árbol sin hojas.
-Ya lo sé, mi hijito Yu -continuó-, desgraciadamente ellos te asesinaron, pero algún día serán castigados. El Cielo lo sabe todo. Duerme en paz. - -Si verdaderamente estás aquí, si oyes lo que te estoy diciendo, haz que ese cuervo vuele hasta la cima de tu tumba; dame esa señal.
La brisa había caído desde hacía rato, la hierba seca se erguía, recta como alambres de cobre. Un ligerísimo temblor vibró en el aire, cada vez más tenue hasta desvanecerse; luego reinó en derredor un si-. lencio de muerte. De pie, en medio de la hierba seca, las dos mujeres miraban fijamente al cuervo, posado sobre su rama rígida; tenía la cabeza recogida en el cuello y permanecía inmóvil como una figura de bronce.
Pasó un largo rato. Uegaron otras gentes a arreglar las tumbas, entre las' que viejos y niños aparecían y desaparecían.
-Mejor será que regresemos.
La anciana suspiró, recogió los platos y el arroz con aire de abatimiento, vaciló un instante y finalmente empezó a caminar con paso lento, mientras murmuraba:
-¿Qué puede haber pasado. ?
No habían caminado treinta pasos cuando oyeron de repente un graznido detrás de ellas. Volvieron la cabeza sobresaltadas y vieron al cuervo que, desplegadas las alas, se lanzaba como una flecha hacia el horizonte lejano.
[LU Sun, Grito de llamada, Madrid, Alfaguara, 1978, pp. 89-98] .