Después del rey celeste, siguen inmediatamente, como primeros ministros, cinco personajes que adoptaron también, como antiguamente, el título de reyes. En el caso de uno de ellos, según dicen, se trata de un título puramente honorífico. Los otros, para distinguirse, han añadido a su titulo de rey uno de los cuatro puntos cardinales. Los ministros que hemos visto constituyen la segunda clase. Todos los habitantes están divididos en categorías de diez mil, tanto las mujeres como los hombres. Tan solo un cuerpo de tres mil mujeres, por ejemplo, tiene un jefe masculino para comunicarse con los ministros. Mientras que estábamos en casa de uno de ellos, un jefe vino a entregarle una petición redactada del modo siguiente: "Las hermanas de tal división solicitan un suplemento de vestidos, debido a la reciente intensificación del frío." A lo cual el ministro respondió en seguida: "Mirad, y haced lo que sea necesario." La vida de la comunidad queda plasmada en Nankín en su fisonomía más expresiva y en toda la acepción de la palabra, pero sin el menor detrimento para sus costumbres; muy al contrario, cualquier atentado a las costumbres, como el pillaje, se castiga irremisiblemente con la pena de muerte. En cada puesto de mujeres hay siempre una luz encendida durante la noche, y una de ellas está de guardia y golpea de vez en cuando un tamboril.
Los principales jefes tienen gran interés en conservar una jerarquía y hacerla respetar. El cañón anuncia siempre su partida o su llegada. Hay música durante sus comidas y, sin embargo, nosotros pudimos ver como se les acercaban no solo jefes de segunda categoría, sino gente sencilla del pueblo, con toda libertad.
No puede negarse que hay algo en estas relaciones mutuas que justifica el nombre de hermanos que las gentes de Guangxi se dan entre sí. Diríase incluso que se respira cierto aire de familia. Así, por ejemplo, todas las habitaciones son del dominio común: los víveres, las prendas de vestir, se depositan en almacenes públicos; el oro, la plata y las materias preciosas, se llevan a las arcas nacionales. No se puede comprar ni vender nada; de hecho, el dinero resultaría inútil en manos de los particulares. Nos fue imposible conseguir trajes como los que los Guangxi-ren llevan actualmente. Los jefes son los encargados de proveer a las diferentes necesidades de sus subordinados. Y es realmente digno de admiración que una población a la que la invasión hizo ascender a mas de un millón, pueda ser alimentada y vestida periódicamente de este modo, tal como lo vimos con nuestros propios ojos; y todo ello en plena guerra civil y frente a un campamento enemigo que sitiaba la ciudad.
... En cuanto a nosotros, fuimos alimentados con mucha sencillez, es verdad, pero abundantemente y como huéspedes a quienes se desea honrar. En varias ocasiones, los secretarios, amigos nuestros, compartieron nuestras comidas. Antes y después de las mismas, elevaban su oración al Padre Celestial; y nosotros recitábamos nuestra Bendición y nuestra acción de gracias.
Dos veces al día, reunidos en un vestíbulo o en una sala bastante grande, la gente de Guangxi recitan sus oraciones al Shang-di (termino chino para Dios). Diez cañonazos anuncian el momento en que el Rey celestial se retira a orar. Por nuestra parte, hacíamos en medio de todos ellos, nues-tros ejercicios espirituales con la mayor libertad. Sobre todo mi cate-quista recitaba muchas oraciones, como cincuenta habitantes de Guangxi.
... Les preguntamos cómo tratarían a aquellos que no quisieran rezar en absoluto con ellos y nos contestaron: "Los que no quieren rezar ni renunciar a sus ídolos son ajusticiados; a aquellos que no creen en nada y no rezan jamás en privado, les dejamos tranquilos, con frecuencia al precio de algunos bastonazos; pero si fueran muchos también les ajusticiaríamos."