[CHESNAUX, J. i BASTID, M. (1972). De las guerras del opio a la guerra franco-china. Barcelona. Ed. Vicens-Vives. Pàgs.196-197]

    La fam a Shanxi, hivern del 1878

            28 de enero de 1878. Me puse en camino hacia el Sur, a través del centro de la provincia, para juzgar por mí mismo la gravedad del hambre. Subí en una mula y un servidor que me acompañaba también hizo lo mismo. En el momento de abandonar la ciudad, no pudimos llegar directamente a la puerta Sur, ya que una muchedumbre se había reunido alrededor de un hombre que yacía en la calle muriéndose de hambre.

            29 de enero. 140 li al Sur. Pasamos por delante de cuatro cadáveres que yacían en el camino y de un hombre que se arrastraba con sus manos y sus rodillas, sin fuerzas ya para levantarse. Encontrarnos un cortejo fúnebre, que consistía en una madre que llevaba sobre sus hombros el cadáver de un chico de unos diez años. Además de acarrearlo, hacía de sacerdotisa y de plañidera, y lo depositó en la nieve, fuera de las murallas de la ciudad (...).

            30 de enero. 290 li al Sur. Vi catorce cadáveres al borde del camino. Uno de ellos sólo llevaba un calcetín. Su cadáver pesaba tan poco que un perro lo estaba arrastrando (...).

            l de febrero. 450 li al Sur. Vi en media jornada seis cadáveres, cuatro de los cuales eran mujeres, uno en una barraca abierta, completamente desnudo, salvo un cordel alrededor de la cintura; otro en el río, otro saliendo a medias del río helado, a merced de los perros salvajes, y otro medio vestido de harapos; en una gruta al borde de la carretera, otro medio devorado aun por las aves y las bestias rapaces. Encontré a dos jóvenes de unos dieciocho años, apoyándose en bastones y vacilando como ancianos. Encontré también a otro adolescente, que arrastraba sobre sus hombros a su madre desfallecida. Al ver que los miraba intensamente, el joven imploró mi ayuda. Es la primera persona que me pide que le asista desde que dejé T'ai-yuan-fou. Vi a unos hombres que aplastaban piedras blandas (...) para hacer un polvo que vendían al precio de dos o tres sapecas por libra y que estaba mezclado con grasas, hierbas o raíces, para hacer galletas. Probé uno de esos pasteles. Tenía el gusto de uno de sus principales componentes: arcilla. Muchos fueron los que murieron de estreñimiento por haberlos comido (...).

            2 de febrero. 530 li al Sur. El espectáculo más espantoso que jamas haya visto me esperaba en la ciudad siguiente. Era temprano por la mañana cuando me acercaba a las puertas de la ciudad. A un lado de la puerta, cadáveres de hombres desnudos amontonados unos sobre otros como cerdos en el matadero. Al otro lado, un montón parecido de cadáveres de mujeres. Les hablan quitado la ropa para empeñarla. Algunas carretillas transportaban los cuerpos hacia dos grandes fosas: en una echaban a los hombres y en otra a las mujeres (...).

            En una extensión de varias millas, en este distrito, los arboles estaban completamente blancos, con la corteza arrancada hasta diez o veinte pies de altura para ser utilizada como alimento. Pasamos delante de muchas casas cuyas puertas y ventanas habían sido arrancadas y vendidas como leña para el fuego. En su interior, los utensilios de cocina, de los que no se podía sacar dinero, estaban abandonados sin que nadie pensara en robarlos (...).

        3 de febrero. 600 li al Sur. Sólo he encontrado hoy a siete personas. Ni una de ellas era mujer. Luego comprendí el porqué al ver carretas llenas de mujeres que llevaban a vender.