Lectura: FOLCH, Dolors (2002) El factor religioso, China Dossier La Vanguardia, estiu 2002

EL FACTOR RELIGIOSO

El factor religioso en China Cuando, en la segunda mitad del siglo XVI, los primeros misioneros portugueses y castellanos se acercaron a los chinos con el decidido propósito de convertirlos, la conclusión inmediata fue que ello entrañaba dificultades extremas, ya que los chinos parecían carecer de sentimiento religioso alguno. Esta primera impresión había de perdurar siglos, y ello por varios motivos. En primer lugar porque la espina dorsal de la religión china - el culto a los antepasados - pasa por el interior de los hogares y tiene como oficiantes a los miembros masculinos del clan, de forma que templos y sacerdotes se funden con la vida cotidiana y pasan desapercibidos a los extraños. En segundo lugar, por la importancia del racionalismo confuciano que mantenía una distancia severa con la religión popular: dado que los contactos de los misioneros europeos se realizaban de forma exclusiva con funcionarios confucianos, nada tiene de extraño que adoptaran el punto de vista de éstos y relegaran al plano de supersticiones deleznables a todo lo demás. Sobre todo teniendo en cuenta que la, a pesar de todo, omnipresente religión popular no parecía tener ninguna contrapartida ética y todo el sistema de valores sociales parecía dominado por la tradición agnóstica secular que encarnaban los confucianos. Sin embargo, elementos de mucho peso han obligado a enfocar el tema de la religiosidad china desde un ángulo distinto. En primer lugar, la enorme proliferación de templos en China: estudios realizados a mediados de siglo (actualmente China se está reponiendo todavía de los destrozos provocados por el fervor antirreligioso de la Revolución Cultural) indican que en los pueblos del norte de China había un templo por cada 100 o 300 personas y que estos templos cumplían todo tipo de funciones, todas ellas orientadas a reforzar la conciencia de pertenecer a una comunidad determinada. Desde luego se trataba de dioses específicos, a los que pedir fertilidad, protección contra las sequías, consolidación del orden político, salud, riqueza para el hogar, prosperidad para el gremio; de forma no tan distinta a como funciona el culto a los santos en la religión católica, algunos de estos dioses, como el de la riqueza o el de la agricultura, eran de devoción nacional; otros, como el dios del hogar, protegía todos los fogones de China. Al revés de lo que propugna la tradición agnóstica, dioses, espíritus y antepasados son omnipresentes en la vida cotidiana de los chinos que se relacionan con ellos a diario. En segundo lugar, y al margen de las plegarias elevadas a las divinidades, las prácticas religiosas chinas, derivadas directamente de su concepción del cosmos, impregnan buena parte de las actividades de este inmenso país. Para empezar, el fengshui, que concibe la tierra como un ser vivo recorrido por líneas de fuerza que hay que conocer para aprovechar su vitalidad y conseguir buena fortuna: sus especialistas siguen siendo consultados para la ubicación de tumbas, edificios y monumentos. Pero también el almanaque, la publicación sin duda más difundida de China - mucho más que los Clásicos y que Confucio - y que proporciona tanto orientación meteorológica para la agricultura como orientaciones mágicas para la correcta realización y temporización de las actividades cotidianas. En tercer lugar, es muy frecuente que las rebeliones chinas entronquen con movimientos religiosos de todo cuño. Esto es así desde la gran rebelión de los Turbantes Amarillos en el siglo II dC pero adquiere una dimensión muy notable a partir del siglo XIV, cuando las luchas por destronar a los mongoles a favor de los Ming fomentan y consolidan las grandes sectas religiosas. El siglo XVIII concluyó con un movimiento religioso imponente, el Loto Blanco, articulado como una sociedad secreta, y a mediados del siglo XIX estalló en China la formidable rebelión de los Taiping, un movimiento socio-religioso que buscaba la Gran Paz y que, con su máximo dirigente reclamando ser el hermano pequeño de Cristo, reflejaba también una influencia cristiana. A mediados del siglo XX, el frenesí destructor de los Guardias Rojos, que pulverizaban las imágenes religiosas no sólo de los templos sino incluso de los museos, y martilleaban las piedras para borrarles cualquier inscripción religiosa, recalca también la importancia conferida a la religión. A que se debe pues que Occidente tenga una percepción tan equivocada de la importancia de la religión en China? Si durante siglos los europeos no consiguieron entender el papel central de la religión en China, ello fue debido a su dificultad para identificar los signos que la hacían visible. La religión china es muy distinta de la nuestra en varios aspectos fundamentales. El punto de partida, para empezar: en la concepción china del Cosmos como algo que no se crea ni se destruye, sólo se transforma a tenor de los impulsos contrarios del yin y el yang, no tiene cabida el Dios Creador de cristianos, judíos y musulmanes. Es por ello que todos los intentos de convertir a los chinos al cristianismo han fracasado: las comunidades nestorianas que tanto florecieron entre los siglos VII y XIV y los obispados católicos instituidos en el siglo XIII, desparecieron todos sin dejar rastro; a pesar de su eminente papel en la corte, los jesuitas de los siglos XVI a XVIII dejaron tras sí una comunidad exigua; los protestantes del siglo XIX, a pesar de tener un mayor impacto cultural gracias a sus traducciones de la Biblia y a su creación de escuelas y universidades, dejaron también muy pocos conversos. El mismo Islam, a pesar de que con sus 30 millones de creyentes cuenta con una población china superior a la de muchos países musulmanes, no ha conseguido traspasar los límites de las comunidades de origen extranjero, los colectivos llegados de Asia Central en el último milenio. Para los europeos es muy difícil conceder el nombre de religión a una que no tiene ni nombre para invocar al Dios Supremo, Creador de todas las cosas. Otros elementos colaboran también para confundir el panorama: la religión china carece de las estructuras que en Europa cualifican una religión. La clase sacerdotal es inexistente: el culto a los antepasados recae sobre el padre de familia; los templos que proliferan en el campo no tiene sacerdote alguno, sino que están a cargo de la misma comunidad; los templos budistas y taoístas no se entrelazan entre ellos con una jerarquía discernible. Sin clase sacerdotal, los templos no patrocinan tampoco ceremonias religiosas ni albergan púlpito alguno desde el que lanzar prédicas: los fieles entran en cualquier momento, alumbran un bastoncito de incienso, elevan su petición - a menudo por escrito - a uno de los dioses representados en el templo, le ofrecen algo de comida - un cuenco de arroz y verduras con sus palillos a punto, montañas de naranjas -, meditan un poco y se van. Los templos se multiplican sin jerarquizarse, sin grandes construcciones sagradas que los articulen: la religión china no tiene ni Meca, ni Jerusalén ni Roma. Para los chinos, el lugar sagrado por antonomasia es el mundo mismo, en especial algunas montañas consideradas símbolos de estabilidad y que acabaron constituyendo un completo sistema de marcas que señalaban los pilares de la comunicación entre los poderes del cielo y de la tierra: de ahí que los emperadores acudieran anualmente a realizar sacrificios estatales al pie de algunas de las cinco montañas más sagradas de China: Hengshan al norte, Taishan al este, Hengshan al sur, Huashan al oeste y Songshan en el centro, el quinto punto cardinal de los chinos. Tampoco las fiestas tienen un patrón religioso similar al europeo: el énfasis chino en la familia y el grupo resta importancia a las fiestas individuales. Para empezar, la parte importante del nombre para un chino es el apellido, heredado de la familia. El nombre propio es propiciatorio y tiende a proporcionar algún éxito al individuo: pero no tiene ningún contenido religioso. Los aniversarios no se celebran, ya que todos los chinos cumplen un año más en el Año Nuevo. Desde luego, las grandes fiestas de los chinos tiene un componente religioso - a veces muy evidente como en el festival Qing-Ming, la fiesta pura y brillante, en el que parecen combinarse nuestra Pascua y Todos los Santos - pero éste se confunde con los grandes períodos marcados por el paso de las estaciones, con los solsticios y equinoccios. También la evolución de la religión popular china ha transcurrido por senderos muy distintos a los de las grandes religiones organizadas. Despreciada por los confucianos, que controlaban el aparato del estado; observada con recelo por los grandes centros religiosos budistas y taoístas que la consideraban un subproducto, la religión popular ha ido creciendo y enroscándose en la vida de los chinos al margen de las grandes aportaciones intelectuales que puntean la evolución de las grandes religiones. La dificultad para captar la intensidad y veracidad de la religión popular china hizo que los europeos escoraran durante siglos hacia el estudio del taoísmo y budismo, religiones ambas con un impacto en el mundo chino que los cristianos discernían con mayor claridad. El taoísmo inició su andadura a medio camino entre el misticismo y la corriente filosófica. Su afán - especialmente evidente en el Libro del Tao - por buscar la realidad última que está más allá incluso de las clasificaciones del lenguaje, lo entronca con las grandes corrientes místicas, mientras que los textos de Zhuangzi y, en menor grado, de Liezi, le dan una proyección filosófica y literaria que marcaría para siempre el pensamiento chino. Pero el impacto del taoísmo sobre la religión popular se produjo más tarde, con el surgimiento del taoísmo religioso, durante la crisis de la dinastía Han en el siglo II dC. A partir de entonces una pléyade de dioses e inmortales colorearon el campo chino, mientras los sacerdotes taoístas comunicaban con ellos a través de dietas y ejercicios gimnásticos y realizaban invocaciones que alejaban de aldeas y comunidades demonios y las pestes. La corte fue muy sensible a estos encantos, y les reservó siempre algún lugar desde el que proseguir con su búsqueda de la inmortalidad. Pero lo que aportó un cambio cualitativo a la religión popular china fue la difusión del budismo en los primeros siglos de nuestra era. El budismo, especialmente el Mahayana, que es el que más arraigó en China, no limitaba sus enseñanzas a la comunidad monástica de los iniciados: los monjes no tardaron en desplegarse por toda China predicando una doctrina de compasión hacia todos los seres vivos que les ayudara a superar el sufrimiento inherente a la vida humana. El budismo, que aportaba al mundo chino una teoría del conocimiento que enriquecía de forma sustancial su pensamiento, tardó siglos en ser comprendido y aceptado por los chinos y tuvo que pasar por modificaciones sustanciales para implantarse allí. Aunque monjes intelectuales de primera fila, como Xuanzang en el siglo VII, fueron y volvieron de la India en busca de escrituras y realizaron un esfuerzo formidable para traducirlas, el auténtico impacto del budismo en China provino de las sectas que se originaron sobre su propio territorio, y muy en especial de dos de ellas. La primera fue la secta de la Tierra Pura, centrada en la devoción a Amitaba, el Buda de la compasión que presidía el paraíso de la Tierra Pura en el lejano occidente: repleto de comida, surcado por ríos cristalinos y cuajado de palacios abiertos de par en par, ofrecía una antesala muy agradable al Nirvana, un lugar feliz donde los fieles, arrullados por la música, acababan de perfeccionar la extinción de su ego. Una devoción consistente en la repetición constante del nombre del Buda, A-mi-tuo-fo, - Amitaba en chino - no tuvo dificultad para arrancar decenas de miles de adeptos en muy poco tiempo. En un sentido contrario, y lejos de las exuberancias paradisíacas de la Tierra Pura que habían proporcionado al budismo el primer gran movimiento de conversión masiva, una segunda secta, la Chan (Zen en japonés) se concentraba en el perfeccionamiento individual y en conseguir un vacío interior que permitiera al espíritu humano reflejar el cosmos como si fuera un espejo y anular por fin hasta el último vestigio de todo deseo. El budismo Chan predicaba la iluminación súbita y la posibilidad de alcanzarla a través de la meditación y de la fusión con la naturaleza: su estética se aproximaba mucho a la del taoísmo filosófico de los primeros tiempos y la combinación de ambas corrientes había de fermentar de forma irreversible la literatura y la pintura china. El budismo halló en China un terreno abonado, y en él desplegó sus múltiples sectas: al final, sin embargo, su poder asustó a los confucianos y en el siglo IX fue objeto de sucesivas proscripciones. El budismo, en su forma tántrica, conocería un nuevo auge con los mongoles, en los siglos XIII y XIV: múltiples cielos e infiernos quedarían incorporados a partir de entonces a la religión popular china. A pesar de su persecución implacable tanto a la religión popular como a las manifestaciones organizadas, lo que Mao intentó de hecho fue resucitar la religión de estado en provecho propio. Enormes pinturas del líder carismático flotando sobre las masas, con un halo de luz irradiando de su cabeza, conducían directamente a un paraíso de enormes mazorcas de maíz y trenes humeantes, mientras su improbable travesía del Yangzi le confería una comunión con las fuerzas de la naturaleza que rivalizaba con las de los más señeros emperadores. Sus sucesores conservan un poder enorme: pero han renunciado a la divinidad. Aunque el gobierno de la reforma, al igual que sus antecesores imperiales, reprime con dureza los movimientos religiosos que, como es el caso de Falun Gong, implican una asociación no controlada por él, el gobierno chino tolera ahora de nuevo las manifestaciones religiosas tradicionales. Si los monasterios budistas y taoístas tardan en recuperarse, no así la religión popular, que ocupa de nuevo un lugar preeminente, en especial en todo el sur, mientras el culto a los antepasados, por su parte, se entroniza de nuevo en el seno de las familias.