De la Alquimia a la Química

 



I. Introducción: ¿De qué estamos hablando?
II. Paracelso: La división de caminos
III. Livabius: Una ciencia práctica
IV. Los atomistas
V. El último resquicio: El flogisto
VI.Conclusión
VII. Bibliografía
VIII. Links sobre el tema

símbolo de la alquimia

 

 

 

I. Introducción: ¿De qué estamos hablando?

Es muy frecuente la creencia de que la Alquimia, en alguna fase de su desarrollo, se convirtió en la Química. No obstante, este punto de vista es demasiado simplista. La verdad es que a lo largo de los dos siglos que van de Paracelso a Berhaave, una parte de la Alquimia se convirtió, con pocas modificaciones, en una parte de la Química. Dicha parte es, más concretamente, la técnica de laboratorio. Es decir, no puede considerarse a toda la Química heredera de la Alquimia.

Es cierto que la influencia más importante que recibió la Química provino de la Alquimia; sin embargo, no toda ella lo hizo, sino que además posee características propias que la definen y distancian. Primero: su propósito de buscar el conocimiento de las cosas en particular; segundo: el método científico, que la eleva a condición de ciencia; y tercero: las teorías atómicas, que caracterizan sus avances.

EN QUÉ SE DISTINGUEN ALQUIMI Y QUÍMICA

La Alquimia se distingue de la Química, en primer lugar, por sus fines, y en segundo lugar, por su método. La finalidad de la Alquimia es la perfección de todas las cosas según su propia naturaleza, y muy especialmente la de los metales. La de la Química es la adquisición del conocimiento concerniente a las diferentes clases de materia y la utilización de este conocimiento para todo género de finalidades. El método de la Alquimia es, primordialmente, el estudio de los textos alquimistas cuyos autores se suponía que habían conocido el procedimiento que sus lectores estaban tratando de descubrir; secundariamente, consistía este método en un examen de la naturaleza, tal como se conocía por el sentir común, para descubrir sus leyes generales y aplicarlas a los problemas alquimistas; en tercer lugar, y en un plano inferior, el método era experimental, limitándose éste, en todo caso, a procurar averiguar las condiciones en que podían ser logradas las situaciones o condiciones prescritas por los textos. El método de la Química consiste en la cuidadosa descripción de los cambios experimentados por toda clase de materias y la clasificación de tales cambios para descubrir las leyes generales. Para el químico los libros son lo que pudiéramos llamar bases de datos y no autoridades; las analogías o paralelismos entre la manera de comportarse de los seres vivos y los inertes no tienen sitio en el campo de la ciencia química y la prueba a la que se someten todas sus conclusiones es el experimento.

EL FACTOR COMÚN ENTRE ALQUIMIA Y QUÍMICA

Sin duda, es la técnica. Cuando Sherwood Taylor (SHERWOOD, 1954, 222) afirma que <<los alquimistas fueron los primeros, y antes de la última parte del siglo XVI casi los únicos, operadores.>> no pretende contradecir lo que al respecto dice Holmyard (HOLMYARD, 1961, 37-61), o sea, que los primeros alquimistas encontraron a mano todo un caudal de conocimientos tecnológicos y prácticos que en su mayor parte resultaban muy apropiados para llevar a cabo las operaciones que se proponían. Es cierto que al surgir la Alquimia ya habían alcanzado un alto grado de eficacia diversas ramas de la tecnología tales como la Metalurgia, la cerámica, la fabricación de vidrio, la tintorería y preparación de colorantes, el arte textil, la elaboración de cerveza y la preparación de drogas, venenos y cosméticos; pero ninguna de ellas conjugaron como la Alquimia tantas técnicas ni instrumentos, tantos experimentos ni elaboración de teorías tan complejas, más bien pecaban de pragmatismo. Los alquimistas habían desarrollado una pequeña escala técnica de separación y combinación de los elementos constitutivos de los cuerpos, y la Química casi no añadió por su parte nada nuevo al equipo y métodos técnicos anteriores hasta que inició la práctica para la recogida y estudio de los gases, a mediados del siglo XVIII. (SHERWOOD, 1954, 222)

La transformación de la Alquimia en Química empezó con el pase de esta técnica a las manos de aquellos que perseguían otros objetivos distintos a los del perfeccionamiento de la materia. Cronológicamente, los primeros entre ellos fueron los farmacéuticos, quienes adoptaron con fines prácticos una técnica que hasta el siglo XIII fue casi exclusivamente alquimista: la destilación; introduciéndola, a partir de numerosas obras, en el hogar doméstico. Este paso produjo curiosos libros o manuales recopilando recetas y secretos y dando instrucciones para la práctica de todo género de “destilaciones operativas, perfumes, confituras, tintes, colores, fusiones y fundiciones”. Una obra típica de este tipo es la que tiene como nombre: Los secretos del Maestro Alexis (1555). La principal importancia de estos libros radica en que dieron al público en general la idea de que la ciencia natural y especialmente las artes químicas era posible que fuesen útiles.

Para hablar de los primeros tratados técnicos sobre materias químicas hemos de desplazarnos, cuando menos, a las lápidas químicas asirias (SHERWOOD, 1954, 31-35). No fue hasta mediados del siglo XVI que estos tratados dejaron de constar, por regla general, de fórmulas aisladas al estilo de un libro de cocina. A partir de aquel siglo nos encontramos con numerosos tratados sobre las artes técnicas –metalurgia, vidriería, pirotecnia, farmacia...-, que aunque poco teóricos, proporcionan excelentes datos de carácter práctico y constituyen algunos de los más antiguos antecedentes de una observación científica consciente. La Pirotecnia (1540) de Biringuccio es uno de los más antiguos tratados de este género; también tenemos otros ejemplos como L’Arte Vetraria de Antonio Neri (1612); no obstante, el ejemplo más sobresaliente es el gran De re metallica de Agrícola, publicado en 1556. En él encontramos los principios del análisis químico en el ensayo de gangas, comprendiendo la utilización de pequeños hornos de laboratorio y de delicadas balanzas de precisión. Es también el principio de la manufactura química en la preparación del azufre, betún, salitre, ácido nítrico, vitriolo y substancias semejantes. (SHERWOOD, 1954, 225)

Debemos, ante todo, tener en cuenta que la contribución característica del siglo XVI y de los primeros años del XVII a la formación de la Química no consiste en los nuevos descubrimientos, sino en la divulgación, como materia de interés general, de lo que había constituido el trabajo secreto de los maestros y artesanos.

 

II. Paracelso: La división de los caminos

Llegados a esta conclusión, es necesario reconocer a Paracelso como la persona que más colaboró en dicha tarea. Felipe Aureo Teofrasto Bombart von Hohenheim, es decir, Paracelso, nacido en 1493, pone de relieve en sus a priori extrañas obras, dos importantes factores nuevos. En primer lugar, nos encontramos con un cambio en las directrices fundamentales. Anteriormente la mayor preocupación de los estudios (griegos y occidentales) radicaba en la fabricación de metales preciosos. Paracelso es el primero que centra absolutamente su atención en la salud, en la curación de las enfermedades. Solamente se hace una mención secundaria de la piedra filosofal y de la fabricación de oro. En segundo lugar, tuvo las primeras nociones, aunque confusas, del concepto que hoy atribuimos al térmico “Química”. Conservó aún el término “Alquimia”, pero amplió enormemente su significado. Habla a veces de ella como el arte de separar lo <<puro de lo impuro>>, y a veces también lo aplica a cualquier género de trabajo en el que las potencialidades de una sustancia se ponen en acción. (READ, 1995, 95-117)

Aunque, eso sí, realmente los descubrimientos de Paracelso no fueron muy considerables ni contribuyeron mucho al desarrollo de las teorías químicas posteriores. Él y sus discípulos introdujeron en lugar de los cuatro elementos aristotélicos de tierra, agua, aire y fuego, sus “tres principios hipostáticos”: mercurio, azufre y sal. (SHERWOOD, 1954, 229) Los tres principios de Paracelso proporcionaban una noción de la materia que aunque más rica, acentuaba la confusión existente e incidía en las nociones ocultas de la materia impalpable. Sin embargo, esta teoría disfrutó durante mucho tiempo de gran popularidad, hasta que fue modificada con la clasificación de los cinco principios: flema, mercurio, azufre, sal y tierra. Esta división fue sostenida por Becher y a través de éste influyó en Sthal y en los flogistonistas.

Alquimista

 

 

III. Livabius: Una ciencia práctica

La gran idea, pues, de una ciencia única que abarcase todas las ramas del saber del siglo XVI en el aspecto que hoy llamaríamos químico, fue debida a Paracelso; pero estuvo lejos de surtir efectos debido a que las teorías aceptadas al respecto fueron mal concebidas para su adaptación a la práctica técnica de al Farmacia, Metalurgia o cualquier otro arte útil. El factor común, eso sí, a todas ellas, era la técnica, y lo que hubiera sido preciso para presentarlas a todas como una sola ciencia debía hacer hincapié en ella. Andrés Libavius fue quien con su obra La Alquimia (1597), inició esta reforma. Libavius consideró la Química como un arte práctico –básicamente aplicado a la medicina, consideración que ya hizo Paracelso- (FEDERMANN, 1972, 258), como se demuestra por su definición de la Alquimia: <el arte de perfeccionar los precipitados y extraer esencias puras de los cuerpos mezclados por medio de la separación de sus materias.>> (SHERWOOD, 1954, 232). En su libro, Libavius describe los instrumentos; después las operaciones; y, finalmente trata la variedad de productos. La obra casi no contiene nada de teoría química, pero debió haber constituido un instrumento muy valioso para aquellos que desearon adquirir una práctica técnica. La poca teoría que contiene es aún la de los alquimistas (Libavius, aún creía en la piedra filosofal). (FEDERMANN, 1972, 257-261)


Alambique

El modelo de La Alquimia fue seguido por los libros de textos del siglo XVII (por ejemplo el de Nicasio le Febure de 1670 o el de Nicolás Lemery titulado Curso de Química) , y hasta el siguiente siglo no encontramos los principios de la forma moderna de presentar la clasificación basada en la composición química.

Los libros de práctica química procedía de las traducciones alquimistas y técnicas, mientras que la verdadera teoría química estaba completamente divorciada de la Alquimia. Muchos autores, especialmente en el siglo XVI, desarrollaron, aun no siendo alquimistas, ideas verdaderamente alquimistas. Los tres casos más representativos fueron los de Bernardino Telesio, William Gilbert y Anselmo Boëtius de Boodt; quienes no pudieron resistirse a la construcción de un sistema completo del mundo utilizando para ello materiales inadecuados; o bien a la explicación teórica a partir de fábulas y símbolos.

 

IV. Los atomistas

Si estos autores y los de la escuela de Paracelso hubieran sido los únicos en contribuir a la formación de la Química, podríamos haber dicho que la Alquimia había absorbido los demás aspectos del conocimiento y práctica de los cambios en la materia y que, en consecuencia, se convirtió en la Química por una evolución o modificación; pero de hecho existió otra escuela del pensamiento químico que fue muy importante aunque careciese por completo de características alquimistas. Nos referimos a los atomistas. La principal tesis atomista es que todos los cuerpos están formados por átomos, en la cual no pensaron los alquimistas.

Uno de los primeros atomistas fue Giordani Bruno, quien en 1590 escribió Los principios, elementos y causas de las cosas, afirmando que sus primeros principios son el intelecto y el alma y sobre ellos está la mente absoluta o verdad. (SHERWOOD, 1954, 236) Bruno, considerado héroe y mártir del racionalismo, planteó un esquema que, sin embargo, no difería mucho del de los alquimistas. No fue, de hecho, a partir de 1620 que el atomismo adquiere importancia, gracias a Francis Bacon. Otros atomistas que ayudaron a la constitución de la Química como ciencia o de la ciencia como tal, fueron: Galileo Galilei (1564-1643) que demostró la inexistencia de aquellas materias celestes en las que se basaban parte de las teorías alquimistas y Sebastián Basso (1621), que atacó la doctrina de la materia y de la forma de Aristóteles, aunque contribuyó muy poco al progreso hacia la teoría de la Química.

Estos ensayos vacilantes hacia el atomismo fueron eclipsados por René Descartes. Su presencia en este trabajo puede chocar porque él no era un químico en ningún sentido, pero, desde el momento en que expuso la primera filosofía sistemática atómica de los tiempos modernos, influyó con ello sobre todos los autores siguientes. La conclusión de Descartes fue la de conservar realmente la noción de “espíritu” en su primera y segunda materia, pero dar después el importante paso de disociarlos de la mente, a la que considera totalmente inmaterial.

El primero, no obstante, que llevó a cabo un intento para formular una teoría sobre la materia directamente útil para la ciencia fue Robert Boyle. Desde 1661 en adelante Robert Boyle había demostrado la endeblez de la doctrina de las formas aplicada a los fenómenos particulares y la completa inadecuación de toda la teoría de los elementos y de los compuestos, tal y como entonces se sostenía. Esta posición se refleja especialmente en las obras El químico escéptico (1661) y El origen de las formas y cualidades (1667). Boyle atacó la doctrina antigua apelando al experimento y al argumento metafísico. De esta manera llega a dudar, incluso, si existe prueba alguna de la existencia de elementos, aunque esté lejos de negarlo. No propone, sin embargo, ningún sistema práctico para descubrir si un cuerpo es un elemento ni fórmula ninguna de los mismos. En consecuencia, sus ideas sobre los elementos permanecieron sustancialmente infecundas hasta que Lavoisier estableció una doctrina clara y definitiva sobre los elementos, derivada del experimento. Los sólidos puntos de vista de Boyle sobre los elementos, en definitiva, tuvieron poco efecto, pues los químicos del siglo XVIII pensaban aún en términos de espíritus, tierra y otras entidades que recordaban los elementos aristotélicos. No se habló mucho de los átomos, en realidad, hasta que Dalton relacionó la idea de los átomos con la relación cuantitativa de los elementos de Lavoisier. (SHERWOOD, 1954, 243)

 

V. El último resquicio: El flogisto

Hasta el momento, hemos delineado el desarrollo de las actividades tanto en el terreno de la práctica química como en el de su teoría, pero no las hemos hallado aún combinadas en un solo texto de Química. La primera combinación equilibrada de la teoría y de la práctica química la podemos encontrar en Hermann Boerhaave en su obra Química elemental (1732). Pero, en realidad, la combinación de la verdadera teoría y de la sana práctica, no tuvo realización posible hasta que fue explotada la última de las ideas alquimista, la de flogisto, es decir, la de la explicación corriente en el siglo XVII de los fenómenos de combustión. Se supuso, en resumen, que un cuerpo era combustible porque contenía el principio material de la combustibilidad, el llamado flogisto. Los cuerpos que ocasionan la combustión, vaya, son aquellos que carecen de flogisto. Esta idea es muy antigua, pues tiene sus raíces en Aristóteles; y por ello no fue hasta Lavoisier, quien en su Revolución Química disipó finalmente los últimos vestigios de los antiguos modos de pensar, que no se dotó a la Química de unos fundamentos sólidos los cuales no ha sido necesario volver a levantar. (SHERWOOD, 1954, 243-244)

ayer                        hoy

 

VI. Conclusión

Como consecuencia de todo lo expuesto, puede afirmarse que la única parte de la Alquimia que pasó a formar parte permanente de la Química fue la referente a su técnica de laboratorio. La parte teórica constituyó un medio temporal de encajar la evolución química en el mundo de la filosofía natural. Pero a medida que el método científico fue reformando la teoría química, las ideas específicas de la Alquimia fueron no tanto desaprobadas como consideradas inútiles, siendo descartadas. La noción de correspondencia entre las operaciones químicas y los cuerpos celestes y la de la analogía entre los cambios químicos y los de los seres vivientes no fueron consideradas de ninguna utilidad por los químicos experimentales, desvaneciéndose, pues, gradualmente.

 

VII. Bibliografía

-HOLMYARD, E. J., Alquimia, (orig. Alchemy, 1957), Barcelona, Redecilla, 1960

-FEDERMANN, R., La Alquimia, (orig. Die Königliche kunst, 1964), Barcelona, Bruguera, 1972

-SHERWOOD TAYLOR, F., La Alquimia y los alquimistas, (orig. Alchemy and alchemists, 1954), Barcelona, AHR, 1954.

-READ, JOHN, From Alchemy to Chemistry, Toronto, General Publishing Company, 1995.

 

VIII. Links (todos consultados a fecha de 9 de mayo de 2002)

La web más completa sobre la Alquimia en Internet (en inglés)

AZOGUE: Revista Digital dedicada al estudio de la Alquimia

Librería alquímica (ideal para consultar las fuentes históricas)

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