LAS CONSTRUCCIONES POETICAS DE GABRIEL FERRATER: ACCIONES E INTENCIONES

(1er. Encuentro de Poética: "Jaime Gil de Biedma y su generación poética" Zaragoza, octubre de 1991)

 

Definitivamente, algo ha cambiado en estos treinta años transcurridos desde que Jaime Gil y su generación poética - tal y como se define el motivo de esta reunión- empezara a dar señales de voluntad de ser, de constituirse en una forma de ser distinta a la de sus immediatos predecesores y dentro del conjunto de la sociedad literaria española. Por de pronto, hoy no parece que exista una exigencia por parte de esta sociedad de que sus escritores sean originales, creadores de nuevas realidades, conmovedores: se les acepta como un gremio que está aquí, un poco por la inercia de la costumbre, sin que sepamos muy bien cuál es su función.

Y, sin embargo esta función existe. George Steiner ha escrito un libro muy hermoso, sincero y commovedor al respecto. Para Steiner, la función de la literatura es la de ser portadora de presencias reales. En este libro apasionado, escrito por un hombre de fe judia, todas las presencias reales convergen en una sola real presencia. No es necesario ir tan lejos para reconocer que los escritores son o deberían ser creadores de signos, signos que no sólo podemos analizar desde su significado y singificante, y, consecuentemente, a través del abismo de sentido que se abre entre ellos, sinó que, además, estos signos componen figuras abstractas que tienen también su sentido en cuanto formas significativas de una manera de ver el mundo. Como dicen unos versos de Jaime Gil de Biedma en el poema «Trompe l'oeil» de su libro Personas del verbo :

"Las lecciones de cosas siempre han sido románticas
--posiblemente porque interpretamos
los detalles al pie de la letra
y el conjunto en sentido figurado"

 

Creo que es una forma bastante didáctica de definir la literatura. Los poemas son una clase de lecciones de cosas. Y en estas lecciones cuenta no sólo la cosa mostrada sinó la acción mediante la cual se muestra, no sólo el qué sinó el cómo. E incluso el porqué, el método que orienta este cómo. Todo junto formando un solo ser que está ahí, como una presencia real esperando actuar en nosotros, confirmando e informando del imaginario de nuestro mundo.

Este porqué y, en cierta manera secundaria, este cómo es el tema de mi comunicación. Es decir, que no voy a hablar de poesía propiamente sinó de lecciones de cosas.


Desde la perspectiva de estos treinta años transcurridos ¿podemos decir que la generación poética que nos ocupa dejó alguna marca de inflexión en sus signos, alguna diferencia respecto de los recibidos de sus antecesores? La pregunta es demasiado compleja, lo sé, para poder ser contestada en su dimensión total. Sin embargo, si contemplamos el panorama de la poesía española contemporánea, la respuesta tendería ya a ser afirmativa, en el sentido de acercamiento a las tendencias vigentes en su época más alla de nuestras fronteras; pero eso aún contando con que serían necesarias muchas salvedades. Como una de estas salvedades, está el hecho de que, para la cuestión que me interesa, más metodológica que temática, no se puede hablar de todo el conjunto, sólo de indivíduos especialmente intencionados. Es hora ya de que dejemos de creer en la eficacia real de la tertulia, de la estrategia de grupo o de una vida social más o menos activa.

Mi tema es mucho más reducido que el de un análisis general: llegar a proponer una hipótesis de trabajo que pueda responder a la pregunta de porqué la poesía de Gabriel Ferrater representa un punto de inflexión importante en la estética de la modernidad.

En realidad, mi hipótesis es que su autoconciencia literaria estaba basada en una metología del pensar que era una de las influyentes en su época de formación y que es la que de un modo más o menos virtuoso describe, o pretendo que describa, su peculiar forma de acción poética. El rigor conceptual de Ferrater proviene de que utiliza un método de pensar forjado en una disciplina que no es específicamente literaria sinó, y para decirlo de una forma todavía general, filosófica. En el caso de Ferrater es del todo evidente que su dedicación a la crítica de arte, a la reflexión sobre literatura y, de una forma más científica, sus aportaciones en el terreno de la lingüística y de la lengua catalana revelan un sistema de pensamiento, una teoría del conocimiento, un sistema de pensamiento que rige también la constitución de sus construcciones poèticas.

 

Naturalmente, el pensamiento filosófico no se evidencia en los poetas de igual forma que entre los filósofos. Lo que en el pensamiento filosófico se muestra como sistema trabado siguiendo una argumentación lógica en un análisis de las categorías que se presentan como fundamentales, en los poetas, el conocimiento o desarrollo de sus convicciones filosóficas se muestra en la manera como el poema "piensa", o sea en la construcción lógica según la cual ordena sus detalles tematizados y formalizados, y en cómo se produce y cuál es la función de los motivos temáticos, anecdóticos o formales en la construcción del sentido. Ya sé que esta hipótesis requiere una demostración práctica en el análisi explicativo de los poemas concretos, pero, como es obvio, esta importante fase de mi reflexión no puede ser realizada ahora. Otra dificultad para la demostración de esta hipótesis radica en el hecho de que el pensamiento filosófico ha tenido siempre, y más a partir del siglo XVII, muy poca presencia consciente en este pais, quiero decir una presencia basada en una filiación reconocida, y que pueda ser detectada en las realizaciónes poéticas. Y, lo que es todavía más grave para el pensamiento en general y para la estética en particular, es que, dejando a parte la tradición tomista y la filológica en sentido clásico, ambas ahora desprestigiadas no se sabe bien porqué o utilizadas solamente en aproximaciones históricas, los sistemas de pensamiento, las construcciones filosóficas que han estado actuando en la estética de la modernidad no han tenido en estas latitudes cultivadores originales ni un magisterio basado en el conocimiento y reconocimiento de las fuentes originales. Nuestro sistema educativo, basado en el compte rendu enciclopédico, no permite las preguntas obsesivas ni el saber epistemológico que la literatura puede dar: qué conceptualismo alienta debajo de los fundadores de la modernidad como Hölderlin, Leopardi o Baudelaire? Qué sistema de conocimiento vivifica al simbolismo, a los formalismos vanguardistas o a los nuevas formas de la postmodernidad? Este no tener en cuenta radicalmente la relación que debe existir entre los creadores de conceptos y los creadores de signos, entre los filósofos y los poetas, obliga a que la reflexión sobre literatura conlleve una sobrecarga de dificultad inútil y a adoptar una actitud adánica no excenta del riesgo del ridículo. Pero creo que es una actitud fértil, y sobretodo para la teoría, la de intentar pensar más de lo que es estrictamente necesario, para decirlo con palabras del propio Gabriel Ferrater.

 

Muchas cosas interesantes y competentes, esclarecedoras, se han dicho acerca de la poesía de Gabriel Ferrater También se ha detectado y explicitado la novedad de su poética; pero no conozco ningún análisis digamos teórico que dé cuenta del porqué esta poética adquiere carta de naturaleza en la estética contemporánea. Se ha detectado en ella la influencia de la poesía anglosajona, lo cual es evidente y corroborado por él mismo; pero, dejando a parte las posibles influencias de las distintas tradiciones, lo que a mi me interesa es porqué estas influencias se muestran selectivamente e intencionadamente activas en su pensamiento como estrategias de la modernidad poética, y no sólo están en su poesía como formas asimiladas de la tradición. Es decir, qué método de conocimiento produce sus lecciones de cosas.

En un artículo que escribí para el número monográfico que la revista Insula (no.523-524 Julio-Agosto 1990: 38-40) dedicó al "grupo poético de la escuela de Barcelona", señalaba ya mi resistencia a dar por explicada la poética ferrateriana según una red de conceptos que habían hecho fotuna entre la crítica y que definían la poesía de Gabriel Ferrater como una poesía de la experiencia moral basada en una poética de la objetividad y en una figuración realista. Refiriéndome a estas definiciones, admitía que sería inútil intentar destruir la trama de conceptualizaciones descriptivas que abarcan, porque constatan una cierta experiencia de lectura y porque corresponden a una determinada imagen que el propio Ferrater diseñó no del todo libre de intereses didácticos y conyunturales. Sin embargo, seguía diciendo el artículo, aún aceptando la funcionalidad operativa en términos generales de estas definiciones, la conciencia que lee la poesía ferrateriana insiste en que hay algo más, algo que incluso pudiera diseñar otra red distinta de denominaciones conceptuales como son "una poesía de la experiencia fenomenológic" basada en una poética de la "subjetividad escindida" y en una "figuración expresionista". Denominaciones que explicitaran de una forma sintética las agudas observaciones que hacen otros críticos en varios de los artículos de la mencionada revista al estudiar la obra de los poetas de esta generación. Por ejemplo, las de Laureano Bonet, cuando nos advierte de la búsqueda de una "paternidad" cultural por parte de los redactores de Laye y de su descubrimiento de una Erlebnis racionalista, antirromántica, fría, tecnicista que parece impregnar el quehacer de tantos artistas del medio siglo. O la reflexión estilística de Juan Antonio Masoliver al subrayar en la poética del grupo la exigencia de un acercamiento "inteligente" al poema, o también las iluminadoras reflexiones de Juan José Lanz al tratar el "irrealismo" y la "irracionalidad" en la poesía de Jaime Gil. En mi artículo citado yo intentaba una demostración de la validez de estas nuevas características estéticas a partir de los indicios que se hallan en los textos teóricos de Ferrater sobre arte, lengua y literatura, y que también pueden deducirse de sus comentarios personales en cartas y conversaciones. Creo que estos indicios corresponden a una intención conscientemente adherida a la metodología, a una determinada forma de pensar propia de una digamos escuela filosófica, a cuyas estrategias operativas corresponden tanto sus escritos de reflexión crítica como sus construcciones poéticas.

Bien, creo que ha llegado el momento de anunciar claramente lo que vengo insinuando desde el principio y que constituye mi hipótesis de trabajo aunque cuya explicación demostrativa habrá de esperar una reflexión más sostenida que la que puedo ahora permitirme. Mi propuesta es que la poesía de Gabriel Ferrater se nutre de un fluído filosófico que más o menos conscientemente le une al espíritu de su época y que es el que proviene de la fenomenología. En consecuencia, su poesía debe ser observada como representante de la poética expresionista.

El estilo ferrateriano es eminentemente interrogativo, un estilo que se plantea la experiencia moral, sí, pero concebida como problemática, un problema de conocimiento que debe resolver una conciencia poética capaz de salvar la distacia que media entre el objeto de la experiencia y el centro de la imaginación del sujeto: el poema es pues la objetivación de una subjetividad escindida, anulada en el objeto y reconstruída en el propio proceso de conocimiento de este objeto. Por eso sus poemas siempre se plantean como un problema cuya solución radica en la pura presentación de los datos y en acertar la operación que los relaciona, nunca en el re-conocimiento de una experiencia. De ahí su dificultad: a pesar de la apariencia racionalmente descriptiva de sus motivos, de su figuración aparentemente referencial, los poemas ferraterianos no pueden ser conocidos, han de ser realizados fenomenológicamente, porque sólo en el proceso de formalización del poema aparece el conocimiento y la figura. En este sentido, la lectura de poemas como «Literatura» o «Si puc» de su libro Les dones i els dies, nos proporciona ejemplos muy pertinentes para este punto.

En este realizarse el poema intervienen diversos componentes significativos, también característicos de una poética fenomenológica. Como primera fuerza constructora, aparece la sintaxis, es decir, la relación lógica de los significados. Nos encontramos en una sintaxis nada simple, ni omitida, ni subvertida, sinó que usada como un medio de verdad poética y, por lo tanto, forzada a revelar estructuras de pensamiento problemático: dudas, vacilaciones, impotencias, iluminaciones esquemáticas de una conciencia para alcancar la verdad. Es una sintaxis dialógica, la de un discurso interpersonal aunque realizado desde una sola voz: periodos recursivos, dilatados paréntesis de asociación o rememoración, saltos de nivel de interioridad, repeticiones asociativas, formas sorprendentes de relación entre datos alejados semánticamente. Siempre desde la más estricta razón gramatical, apoyada siempre en una impecable razón métrica. Algunos de los poemas en los cuales estas estrategias se manifiestan claramente son, dentro del corpus poètico ferrateriano, «La cara», «Punta de dia» o «Teseu». Este proceso lógico es evidentemente una forma de conocer, un cómo se produce el objeto del conocimiento que la conciencia del lector no puede menos que seguir.

Engarzados en esta trama lógica ya significativa por ella misma, los motivos temáticos están sometidos a enfoques sorprendentes y cambiantes y mediante los cuales los aspectos destacados del objeto imaginario adquieren expresividad apareciendo como figuras metonímicas de una realidad secreta, de imposible comunicación. El significado de estos detalles no depende de su extensión semántica, tal y como sucede en las estrategias usuales de figuración, sinó del sentido que le otorga un punto de vista intencionado, una intencionalidad que se revela en la manera de estar dados y en la perspectiva utilizada. En ella, la distancia media habitual en el conocimiento natural de las cosas ha sido sustituída por un acercamiento radical del objeto, del detalle, de manera que su expresividad se acrecienta hasta límites a veces monstruosos. No es difícil calificar esta poética de expresionista, como es también obvio relacionar sus estrategias con la reducción fenomenológica.

Estas estrategias son también las que explican que la obra ferrateriana no pueda ser calificada con términos unidireccionales. Poesía de vocación realista, presenta una construcción desrealizadora de la realidad física -tal vez la que ha generado el poema- para convertirla en una realidad mental. Una realidad que debe ser "desemmascarada" ( y cito al propio Ferrater en Papers, cartes, paraules p.118), como recurso y última razón vital del poema, para dar paso a la experiencia poética que sobrecoge por ser irrefutable. Poesía antirromántica y antisicológica, se funda y fundamenta en el total dominio de una subjetividad que se contempla a si misma en el conocer del fenómeno, el cual, una vez poetizado, es irreconocible. Como dice él mismo: "Yo sé que ningún lector lo puede percibir. O sea que yo sé que aquello es absolutamente privado, impenetrable, mio" (Papers, Cartes, Paraules, p.513).

Por último, siendo una poesía militantemente anti-idealista, plagada de ironías explícitas hacia cualquier tentación trascendente, resulta ser también, y en su sentido último, un ejemplo de lo que el mismo Ferrater describiendo al profeta Jonás del poema Nabí de Josep Carner, denomina "la alienación trascendente", o sea "la total asumción de sí mismo en una forma de expresión, un esquema bajo el cual las intenciones caducas pueden adquirir consistencia por un instante, apariencia de eternidad" ( Prólogo a Josep Carner, Nabí, en Sobre literatura, p. 11-32).

 

Las relaciones entre la fenomenología y la literatura contemporánea han sido ya muy puestas en evidencia. Estudios como los de Robert Magliola, David Couzens, William Ray o Ferdinand Fellmann bastarían para convencer de la eficacia de un método que parece en sí mismo surgido para responder a los problemas fundamentales de lo literario: la expresión y la significación. No es extraño que sea éste pues el método utilizado tanto en la filosofía del lenguaje como en las reflexiones estéticas. Y me refiero concretamente a la fenomenología como sistema filosófico del siglo XX que funda Edmund Husserl y que sigue presente, agazapado, corregido o matizado en tantos pensadores actuales. Ferrater conocía bien el método. Lector de Husserl, seguidor de la filosofía analítica representada en la revista Mind, buen conocedor del pensamiento matemático por sus estudios de ciencias exactas y admirador ferviente como linguista profesional de Emile Benveniste, su pensamiento estaba intrínsicamente formado en las diversas ramificaciones de este método de conocimiento. Y todo esto sin olvidar a Ortega y Gasset. Por otra parte es evidente la relación entre la actitud fenomenológica y las realizaciones estéticas que podemos calificar de expresionistas: la realidad como concepto demoníaco de la Europa de entre guerras, la superación del romanticismo del siglo XIX (léase realismo o impresionismo), la búsqueda de una mayor conciencia del conocimiento de la materia como fuente de verdad existencial por encima de las ideologías, el análisis de la subjetividad en sus operaciones trascendidas como en los sueños o en el lenguaje. Todos estos componentes configuran un tipo de actitudes estéticas que se realizan en las lecciones de cosas que son las obras de la literatura contemporánea. De Hofmannsthal a Kafka o Joyce, de Rilke a Gotfried Benn o Auden. Ferrater no sólo leyó a estos autores sinó que, como en el caso de Kafka o Benn, los tradujo. Y es esta filiación responsable, intelectualmente consciente, lo que hace de sus construcciones poéticas no sólo un objeto perdurable en sí mismo sinó también una lección de cosas para la comprensión de un mundo: la máxima función de un creador de signos.

Dolors Oller
Barcelona, octubre de 1991

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(Material no utilitzat: altres aspectes)

 

En un artículo sobre Jaime Gil de Biedma aparecido en el número monográfico que la revista "Litoral" dedicó a este autor, Juan Ferraté escribe: "La poesía de este libro (una antología de poemas de Jaime Gil que no llegó a publicarse y de la cual el artículo de Ferraté debía ser el prólogo) no sería, en efecto la misma, de no haberse el autor formado en la derrota, de no haber contribuido a ella viviéndola en el curso de todos esos años, de no haberse acomodado a ella con el resto del país, y apurado su abyecta amargura hasta las heces con el resto del país." Y, algo más adelante, sigue: "Pero las mismas circunstancias que llevaron a los demás a convertirse en simples grafómanos desorientados, hundidos en la abyección de una sociedad en derrota, son las que, casi ya desde el primer día, y de un modo cada vez más firme, impusieron sobre Jaime Gil de Biedma la necesidad de desolidarizarse de sus compañeros, para quedarse consigo mismo; y si siguió escribiendo fué ya sólo al nivel de su experiencia humana combinada con su experiencia de lector, no al nivel de la poesía de los poetas" Bien, a pesar del patetismo persuasivo de estas consideraciones y de la innegable lucidez de sus observaciones, vale la pena aprovechar lo sesgado del punto de vista para decir algo que considero importante ( y no hay que olvidar que Juan Ferraté formaba parte del grupo de Barcelona). Para empezar, ni Jaime Gil ni muchos de sus compañeros barceloneses, como figuras sociales, perdieron ninguna guerra: que su clase propiciara o mantuviera un orden intelectual indigno de sus ambiciones es otra cosa muy distinta; pero que eso no les impidió sinó que, al contrario, favoreció su protagonismo de élite en Barcelona y su notable capacidad de influencia en el resto de España (justificadas ambas cosas por su talento aunque también por su situación social) es evidente. El que sí perdió la guerra, y es de justícia histórica el reconocerlo, fué Gabriel Ferrater, y no exactamente a causa de unas supuestas convicciones ideológicas sinó más bien porqué su lengua desapareció como instrumento de cultura, cosa evidentemente grave para un intelectual escritor y poeta. Quiero decir que, dentro de la general derrota, se pueden establecer distintos grados de responsabilidad en el mantenimiento de un cierto estado de cosas. Y que, además no importa en el momento de calibrar el peso significativo de una obra. Podrá parecer algo cínico, pero toda obra realmente significativa crece y se hace en/o/y a pesar de unas circunstancias, tal y como apunta el mismo crítico. Por otra parte, y aunque no dice el porqué, es cierto que quizás Jaime Gil no anduviera desorientado; pero eso no da fuerza explicativa al argumento según el cual la poesía de Jaime Gil es valiosa porque "siguió escribiendo sólo al nivel de su experiencia humana combinada con su experiencia de lector, y no al nivel dela poesía de los poetas" Y no tiene valor explicativo porque, con un poco de generosidad, uno piensa que incluso aquellos poetas que el crítico califica con un desprecio digno de mejor causa "grafómanos desorientados" no pueden sinó tener la misma actitud cuando se enfrentan en solitario a su quehacer poético.

 

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Si hay algo evidente y, a estas alturas, conmovedor en el grupo formado por Jaime Gil y sus más próximos amigos - próximos en cuanto que comparten cotidianamente durante una época al menos su vocación literaria- es la cantidad de energía y de inteligencia dedicadas al comentario, discusión y crítica de sus propias obras. Bien, como es obvio me estoy remitiendo al abundante material logístico que es su correspondencia - lo que se conoce de ella, y a los muchos testimonios que han quedado en forma de memorias, evocaciones o recuerdos personales sobre las actividades del grupo en torno, en y para la literatura. Hablaban mucho de literatura. Y habia una especial seriedad en los comenterios, en las opiniones críticas que entre ellos se formulaban, en los consejos que se daban, inútiles en el fondo. Una dedicación algo perversa, y un mucho enigmática si tenemos en cuenta sus abundantes observaciones sarcásticas sobre lo poco seria, innecesaria e irrelevante que es la actividad literaria para la marcha general del mundo, la cual, dicho sea de paso, era aceptada, aún en todas sus contradicciones, con la íntima convicción de que lo que mueve al mundo, es decir, el dinero, se comporta según una ley general de sensatez.

Pero mi tema no es analizar las contradicciones de clase de un grupo de intelectuales burgueses en la postguerra española, tema, por otra parte, interesantísimo - ¿es que ha habido nunca, o ha existido con relevancia en este país algún intelectual que no haya sido moralmente burgués, bien pensante, sensato? La pobreza nos da terror, y tenemos razón; pero la razón y el miedo son dos fuerzas peligrosas en los asuntos del espíritu. Y, sin embargo, usadas con inteligencia y observadas des del autoconocimiento, también pueden ser poéticamente productivas. En estos asuntos, las simplificaciones siempre resultan demagógicas.

 

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