Càtedra UNESCO d'Estudis Interculturals,
Universitat Pompeu Fabra, 2007.
En la obra de Bertolt Brecht hay algo así como un intento de volver del revés el calcetín de la historia para mostrar el lado oculto de los tópicos, de los ídolos y de las perogrulladas de nuestra cultura. De manera que su sarcasmo nos impulsa a repensar las grandes palabras y los grandes conceptos que parecen fuera de toda duda. [...] Brecht escribió contra el engaño, la estafa y la consolación: no hay ningún retorno, la vida es poca y al mismo tiempo lo más grande; morimos como los demás animales y no hay nada después. Como otros sabios, tuvo un concepto casi zoológico de los seres humanos y jugó con el apólogo antropomórfico (...). Escribió contra el heroísmo y la muerte heroica en batalla (...). Imaginó un libro de lectura para ciudadanos en el que da la vuelta a los consejos moralistas que se imparten en los libros de lectura para ciudadanos y así estallar las contradicciones de una sociedad en la que no se siguen tales consejos: “ Borra las huellas , no abras la puerta de tu casa al camarada, no reconozcas a tus padres cuando te cruces con ellos en la calle, tápate la cara con el sombrero que te regalaron, no ahorres, come lo que haya, lo que siempre dices no lo digas dos veces, desmiente tus pensamientos si los encuentras en otro, y no dejes epitafio alguno en tu tumba para que no te delate. Porque al que borra las huellas ––dice Brecht–– no van a cogerle”. Y añade, entre paréntesis, para el lector perplejo: “Esto me dijeron”.
[...]
En los diálogos de Galileo con sus familiares, discípulos y contradictores está el testamento ético-político de Brecht, su punto de vista maduro acerca de las relaciones entre ciencia y ética en la modernidad. La vida de Galileo es una concreción poética de la aspiración marxiana a fundir ciencia y proletariado, una defensa de la “suave violencia de la razón sobre los hombres”. Y ahí está el Brecht más profundo, el más filosófico: la explicación de que lo sencillo es lo difícil, de que el pensamiento crudo no es mero punto de partida para empezar a pensar sino conclusión de un pensamiento elaborado. [...] Así el científico se hace reflexivo y, en su filosofar autocrítico sobre lo hecho, no sólo descubre el poder real de la ciencia en la sociedad, en la lucha entre las clases, sino también en la deontología, lo que significa la ciencia con conciencia, que hay más cosas en el mundo que la ciencia misma. [...] Haciendo pensar a Galileo sobre su propio caso, y muy probablemente llevando en la cabeza el ejemplo del viejo Einstein, quien, con Leo Szilard, empujó a las autoridades norteamericanas a fabricar la bomba atómica para protestar luego por su utilización sobre las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki y por la carrera armamentista, Brecht rechaza el progresismo ingenuo, advierte de las complicaciones de la vieja función prometeica de la ciencia, llama la atención sobre su función social presente y futura y obliga al espectador a pensar sobre la distancia que, a pesar de los progresos científicos, sigue habiendo entre el conocimiento que se tiene del movimiento de las astros y el conocimiento que el pueblo tiene de los movimientos de los que mandan.
Extraído de Francisco Fernández Buey , «Conciencia política, pensamiento crudo: Bertolt Brecht» en Poliética , Madrid: Losada, 2003, págs. 157-196.